13 de junio de 2026

Hurts like hell


Esto no es lo que esperaba, no es lo que quería. No deseaba un final, no otro, no así. Nunca creí que un sentimiento tan afianzado en mí pudiese ser puesto en duda, en tela de juicio, y mucho menos, por parte de los propios ojos de la persona a la que profesaba un eterno respeto, un cariño incorruptible. No tengo palabras para explicar cuanto quise sujetarme de su espectro, junto con él, para no tener que conocer días donde su presencia etérea se desvaneciese. Se que es egoísta. Una parte de mí quería convencerse a sí misma de que realmente no estaba sola en el sentimiento, de que no era la única a la que le pasaban cosas, que no era la única a la que le importaba no sólo el vínculo, sino él, como persona. Nunca, a pesar del daño que me ha generado, quise ni desee que la vida fuese dura con él. Siempre esperé que el mundo fuese ameno con su corazón, que fuese lo más delicado que se pudiese, aún sabiendo que la realidad es tan tosca como fría, para todos. No deseaba que lo que sea que compartíamos terminara porque habían tantas cosas sucediéndome al mismo tiempo que necesitaba una victoria, sólo una. Necesitaba sentir que al menos a alguien le importaba qué pasaba conmigo, que alguien sí cuidaba de mis sentimientos, de mi integridad. En mi torpeza, caí de bruces frente a sus pies, y cuando osé mirarlo a los ojos, él simplemente corrió la vista, como si le avergonzara mi vulnerabilidad, mi fragilidad y aquella facilidad con la que "confundí" su indiferencia con cariño. Pude sentir que mi existencia le generaba un hastío que jamás pensé que podía venir de su parte. Verme así, casi como un reflejo de mis propias inseguridades, de un pasado que pensé ya se encontraba sanado, sólo consiguió derrumbarme, hacerme llorar como una niña pequeña cuando le niegan amor, cuando la empujan con desprecio al pedir un abrazo, un gesto, mínimo. Querría decir que simplemente le dolía el corazón a esa niña que fui, aquella que él conoció, indefensa ante las balas del rechazo de quien antes veía un ángel en mí...pero lo viví como algo aún peor. Así debió sentirse Lucifer cuando fue desterrado del cielo. Y yo que era luz, que era vida, entre guerra y guerra, a la vista de todos, me fui tiñendo de un bordó sanguinario, de un negro sepulcral. 

No necesité que me eche. Cuando leí sus últimas palabras supe que tenía que correr, tan rápido como pudiese, salvarme del Dios mitológico que vivía en él, de su ego inflado que sabía era capaz de tirar a matar. Busqué refugio en un silencio que sólo parecía alejarme más y más de mi misma, me hice ovillo en medio de la oscuridad para no perderme. Y yo que creí que había sido un milagro que haya vuelto a mi vida, me preguntaba cómo mierda es que estábamos ahí, o al menos yo, cómo es que se podía bajar tan rapido, con tanta facilidad, del cielo directo al infierno. No había lugar en la tierra que pudiese albergar mi dolor, mi angustia, mi miedo, y ahí, en las puertas del Hades, es donde me quedé. En el espacio plausible entre quien era antes y aquella en la que debía convertirme para no tener que admitir que no fueron quienes me querían sin vida quienes habían definido mi porvenir. No quería admitir que estaba demasiado lastimada, llena de quemaduras, de heridas de bala y puñaladas. Era un lienzo destrozado, un obra de arte echada a perder. Era el crimen perfecto. Pensaba que si no me habían derrotado mis enemigos, lo haría quien menos lo esperaba, a quien he querido de la manera más inocente que existe, y así fue. Y cuando digo inocente, no me refiero a santa, sino a querer suponiendo que nunca jamás una daga sería incrustada en mi espalda, al menos no de su parte. Siempre pude ver a través de él, y sabía, con total certeza, que no sería capaz de asesinar la confianza y la confidencia que nos teníamos, lo sabía porque creía que no deseaba asesinar lo que sentía por mí, porque me respetaba, porque siempre estuve ahí, en su cabeza y corazón aún cuando no sabíamos nada de la vida del otro. Lo sabía porque él había borrado pedazos de su vida, de su pasado, pero no a mí. No se cómo, pero mi recuerdo, una vez, supo sobrevivir.

Tengo tantas cosas para reprocharme, aún cuando se que no tiene sentido hacerlo, aún cuando no tiene propósito luchar con hechos consumados y heridas ya cicatrizadas, aún cuando se que nunca podría olvidar el dolor que requirió cauterizadas, a llanto desahuciado, a gritos en la almohada. El dolor desgarrador es producto de una angustia que brotaba de mis venas inundando lo que un día había sabido ser refugio. Me dolía el alma pensar cuan ilusa fui, pero después del dolor siguió la vergüenza y bronca de tan solo pensar cuan estúpida debo haberme visto desde afuera. Fui una mera proyección y, mientras intentaba sostener todo al mismo tiempo con una vehemencia con la que se me iba la vida, él decidió clavar el último puñal que mi cuerpo pudiese recibir. No era su culpa. Fue circunstancial, uno podría decir. Pero el timing, a veces lo es todo. Se asumir mi parte, se aceptar que debería haberlo escuchado cuando dijo que ya no somos los mismos, que al menos él no lo es. Ahora se que esa era una advertencia sigilosa de lo que era capaz de hacer si mi presencia le resultaba innecesaria, incómoda o inconveniente. Debería haberle creído. Debería haber tomado eso como la red flag que era. Debería haberlo tratado como a un desconocido, debería haber sido menos recelosa del daño que sabía que iban a generarle, debería haber sido más distante, andar con recaudo sobre suelo mojado, sobre vidrio fragmentado. Mi error fue buscar en él un poco de calma, de quietud, de calidez. "El que busca, encuentra", me digo a mi misma. Y se que es mi culpa, se que todo lo es. Haberle escrito con la esperanza de que le importara, de que haya crecido y madurado, haberlo perdonado pensando que cumpliría su promesa de no irse más, haberme ilusionado con que fuese posible quererlo sin que quiera escapar de mí, con que vuelva a verme como solía hacerlo. Yo buscaba un rostro conocido en medio de la multitud, sólo para darme cuenta de que su atención nunca estuvo puesta en mí. Yo lo buscaba mientras él jugaba a perderme, de nuevo. Supongo que todos obtuvimos lo que nos correspondía. Supongo que este es el costo de querer con los ojos cerrados, las manos extendidas y el corazón abierto. Supongo que así, es como se siente perder. 

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