
Siempre he dado lo mejor de mí. En cada relación, en cada vínculo, a cada paso que di. Siempre cuide de los míos, siempre estuve ahí, día y noche, a cualquier horario, ante cualquier adversidad, con abrazos y oídos disponibles, ofreciendo mi tiempo aún cuando ya comprendía de la finitud y la importancia que posee. Las personas que me conocen bien nunca han dudado de que pueden contar conmigo, sin excusas, sin prejuicios bajo la manga. Ofrecía de mí sin escatimar, sin medir. Y si bien nunca daba esperando algo a cambio, presumía de que las personas por las que entregaba todo, estarían para mi si lo necesitaba. Desde chica siempre fui así, di más de lo que recibí. Así me enseñaron, así aprehendí. Lo hacía aún sabiendo que nunca fui prioridad de nadie y que, inevitablemente, siempre terminaba segunda. Sin importar mis triunfos, siempre había algo que urgía más. Alguien. Entendí también que no había manera de luchar contra eso, porque uno no puede controlar lo que otros hacen, las decisiones que toman, la posición en la que te colocan en su historia. Daba todo de mí como si un día no fuese a quedarme hueca, vacía. Como si mi propia elección de poner a todos como prioridad, no fuese a tener consecuencias sobre mi propia vida. Daba todo sin tomar en consideración que la otra persona podía no hacer lo mismo, que la otra persona también esta en completa libertad de no valorarlo, de despreciarlo e incluso, de pagarte con la otra cara de la moneda.
Ya nada queda de esa persona en mí. Han consumido toda mi empatía, todo mi amor, toda mi calidez, mis risas, mis gestos, mis sonrisas genuinas. Y yo que sentía todo cariño con intensidad, he perdido toda mi capacidad de sentir, de emocionarme, incluso de llorar. Nada me conmueve, nada me toca, aún cuando mi piel siente sus manos intentando acariciar este cuerpo inerte, ya completamente falto de deseo, de ese amor que acciona desde su propia voluntad. Las circunstancias de la vida me han convertido en una mujer que nunca pensé llegar a ser, me hice de la desesperación de Cassandra cuando gritaba a los cuatro vientos verdades pero nadie le creía. Quizás es eso lo que haya pasado. Debo haber sida maldecida por algún Dios amigo de Apolo. Debo haber enojado al mismísimo Zeus quien tuvo la brillante idea de poner a prueba mi voluntad de vivir de tal forma. Descendí lo más bajo que se podía descender. En el inframundo intente engañar a Hades, para conseguir al menos sobrevivir a duras penas. El costo fue confrontarme con la realidad irrefutable de ser amada a medias. Sobre las aguas telúricas, me mostró como es que nunca nadie realmente se la jugó por mí, como es que nadie tuvo convicción cuando se trataba de elegirme, de priorizarme. Mi debilidad son las heridas de una infancia solitaria, de una adolescencia problemática y una adultez rodeada de falsedad. Hades me miró con sus ojos gélidos y señaló al extraño que un día sentenció "esencialmente, eres una persona triste". Movió su cabeza de manera negativa, desaprobando no sólo lo dicho sino que por mi parte haya permitido tales tratos. Y yo también. El fuego de su ira se apropio de mi pecho, me sentí arder por dentro. No puedo comprender como es que han tenido el tupé de decirme que era mi impresión, de que "no era personal", que no era para ofender, que las palabras no siempre estan hechas para lastimar. Pero ¿que se supone que uno hace con todo el residuo de lo que se escucha? ¿que hace uno con las consecuencias de las acciones ajenas cuando se llevan a cabo sabiendo el daño que van a generar en uno?. Siempre pense que la oscuridad atraía hacia sí como un imán, pero lo cierto es que, el lado oscuro no es el que te empuja a fusionarte con él, sino quienes te demuestran por qué ese lado oscuro existe.
Nadie parece merecer el perdón que tanto dicen anhelar. Casi nunca lo piden porque realmente lo necesiten. Todo se hace "para quedar bien" con Dios y con el Diablo. Como si existiera un compromiso ante los ojos de la sociedad al que no pueden fallar. Como si la persona a la que no deberían fallarle, en comparación, no significara nada. Asique, no. No te atrevas siquiera a pensarlo. No creas que estas en la posición de volver a asesinarme como si no fuese un fantasma lo que te acompaña día a día. Como si no hubieses matado ya todo lo que había en mí, de mi antiguo yo. No te atrevas a querer fingir que no hubo una muerte, que no hubo un funeral, que todo no se tiño de un negro sepulcral. Todos asistieron, todos me vieron ahí, con un ramo de lirios entre las manos, duelando mi inocencia, duelando a una mujer que perdió toda esperanza en el amor, todo color en sus días. No finjas que tus manos no estan manchadas con mi sangre, no te convenzas de que esto no es tu responsabilidad. No confundas mi perdón con redención porque lejos está una cosa de la otra, lejos estás de convertirte en un ser de luz. Todo lo que te rodea es oscuridad, y oscuridad es lo que acarreas, adentro, bien adentro. Y si, podes escapar de mi, podes negar que lo hiciste, podes ponerte una mano en el pecho y jurar en vano, pero nadie escapa de su sombra.
Ahora entiendo a la luna y sus faces. Admiro como transiciona de la luz a la oscuridad sin perderse. La línea entre lo bueno y lo malo es tan fina que, a veces, cuesta saber de que lado está uno. Y yo que era luz pura, me fui apagando. Corrijo, me fueron apagando. Soy víctima de mi inocencia, de haber perdonado a los que me han lastimado sin garantías, sólo para que vuelvan a hacerlo sin remordimientos. Soy culpable de haber confiado, de haber actuado siempre de manera noble, de no devolver con la misma moneda aún cuando tuve la oportunidad, de haber abierto mi corazón sin pretextos, de haber amado...incondicionalmente. Siempre tuve la convicción de que nunca lograrían teñir mi alma de negro, pero creo que lo han logrado. Creo que debería aplaudirlos, halagarlos, después de todo, no es trabajo sencillo marchitar todo lo que se toca. Espero que siempre recuerden como corrompieron mi paz. Espero que recuerden todo, cada detalle, porque van a necesitarlo. Van a necesitar recordar quienes eran antes de destrozarme, van a necesitar su fuerza porque ya no estoy en la luz. No completamente. Antes de cualquier persona, vengo yo. Por eso, te recomiendo que no vuelvas a confiar en mí porque, la traición, con traición se paga. Te recomiendo que te guardes la valentía para más adelante, para cuando la necesites al mirarte al espejo y observes los resabios de un hombre que nunca existió, de un niño que con fuego jugó, de quien dejó ir a lo mejor que le pasó como quien deja escapar su último aliento sin saber que no habrá más.