11 de octubre de 2025

A real fucking legacy to leave...



Nunca nadie me calo así. Desde la raíz. Me avergüenza un poco decirlo en voz alta, o incluso, escribirlo. Y yo que todo lo supero, que todo lo puedo, me encuentro sensibilizada por un hombre que probablemente nunca voy a poder llamar mío. De pronto lo recuerdo diciendo que mi problema es que lo he idealizado, que lo he convertido en alguien que no es. Lo que él no comprende es cuan buena es mi memoria, que lejos de ser selectiva, ha memorizado momentos, ha capturado imágenes a lo largo de mi vida para no olvidar jamás ni el más mínimo de los detalles. Recuerdo perfectamente quien era él y, por sobre todo, quien era yo. Los dos conocimos del otro una versión un poco más suavizada y tierna del otro. Es entendible. Han pasado 13 años. Éramos dos soñadores. La vida tiende a hacer eso. Con el tiempo nos vuelve mas permeables a todo lo que nos vuelve vulnerables. Nos endurece, y así, sobrevivimos el día a día. Lo se porque hay gente que me teme, pero él...él aún puede observarme y ver más allá del personaje, de la careta. Le temo como otros me temen, le temo porque con él no hay forma de no quedar expuesta, vulnerable. 

Aún pienso en el día en que recibí su correo electrónico. Aún pienso en como escuché el celular sonar, lo saque casualmente de mi bolsillo y el corazón se me paralizó al ver su nombre en el remitente. Estaba caminando en un supermercado y me frené en seco, casi como si las piernas no me respondieran y se hubiese dado un cortocircuito en todo mi cuerpo. Por un instante, el tiempo volvió atrás. Podía sentir como los latidos querían salirse de mi pecho y tuve que sentarme para poder racionalizar lo que estaba pasando. No sabía como todo se había reducido a ese momento, cómo es que había llegado ahí, pero estaba agradecida de que haya sucedido. Sigo estándolo. Por algún motivo, las cosas se pusieron en perspectiva. Siempre pienso que todo pasa por algo. Todo había sido una seguidilla de situaciones que ni él ni yo pudimos explicar, como el hecho de que tenía que vender mi computadora, que para eso tenía que sacar todo lo que tenía dentro, que encontré nuestras charlas de cuando apenas teníamos dieciséis años, que soñé varias veces con él, que unos días antes de San Valentín le escribí a una amiga para salir a bailar, que esa amiga no tenía planes con su pareja, que sus amigas salían y nos unieron al plan, que hayamos jugado una apuesta y me haya emborrachado, que tres extrañas se hayan acercado en el baño y por algún extraño motivo les haya hablado de nosotros, que me hayan insistido para que mandara un mail porque no tenía otra forma de contactarlo - el mismo de cuando éramos adolescentes -, que la borrachera permitiera que agarrara coraje para hacer algo que no hice en 13 años, que no haya llegado respuesta y que no haya insistido, que haya pasado casi un mes y él me respondiera alegando que "entro en ese viejo correo por algo de trabajo" - un correo al cual no ingresó por años -, que haya visto que le escribí y, sorprendentemente, el también haya encontrado el coraje de responderme. No existen las coincidencias. El destino es lo que hacemos de él, y sí, me gusta pensar que teníamos que pasarnos nuevamente. Es extraño, lo se, pero no me arrepiento de nada. Porque nada se compara a esa sensación de vértigo que sentí, que lejos de espantarme, me empujó a volver a escribirle, y que así, él terminara por pasarme su número de teléfono. Nada es aleatorio supongo. Nunca lo fue. 

Pasaron seis meses desde nuestra última conversación, aquella que lo arruino todo. Quisiera explicar qué es lo que pasó pero supongo que no tiene mucho sentido ahora. Lo único que se es que extraño la proximidad que sentía hablando con él. Las primeras semanas charlábamos y parecía que no habían pasado los años, al menos no en la forma en la que nos comunicábamos. Había un dejo de juventud y de...¿Cómo decirle?..."complicidad" que se sentía como estar un domingo en casa, en completa comodidad. Un día estaba en la casa de mi madrina y me preguntó con quien hablaba, y por qué sonreía. "Te acordas del chico de España con el que hablaba cuando era chica?" le pregunto, y procedo a contarle todo lo que pasó. Ella misma alimenta mi locura diciendo "me parece que es demasiado para ser una simple coincidencia" y dice alegrarse por mí, que haya retomado contacto con alguien que fue importante para mí. Como era de esperar, no pasan muchos días hasta que mi madrina le cuenta a mi mamá que me hace exactamente la misma pregunta un día que vino a Buenos Aires y quedamos para ir a comer pizza. Ella lo recuerda bien, pero también recuerda lo que vino después de que desapareciera de mi vida. Procedo a defenderlo (aunque no había necesidad), a contarle que así como me pasaron muchas cosas a mí, también a él. Le muestro una foto suya y me sonríe "se parece a Mariano". Se que es algo bueno, pero procede a advertirme "me alegra que haya reaparecido, me alegro por vos si te pone contenta...pero tene cuidado, maneja tus expectativas, no te ilusiones". Se que lo dice por mi bien, se que simplemente no quiere verme sufrir así que le aclaro "si, está en pareja, pero me pareció muy loco como retomamos contacto" y por suerte llega el mozo a tomarnos el pedido. Unos días después me visita papá y me pregunta por el viaje a España, un viaje que dicho sea de paso ya estaba planeado (otra razón para no creer en coincidencias), hablamos del tema y puedo darme cuenta de que mamá le conto todo. Me pregunto si es normal que mi familia se acuerde tanto de un chico de mi adolescencia que ni siquiera conocieron en persona, aunque después recuerdo que mi papá recuerda a todas mis amigas por como eran las fachadas de sus casas y que varias veces aparecía en mi habitación saliendo en la imagen de la videocámara de la computadora por aquel entonces. Me río porque todos hicieron más de esto de lo que yo hago. Pero, de nuevo, quizás sea que ellos me recuerdan hablando por teléfono con él, llorando por él...

Han pasado demasiadas cosas, lo normal del tiempo. Me duele pensar que lo primero que le pedí cuando empezamos a hablar de nuevo es que no desaparezca, que me prometió no hacerlo. Creí en su palabra como una niña sin experiencia, sin pasado. Ahora me cuesta nuevamente estar de lejos preguntándome si me piensa con la misma constancia que yo a él, si sueña conmigo como yo con él, si se pregunta qué estoy haciendo o qué es de mi vida; o si simplemente le doy igual. Me pregunto si recuerda como se sentía quererme o nada que le recuerde a mí lo mueve. A veces deseo poder arrancarme su existencia, dejar de pensar que un día podía jurar conocerlo como a la palma de mi mano. Hay una parte de mí que reniega de sentir así por él. Es algo que me genera una dicotomía difícil de comprender. Siento que los meses en que estuve muy mal no tuve tiempo ni cabeza para pensar en lo mucho que lo extrañaba. Y ahora, se siente como si estuviese intentando desintoxicarme de esa sensación extraña pero al mismo tiempo linda de levantarme por la mañana y encontrar su mensaje en mi celular. Siento culpa por sentirme así. Culpa conmigo por sobre todo, por todas las veces que tuve que dejarlo ir y aún así mi corazón lo recibe con la misma ternura que la primera vez, con un corazón que parece no haber crecido ni aprendido. Nuestra historia es cuanto menos Dantesca o Shakesperiana. Supongo que debería sentirse orgulloso de lo que es capaz. De lo que puede generar. Debe pensar que todo lo puede en mí y supongo que en cierto punto, es verdad. Dejó un legado imposible igualar, uno del que probablemente ni él mismo es consciente...

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