Madrid me recuerda a todo lo que podría haber sido y no fue. A todos esos deseos que uno deposita en una fuente con la esperanza constante de que se lleven a cabo, de que se cumplan. Quedó claro que si hay algo que no sucedió, fuimos nosotros. No importa cuanto tiempo pase, esta ciudad siempre hablará a voces de una Maite mucho más joven, ilusa y llena de expectativas, sueños. Soñaba con una adultez donde pudiese estar donde quisiera, con quien quisiera, sin toda la manía que rodeaba mi casa por ese entonces. No sabía cuan solitaria puede resultar la vida cuando no se comparte con los tuyos, nunca imagine siquiera darle la razón a mi mamá cuando enojada decía que "nadie va a soportar tus enojos ni tus formas, si seguis asi, vas a terminar sola". Nunca pensé que eso fuese a pasar porque cuando era más chica si bien odiaba mi apariencia, amaba como era por dentro. Siempre supe cuanto valía mi corazón. Hubo un tiempo en que él también lo sabía, hubo un tiempo en que deseaba con todas sus fuerzas que esté cerca suyo, que roce su piel y sus brazos se fundan con los míos en un instante sin final.
Durante años, evité volver a toda costa. Si pisaba Madrid era por una fracción de horas sin atreverme a salir del aeropuerto. No podía con la memoria, no quería conocer ni recorrer porque yo ya sabía lo suficiente de alguien que vivó en ese mismo suelo, de alguien que incluso hoy en día evita estar en el mismo lugar que yo como si fuese una plaga que hay que erradicar, como si quererlo fuese lo peor que le pudiese pasar. Supongo que darme por vencida nunca fue ni será mi asignatura preferida, aunque probablemente debería intentarlo. Debería tratar de olvidarlo, debería dejar el asunto en donde está, debería soltarlo, dejarlo ir de nuevo, como si ya no lo hubiese hecho, como si este no fuese el mayor deja vu de mi vida. Dicen que el destino te vuelve a enfrentar con lecciones hasta que las aprendas, y supongo que había algo nuevo por aprender porque no entiendo cómo es que siempre termino en el mismo lugar, con la misma persona. Quiero sentir enojo o al menos frustración, pero lejos de eso, siento un gran vacío. Supongo que en parte es mi culpa, por dejar que me gane la expectativa, por permitirme sentir nuevamente algo que pensé que ya no existía, un sentimiento que me convencí fervientemente que el tiempo había erosionado hasta no dejar rastro. Olvidé que en ese proceso es inevitable que permanezca una huella, un vestigio que por mínimo que parezca, nunca desaparece.
Por primera vez, piso Madrid y no siento expulsada por su aire. Camino para no pensar y pienso para no sentir. Un loop interminable. "Es lo que es" me repito para no sufrir, para no repetir la historia. No tiene idea cuanto deseaba que esto no esté pasando de nuevo, cuánto deseaba que esta vez las cosas fueran diferentes. Pero él sigue siendo él, y yo sigo siendo yo. Aún habiendo crecido, hay tanto de nosotros que permanece. No se si me enorgullece mi nivel de intensidad. Siempre me encuentro dudando de mi misma porque se que el riesgo a ser rechazada, o aún peor, a sentir que no debería estar haciendo lo que estoy haciendo, deja de ser una probabilidad y pasa a ser una certeza. "Al menos no puedo reprocharme nada" me convenzo. Paso la mayor parte de los días haciendo lo que me gusta, sentarme en cafeterías a leer y ver la gente pasar. Después de soñar con él, con la duda taladrante de si estaba bien o no, me siento en un café y al unísono empieza a sonar "a total eclipse of the heart". Me sonrío porque me recuerda a una versión suya que, aunque él haya dicho que ya no existe, hablaba con una calidez envidiable (que sólo decía tener hacia mí) que sigo recordando como si fuese ayer. Pase días dudando si enviarle un mensaje o contener las palabras en un silencio sepulcral, pero en ese preciso momento, al escuchar ese tema, algo en mí me empujó a no pensar tanto.
Miro el reloj y son las 10 am. Escribo en el block de notas porque temo decir las palabras equivocadas. "¿Por qué tenes tanto miedo?¿Por qué escribís con la duda de quien está yendo voluntariamente al matadero? ¿Te olvidaste de quien es? ¿Acaso te olvidaste de quien solías ser para él?". Mientras todas esas preguntas me asaltan, respiro hondo para tranquilizar a mi sistema nervioso que parece estar al borde de un ataque de ansiedad. Tomo más de mi café frío. Fue tan simple enviarle ese correo electrónico allá por febrero...pero esta vez, sin el alcohol ni la dopamina y la endorfina que produce la borrachera, todo parece distinto. Reviso al menos diez veces mis palabras. No quiero que suene mal, no quiero que crea que estoy exigiendo nada, no quiero molestarlo; pero tampoco quiero quedarme con las ganas de hablarle, con el impulso temblando en mis manos. Escribo un texto extenso donde parece que estoy vomitando verdades, uno que termino por borrar. Sigo teniendo el reflejo de cuando era adolescente, una versión de mí que quiere contarle todo sin filtros. Nunca fui cobarde, pero así es como debe sentirse serlo. A la mierda con escribir, copiar y pegar. Abro la conversación y termino por redactar menos de 20 palabras que no dicen nada pero son el único pie que se me ocurre. Dejo el celular y espero. Cuando termino de desayunar, me voy del local al menos con una sonrisa a cuestas. Pensando que sea lo que sea que pase, hice mi parte.
Pasa una hora y nada. No me exaspero. Hago mi día, como lo había planeado. Camino 20 kilómetros para no estar pendiente de una respuesta, pero es difícil no esperar. Es difícil que no me importe porque me importa. "Vos le dijiste que sos fría, ahora aguantatela" me reprimo. Siempre dijo que me veía como a una persona cálida pero me encargue de explicarle que no soy así con todos, que mi calidez esta reservada para los míos, para la gente que aprecio. Estoy pagando el precio de mis palabras. Después de varias horas y de verlo en línea reiteradas veces, comprendo que la respuesta puede nunca llegar. No puedo decir que no me entristece un poco porque lo hace. De a poco la adrenalina baja a cero y la alegría de haberme animado a hablarle se convierte en un dolor punzante. El calor apabullante de la ciudad no ayuda. Cada dos por tres se me baja la presión asique me compro la cena, un agua y me dirijo al hotel para cenar. Me siento en la cama, prendo la tele y respiro hondo cuando el celular suena. La respuesta que me encontré me recordó al chico adolescente que luego de decirme que su alma y la mía estaban entrelazadas, me ghosteo. Al que desapareció. Una respuesta robótica, sin interés, sin contenido. Me espantó a tal punto que respondí con una oración, desorientada por la cachetada, por el golpe de realidad. Dejo el celular y me agarro la cabeza. "¿Que hice?"...
Quiero enojarme conmigo, por guardar tanta debilidad y sensibilidad por un hombre que me responde como si le diese igual mi existencia (de nuevo). Madrid debe estar embrujada, o quizás, soy yo. Porque no hay forma de que este sea siempre el desenlace que tenga. Se me cierra el estómago. Quiero enojarme conmigo, ya lo dije, pero no puedo, no encuentro la fuerza para convertirme en mi propia enemiga. En el fondo, se que nunca voy a arrepentirme de jugar mis piezas porque existe un mundo donde la gente se lamenta hasta la locura por quedarse en el molde, por no jugársela, por no haber mandado ese mensaje, por no haber hecho esa llamada, por no poner todas las cartas sobre la mesa cuando existió la posibilidad. Vivo convenciéndome de que ésta es la última vez. Pero con él, extrañamente, ningún punto, parece ser final...

No hay comentarios:
Publicar un comentario