23 de octubre de 2025

Still here (at the restaurant)

Pasaron tres meses y medio desde la última vez que hablamos. Si es que acaso ese intercambio de palabras puede catalogarse siquiera como una conversación. Aún golpeada por la respuesta cortante, pienso que quizás le sorprendió, que quizás no esperaba, o aún peor, no quería hablarme nunca más. Lo justifico porque es lo único que me queda, lo justifico como si pensara que ignorar a alguien fuese una demostración de amor (y créanme, no lo creo). A veces uno se aferra de la hilacha más minúscula para no dar algo por terminado. Procedo a preguntarme si me odia, si piensa que no entiendo su silencio, si encuentra mi insistencia insolente, o si le da pudor cortarme con un punto final. Pienso en dejarlo ahí, pero por tres días me dedico a analizar si realmente estoy de acuerdo con no decirle que estoy en España, si podría perdonármelo a mí misma. Me conozco lo suficientemente bien para saber que voy a machacarme internamente si no lo digo. "Decilo y ya" me compelo. Espero un par de días en los cuales nuevamente hago todo un esfuerzo por juntar coraje, un atributo del cual me queda poco a esta altura. Le envio de nuevo un mensaje. No se en que momento es que me empezó a dar miedo iniciar una charla, aunque muy probablemente sea miedo al rechazo, o peor aún, a la indiferencia. Sus silencios siempre tienen el arte de volverse balas cuando golpean contra mi corazón. 

Le pregunto cómo está, porque a diferencia suya, a mí si me interesa saber que esta bien. Al menos esta vez responde con más agilidad aun cuando inevitablemente la conversación siempre parece morir. Debo confesar que por momentos me siento como un médico en urgencias haciendo hasta lo imposible para resucitar a un corazón sin pulso. Empiezo a pensar que la persona con la que reconecte en marzo, que me hablaba con la efusividad de la persona que conocí cuando era adolescente, ha desaparecido, y que, quien ha vuelto, es quien por entonces me ghosteo. Un hombre frío, distante, sin interés por absolutamente nada que tenga que ver conmigo. Me cuenta que lo ascendieron en el trabajo y me alegro porque recuerdo que unos meses atrás me dijo cuanto quería que lo valoraran en su espacio laboral. Me quedo esperando que se interese por saber algo de mí, pero de nuevo, me quedo esperando peras de un olmo. Salvo por un mensaje de audio, toda la interacción parece ser áspera. Hago un gran esfuerzo para ablandar la tensión, pregunto hasta por su perro, porque así soy, porque de nuevo, me importa, pero nada alcanza para sostener su atención. Como pasan los minutos de nuevo, como grandes eternidades, decido ser verborragicamente sincera y procedo a pedirle disculpas porque no continué hablándole, que no fue personal, que desbordé emocionalmente, y que a pesar de haber quedado todo "en el aire" prefería ser frontal al respecto y aclararlo (como la adulta que soy). Imaginé que iba a decir algo para hacerme sentir más cómoda, alguna palabra que se sintiera como un abrazo, pero lo máximo que se acerco a eso fue agradecerme por decir lo que dije. Nada más. Se disculpa por ser escueto, que no tenía tiempo (para mí y toda esa charla - aunque no lo dijo, se sobreentendió). Me dice que empezó a ejercitarse, a nadar, todos los días, y si bien dice que es para no engordar, se que lo hace para escapar de algún demonio que siente acechándolo. Lo se porque quien hace en exceso intenta callar las voces de la cabeza. Lo se porque incluso yo solía hacerlo. Quisiera preguntarle más, pero me callo. Sin mucho más, nuevamente, me deja hablando sola. Maldigo su mala costumbre de hacerlo y mi mala tendencia a soportarlo y no mandarlo a la mierda. ¿Es que acaso no me ve? ¿no entiende que estoy intentándolo?. Nunca pensé que pudiera volver a dolerme este estilo de rechazo, porque nunca pensé que él volvería a hacerme sentir así. 

Siempre me han dicho que tengo una gran facilidad para hablar con la gente. De lo que sea. Mis mayores confidentes siempre me tildan de profunda, pero es que ¿acaso la vida no lo es?. Siento que todo podría ser sencillo pero él parece empecinado en permanecer en su orgullo, en su comodidad distante. Esta bien, pienso. No, en realidad no esta bien, pero es lo que me queda. Me entristece pensar que últimamente lo único que parezco hacer es mendigar amor. Me alimento de migajas, como quien pasa hambruna emocional, como quien espera demasiado de las personas equivocadas. Empiezo a pensar que quizás si tenía razón cuando dijo que lo convertí en alguien que no es, que según él nunca fue. Un personaje. Quizás siempre hablé con la idea de quien él quería que yo pensara que era. Por mucho que me aterra esa noción, pienso que quizás siempre quise a un fantasma. Prefiero no sobre analizarlo. Insisto, porque mi mamá siempre dice "persevera y triunfarás", aunque en momentos como estos quisiera no tener el deseo de luchar. Espero un día, y vuelvo a hablarle porque claro, no me alcanzó con el "preview". Necesitaba el último puñetazo, directo al estómago. Necesitaba volver a tocar el suelo con las rodillas por él, con las manos cubriendo mi rostro...una vez más. 


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