Fueron nueve los meses de suplicio. Doscientos catorce días. Es un aproximado, y lo se, porque nadie podrá medir en ninguna forma todo el sufrimiento, todo el llanto, todas las horas sin poder dormir, la desesperación, los gritos ahogados y la expectativa de tener que funcionar como si nada sucediera. Del trabajo al loquero, del loquero al trabajo. Todos querían saber que pasaba, pero nadie quería escuchar, nadie quería comprender, nadie quería empatizar. Todas las respuestas terminaban en un "bueno, ya va a pasar", "bueno, entonces andate de ahí" o el gran "si no pensas en eso, si no le das tu energía, el problema deja de existir" que nada decía de lo que había contado, y mucho menos de lo que estaba atravesando yo, como persona. Quería hablar compulsivamente del tema porque no tenía cómo procesar todo lo que pasaba, lo que pensaba, lo que me hicieron. Me encontré desconociéndome a mí misma, intentando entender por qué despertaron algo en mí que no elegí, algo que yacía oculto en mi subconsciente o en algún rincón que no tenía idea que existía. Era feliz en ese desconocimiento, era feliz no sabiendo. Si me preguntan, nunca pensé que iba a recelar de mí misma, no de esta forma al menos. Por un tiempo no quise verme en el espejo ni en ningún reflejo, temía encontrar a una mujer que no era yo, que no era a quien recordaba. Y no, el problema no era con mi físico. Era tal la situación, que soñaba con eso, con desconocerme, con estar lavándome los dientes en el baño y al mirar hacia arriba observarme horrorizada al no encontrarme en el reflejo y desgarrarme en un grito interminable que culminaba conmigo sobre el piso, llorando con las manos sujetando mi cabeza, con la mayor desesperación que jamás me vi sufrir. Asique no, no se puede ignorar aquello que invade tu casa, tu espacio, tu mente. Y si, fue difícil lo que estaba vivenciando pero aún más complejo fue aceptar que a nadie le importaba si sobrevivía. Sólo querían estar en paz, sólo querían decirse a si mismos que al menos lo habían intentado, para evadir la cruda realidad de que eso no es contener. Supongo que "no hay peor ciego que el que no puede ver" pienso, y es algo de lo que nadie - incluida yo - puede escapar.
Al poco tiempo, se asentó en mí la convicción de que de nada servía explicar, de nada servía contar, de nada servía exponerme de esa manera si lo único que conseguía era sentirme aún más sola en medio del completo y absoluto caos. Después de tanto ruido, sólo quería permanecer en completo silencio. No hable con nadie, por meses. Ni siquiera con mi familia, que empezó a construir la peor de las hipótesis. No sabía como decirles la verdad, porque la verdad era dura hasta para mí. La narrativa se desarrolló a tal punto que en el primer encuentro familiar al que acudí - después de no saber nada de mi por 3 meses - el hermano de mi mamá junto con el novio de mi prima se sentaron frente a mí y con la seriedad de un tempano dejaron en claro que si necesitaba que me saquen de la casa, que si le tenía miedo a mi pareja, ellos iban y hacían lo necesario. Me ofendía tan solo pensar que creyeran que no era capaz de defenderme si el caso fuese ese, me ofendía que aún conociéndome me viesen como el eslabón débil de una cadena a la que no pertenezco. Me ofendió hasta que tuve que escuchar de la boca mi papá la misma pregunta. Jamás permitiría que nadie me ponga una mano encima, nunca. Y si bien no comprendía que lo pensaran, lo cierto es que desaparecí el suficiente tiempo como para que piensen cualquier locura. No sabía como explicar y verbalizar que lo único que necesitaba era un oído, y un abrazo quizás. Dos cosas que tampoco llegaron. A lo largo de todo ese período, nadie me dijo que todo iba a estar bien, nadie escuchó mi historia sin juzgar, desmerecer y/o descreer lo que tenía para decir. Todos querían pelearse por levantar mis pedazos del suelo, pero nadie estuvo en el interín para evitar que me desguacen el ímpetu con el que solía vivir. La única persona que supo estar y creyó cada palabra que salió de mi boca, y que lo hizo sin poner nada en duda, fue mi abuela. Apenas le dije lo que sucedía, ella entendió de que hablaba. No tuve que explayarme, ella simplemente me contuvo como nadie lo hizo, aún viviendo a mil trecientos kilómetros de distancia, la sentía cerca, la sentía cuidándome como una manta de apego, alentándome a no tener miedo. Le debo más de lo que podría devolverle en esta vida.
En el mientras tanto, tuve que soportar que me acusaran de estar "enojada" con la vida, y con quienes intentaban "estar", cuando la realidad era que sólo decían querer ayudarme, pero en los hechos, nadie lo hacía. No es referencial, es que, realmente, estaba sola. Enfrentándome - sin saberlo al comienzo - no a una, sino a tres personas, y no suficiente con ello, a una cuarta con la cual vivía bajo el mismo techo. No era fácil. Entre gritos y dedos señalando, entre llantos y pedidos de clemencia, entre sábanas frías, puertas cerradas con llave, marcas en las paredes, puertas y espejos, entre miles de llamadas por día de la misma persona con distintos números; con todo eso, y una mezcla de desconexión emocional, rabia y desamparo, es que sobreviví. No estaba enojada con la vida, estaba enojada con el hecho de tener que convertirme en algo que no era para afrontar a una persona que no conocía, y que por un motivo que por aquel entonces desconocía, estaba empeñada por dictaminar qué es lo que iba a ser de mí. Ella preparó las flores, las invitaciones y una tumba que yacía expectante a que mi cuerpo reposara en ella sin siquiera imaginar que antes de darle el gusto, hubiese hecho y renunciado a lo que fuera. Mi cuerpo, mi mente y mi espíritu, son míos. Y soy yo quien decide. Ahora y siempre. Y si bien intentaron quebrantarme de la forma más despiadada que existe, no sabía que al hacerlo, estarían comprándose el peor karma que pueda existir. No sabían que despertaron un poder que enraizó y me fortaleció mucho más de lo que podría admitir.
Se que todo esto suena críptico, pero es más literal de lo que parece. Quizás debería remontarme al comienzo, una semana después de ese horrible y detestable 19 de abril en que la venda finalmente empezaba a caerse de mis ojos. Sabía que al menos una persona quería que me corriera del camino pero no preví la magnitud ni el tiempo desde el cual todo esto venía sucediendo bajo mis narices. No pude prever que buscaba asesinar mis ganas de vivir o dejarme deseando que realmente empuñe el arma y acabe con todo. Veo el celular y noto que me llama una mujer que solía cuidarme cuando era chica, tiempos en que la casa estaba vacía y la diversión era simple (aún cuando el juego consistía en jugar sola). Frunzo el ceño porque no hablo con ella hace años pero atiendo con urgencia porque quizás sucedió algo lo suficientemente malo como para que me este llamando. Sí, siempre pienso que es algo malo. Su voz se pronuncia con tranquilidad mientras procede a explicarme el motivo de su llamada. Se quizás suene extraño, pero lo ella tiene el don de la clarividencia, y sí, es real. Soy testigo de que lo es. Siempre lo tuvo, y de cualquier forma, siempre creí en las energías, ¿quién soy yo para juzgarla?. Después de hacer las típicas preguntas que resuenan entre dos personas que no se dirigen la palabra hace años, suelta la razón por la cual le urgía hablarme. "Vengo soñando con vos, ya varias veces...". La primera vez, me soñó en un sillón llorando, y me explicó que podía sentir la desesperación y la angustia que yo sentía. Ella jamás conoció mi departamento, y sin embargo, podía describirlo como si lo hubiese visitado. Desde colores de los objetos, hasta disposición de los muebles. "Vos estas bien?" me pregunta, como si fuese un tanteo de algo más grave. "Si, un poco cansada, pero estoy bien, no te preocupes por mí" miento, como siempre. Se hace un silencio incomodo, a lo que pronuncio su nombre para ver si seguía ahí, y procede a decir con la voz temblorosa "no quiero que te asustes, es probable que no suceda...pero tengo que decirte esto, y por mucho que pensé en no hacerlo, siento que tengo que hacerlo". Y procede a explicar el segundo sueño. Describe entre titubeos cómo va de la habitación principal en el primer piso, atraviesa un pasillo hasta donde hay un baño del lado izquierdo, dice doblar sobre sí cuando lo alcanza y me ve, atada de pies y manos, en la bañera, ensangrentada, con los ojos vendados y la boca encintada. Desnuda. Muerta.
A medida que relataba, mi corazón se aceleraba más y más. Nunca creí en ningún Dios, nunca fui una persona religiosa, pero esto me hace entender por qué la gente se refugia en la fe. "No siento que vaya a suceder, pero sí puedo decirte con certeza que hay 3 personas haciéndote algo muy malo..." y procede a describir a las personas. "Una joven, otra persona mayor y una tercera que ayuda a la segunda porque ella no tiene el conocimiento para realizar este tipo de trabajos...". Me siento en la cama casi rendida ante la oleada de información, para procesar lo que me dice. ¿De que estamos hablando? ¿trabajos? ¿qué me están haciendo? y ¿que tan posible es que ese sea mi destino? ¿terminaré como en su visión?. Se me revuelve el estómago al pensarlo. Me doy cuenta de que todo esto es mucho más grande, mucho más grave de lo que pensaba. Automáticamente identifiqué de quienes hablaba, no hubieron dudas ni cuestionamientos. "Vos tenes que estar tranquila, nadie puede tocarte, estas demasiado protegida, no tenes idea cuanto...". La escucho mientras habla, pero una parte de mi esta paralizada, analizando internamente como afrontar a no una sino tres personas, cómo defenderme de algo que ni yo conozco ni comprendo, de algo que a mera vista es intangible, invisible. Me explica que quien está actuando con más tenacidad es la mujer joven, quien esta ensañada con tener todo lo que tengo, porque en pocas palabras, desearía ser yo. Corrijo. Quiere ser yo. Quiere mi vida, mis cosas, y a él. Sin que le dijera lo que había pasado, ella suelta un "él jamás te dejaría, y si lo hiciese, jamás podría ser feliz con otra mujer y a diferencia de lo que ella hace, lo que él tiene con vos, es genuino, no es artificial, no está creado ni manipulado a diestra y siniestra". Se me achica el corazón. "Cómo sabes lo de...?" le pregunto sin llegar a terminar la oración, un poco anonadada porque sin contarle el problema, sin decirle que había pasado, ella sabía. "Simplemente lo se", dijo con una paz que desearía tener.
Siempre pensé que la información, es poder. Pero en este caso, todo me resultaba extremadamente extenuante y apabullante. Por momentos quería parar todo, quería que mi mama me venga a buscar, como si estuviese en el jardín y pudiese refugiarme en algún lugar seguro. Quería volver el tiempo atrás y deshacer mil cosas, por muy imposible que supiese que era. Mi vida se dio vuelta, de un tumbo. Fue como haber estado yendo a 200 km por hora y esperar que el impacto no duela, que no me dañe. Ahora se que cualquier persona que hubiese tenido que escuchar, ver, experimentar y sentir lo que yo vivencié se hubiese quedado, al menos, sin aliento para seguir. O peor aún, sin la voluntad para hacerlo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario