Mi querido e inalcanzable Peter Pan, hay tanto que quisiera decirte. No se por dónde empezar, aunque quizás no esta de más hacerlo diciendo que nunca quise darme por vencida, no con vos. Ni mi versión actual ni aquella de de 15 años de edad. Es un hecho contra el que no puedo luchar, porque sin importar que suceda, nunca podría dejarte atrás, no al cien porciento. Lo he intentado tantas veces que a esta altura, lo tengo asumido. Nunca dejé de quererte, como quien mira hacia atrás con añoranza por lo que fue, y por todo aquello que no llego a ser. Soy consciente de cuan loco e incongruente es leerme decir esto. Pero siempre lo supe, y no pienso mentirte. Es como esas nociones de la física y la química que nadie cuestiona. La gravedad cae de lleno con una simplicidad envidiable diría. Y se que mientras lees esto, no vas a creerme, pero se más de lo que te imaginas. A veces sólo juego a fingir que desconozco de situaciones para darte ventaja, para imaginar la expresión de sorpresa en tus ojos. Como ahora. Siempre te dije que podía ver a través de las personas. Siempre supe verte más allá de todo.
Nunca pensé que iba a llegar este día. Nunca pensé que la idea de vernos podía ser arrancada de mí de raíz. Pero sí, podía. Podías y lo hiciste. Y yo que soñaba con nuestro encuentro, como aquella Maite de dieciséis años, me encontré arrodillada con mi ateísmo bajo el brazo en la Catedral de Santa María la Real de la Alumena jurando dejarte en paz si así lo querías, pidiendo que te cuiden de las personas que quieren hacerte daño, de aquellas que se hacen pasar por ovejas y encarnan al Diablo. Y se que puede que no lo comprendas, pero simplemente no soporto la idea de que te hagan daño. No soporto la idea de que te claven un puñal por la espalda, aunque así fue como se sintió leer que no querías verme. Ninguna cantidad de años podría haberme protegido de esas palabras porque en el fondo yo sigo siendo Wendy, yo sigo esperando que un día llegues y me invites a volar a tu lado. Supongo que me ganó la ilusión de soñar con esa posibilidad. Con esa mínima chance de que dijeras que sí. En el fondo, mi lado adulto y estructurado tiene perfectamente claro lo que sucedió. Al principio dolió y después, entendí que ninguno de los dos iba a poder mirar al otro a los ojos y negar todo eso que flota en el aire sin palabras. Y si bien lo único que quería era una charla, un café y una hora de tu atención, supongo que había mucho más de por medio. Puedo entender que le hayas temido a sentir, puedo entenderlo porque yo también temía que dijeras que sí, aún cuando más me dolía más pensar en un no. Y supongo que esa era y siempre fue la hipotenusa de la cuestión. Yo siempre estuve dispuesta a dejarme llevar por lo que mi corazón dicta, por lo que siento que es correcto por el mero hecho de ser. No quiero ni estoy dispuesta a negar que si me tomabas la mano, o me abrazabas, no iba a llorar deseando no tener que soltarte. Porque así soy. Siempre fui así.
Desde tiempos inmemorables, esperé más de nosotros, de lo que pensé que podíamos llegar a ser, de lo que sabía que éramos. Y lo digo porque no me importaba si permanecíamos como meros amigos, es que yo sólo quería tenerte en mi vida. En mi mente, no había forma de que no funcionara porque nos conocía el alma y descubrí en nosotros una compatibilidad rara de encontrar. Nunca necesité crecer para saber lo que valíamos, aunque quizás por aquel entonces no tenía claro cuanto valía yo, como individuo. Quisiera pedirte perdón por haberlo sentido así, pero era lo que sentía. De a poco con los años, aprendí a moderar lo que me pasaba internamente, aprendí a limitarme, a apagar el interruptor que hace que alguien me importe, que me permita quererlo, pero vos siempre fuiste la excepción. No tenes idea cuanto peleo con sentirlo así, con haberlo sentido así durante tantos años, aún en momentos de hiato, siempre estuviste ahí, siempre te recordaba. Nunca quise a alguien así, y hubo un tiempo en que incluso pensé que estaba mal querer de esta forma, con esa incondicionalidad que te lleva a ser vulnerable frente a otro. Pero nunca te temí. No realmente. Siempre supe que preferías desaparecer a lastimarme. Quizás, el problema fue y sigue siendo que nunca pensaste que desapareciendo, eso era justamente lo que hacías. Aprendí a perdonar, te perdoné porque no es sano quedarse roto por cosas que pasaron cuando éramos sólo dos niños fingiendo saber lo que hacían. Pero ya somos adultos. Con el tiempo, los años empiezan a pesar. Y por mucho que se que no querías herirme, lo hiciste al elegir convertirme en una extraña, al tratarme como tal. Y supongo que ya no tengo como justificarte. No puedo justificar quedarme donde no me quieren, donde el rechazo se siente así de humillante. No tengo como justificar que te hayas asustado, porque yo me hice de coraje para hablarte, una y otra vez, aún en momentos donde sólo recibí silencio e indiferencia.
No es el cierre que quería. Quiero pensar que vos tampoco. No es lo que realmente hubiese esperado terminar diciendo, pero las cosas a veces son lo que son. No hay nada que pueda hacer para doblegar tus palabras, porque son tuyas, porque por algo las dijiste. Pero Peter, espero que sepas cuanto lo intente, cuanto te quise, espero que sepas que durante todo este tiempo deje la luz encendida en la habitación de un pasado que compartíamos para que siempre tengas como volver a mí. Espero que sepas que cuando todo se caía a pedazos, solía pensar en vos y que, por muy loco que fuese, nunca dudé de cuan reales fuimos, porque hacerlo me sacaba de la oscuridad, porque en sueños, vos estabas ahí, alentándome a seguir. Es casi tan poético como doloroso saber que hay cierto arte en dejar ir lo que sabes que podría haber sido increíble. Siempre pensé que por algo hacías las cosas, siempre pensé que un día ibas a volver, y en definitiva, así sucedió. No fallé. Siempre supe que iba a tomar tiempo, siempre supe que a pesar de eso, no había forma de evitar lo inevitable. Perdoname Peter, pero ya no tengo la fuerza para convencerte de que te quedes. Ya no puedo quedarme esperando a que vuelvas (de nuevo). Y, se que duele, pero al final era cierto cuando dije que fuimos tan legendarios como momentáneos. Empiezo a pensar que todo lo bueno en la vida lo es. Fue tan breve que no llegué siquiera a procesar lo mucho que significaba para mí volver a verte, aún cuando fue solo en fotos.
Te quiero Peter. No hay mucho más para decir que eso. Siempre vas a ser ese lugar para mi, uno donde puedo sentarme y sentir que si el mundo se viene abajo, tu recuerdo siempre va a sujetarme la mano. Pero, esta vez, por mucho que desearía no hacerlo, por mucho que me duela hacerlo, toca apagar la luz, toca cerrar los ojos y no mirar más hacia atrás, toca esperar que un día deje de doler, que un día consiga olvidar que nunca elegiste quedarte.

No hay comentarios:
Publicar un comentario