Toda mi vida la transcurrí sintiéndome insegura de quien soy. De cómo me veo. O peor aún, de como me ven otros. Nunca pensé que iba a llegar el día en el que pudiera decir que soy todo lo que querrías tener, en que dijera que es tu pérdida si no supiste valorarme. Nunca pensé que iba a aprender a valorarme más allá de lo superficial. He aceptado que soy como una serpiente que cambia de piel y se reinventa. Voy sobreviviendo guerras y volviéndome más fuerte, empoderándome en silencio. Siempre fui muy crítica de mi personalidad, de mi forma de sufrir y de mi intensidad al amar. Nunca pensé que era así porque a otros les molestaba que fuera como era, porque otros querían moldearme a su antojo y convertirme en cualquiera sea la persona o mujer que necesitaban para sí mismos. Nunca nadie me amo y me enalteció, nunca nadie me amo para convertirme en una mejor versión de mi misma. Todos los hombres que dijeron amarme, querían un pedazo de mí, querían que fuera peón de un juego narcisista donde la única que perdía era yo. Por eso nunca confío en ellos, no al 100%. Siempre di a otros lo mejor de mí sólo para recibir migajas, sólo para ser dejada al margen de la hoja, para que coloquen a otra mujer de personaje principal porque "daba más la talla". Nunca nadie vio en mí todo lo que quizás yo veía como potencial, nadie me saco de las sombras sólo para verme brillar, sin ganar nada a costa mío, contando cada una de mis costillas. Con los años he caído en la cuenta de las incontables vidas que he salvado, y yo que tuve que salvarme mil veces, lo hice siempre en completa soledad. Me hice fuerza donde otros temblaban, y por eso, ahora me temen. Ahora les intimido, pero al menos, me respetan.
Me hice de hierro, me hice del trono, de mi altar y mi corona. Llegué sola, porque sola ascendí. Todos los que un día me alentaron a triunfar fueron los mismos a los que les molestó que reine, porque si hay algo que es verdad es que todos quieren verte bien, pero no mejor que ellos. Todos mis enemigos empezaron como amigos, y aquellos que no, siempre supe que dispararon a matar. Las heridas sanan pero no se borran, no para mí. Los mejores líderes lo saben: no se olvida a quienes te traicionaron. Es por eso que mi corazón nunca fue roto dos veces por la misma persona, porque a la primera ya tenía claro que volverían a intentarlo. El dicho es certero cuando afirma que todos vuelven al pie del cañón, lo se por experiencia. Todos vuelven menos yo, y de esa regla, sólo hubo una persona que fue la excepción. Y aún con él, utilicé un chaleco antibalas, aún ahí donde un día fui vulnerable y me sentí segura, me protegí, porque si hay algo que no pienso hacer es perderme (no otra vez). Mi caminar incorporó la neura de adaptarse a todos los terrenos, aprendió a no ser siempre igual, a volverse impredecible, algo que quizás ante otros puede parecer errático para mí es, más bien, un reflejo que previene posibles caídas, posibles lastimaduras.
Siempre soy sincera, me muestro transparente porque con la verdad se llega más lejos que con la mentira, porque el Karma siempre está esperando a la vuelta de la esquina para devolverte lo que sea que diste. Detesto sangrar, pero siempre me ofrecería para ir a la guerra para defender lo mío, a los míos. Soy tu mejor aliada y la peor enemiga que puedas tener, soy lo que sea que hiciste de mí. Porque todo en esta vida se paga, y en la muerte también. Ahora reconozco a iguales, no por personalidad, sino por sus heridas. Me rodeo de personas con cicatrices porque se que no van a juzgarme, porque se que van a ver más allá de mi armadura. Me rodeo de quienes entienden de lealtad y de mi frialdad; de quienes se quedan a mi lado sabiendo que pueden contar conmigo en el mejor y el peor de los momentos. Siempre vas a verme proteger a los míos, a pesar del viento y la marea, incluso a través del fuego. Dejamelo a mí, que yo se cuidar de mi manada, lo hago hasta cuando no saben, a sus espaldas e incluso con aquellos con quienes ya no tengo contacto pero recuerdo con un cariño entrañable.
¿Es que acaso no lo sabes? Cada vez que preguntes por mí, van a decirte que tuviste a La Emperatriz en tu vida, y solo supiste dejarla ir. Te quedaste con las dudas, con el temor, con las preguntas, con el silencio, con la angustia y la incógnita del "que hubiese pasado". Le temiste al éxito eligiendo lo seguro, eligiendo lo conocido por sobre aquello que te hacía sentir. Pudiste ser Emperador, y elegiste ser El Colgado. Y esta bien, yo siempre entiendo, yo siempre suelto, yo siempre transito y resuelvo. No te necesito, nunca lo hice, yo te elegí aún pudiendo no hacerlo, yo te elegí a viva voz y en completa distancia y silencio. Y por eso, podes quedarte con todo, porque aún así, la victoria siempre va a ser mía. Me he convertido en fortaleza, he transformado mis debilidades en poder. Este imperio es mío. Este imperio me pertenece. La Emperatriz nunca le temió ni le temerá al éxito. El éxito, es La Emperatriz.

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