3 de octubre de 2025

The Devil in disguise

                   

Seguramente se convenció de que me hizo caer, que me rompió al punto de no retorno. Cree que haciendo maldades puede llegar a mí y lograr que le crea cuando dice que no fue su culpa, que no fue quien inició todo. Si alguien viera a esta persona jamás creería que es capaz de las cosas que hizo, nadie me creería cuando les dijera que es quien me enseño que el peor demonio es el que se esconde bajo un disfraz de oveja. No contaba con que fuera la persona que soy. Cuando decidió joderme la vida no lo sabía, pero no soy el tipo de persona que se da por vencida con facilidad, no soy la que se va de un campo de batalla sin dar lucha, sin dejar todo de mi. No tiene idea con quien se metió, a qué linaje despertó. Nadie le advirtió que no soy quien lleva las de perder, que entre la luz y la oscuridad, la única que puede prevalecer es la luz. Y no, no hablo figurativamente. 

La preocupación de los míos se convirtió en moneda corriente. Había enojo y desconfianza hacia la persona con la que estaba, la persona que ellos tomaron como a uno de los nuestros, el "golden boy" que terminó por ser catalogado de traidor. Llamados y mensajes preguntando cómo estaba, meses de silencio, de introspección, de dolor y angustia. Todo era muy poco propio de quien soy, de mi forma de ser, pero lo cierto es que me generaba culpa exponerlos a ellos como yo había sido expuesta, sin desearlo, sin mi consentimiento. Nadie sabía nada de mí, sólo me sentía capaz de responder con varios "bien" mentirosos. Un "bien" que no decía nada pero que, extrañamente, alcanzaba. "La verdad duele", pensaba. Pasaban cosas que no podía ni quería explicar. Mi casa se convirtió en el mismísimo infierno. Uno que afectaba mi cuerpo y mi mente, uno que hacía que llorara con la desesperación de quien no sabe como arrancarse lo que siente, con la desesperación de quien no quiere ver imágenes al cerrar los ojos. Proyecciones en las puertas, marcas en las paredes. Sombras. Ataques psíquicos. Sensación de estar hundiéndome, de no querer salir a la calle aún cuando puertas adentro sólo podía sufrir más y más, deseando no estar, deseando escapar, deseando un rescate que nunca iba a llegar. Cosas que no sabía que existían, se convirtieron en una realidad innegable. Por meses, no me sentí yo. No me sentí estar. Me sentí morir, lentamente, rogando, implorando que algo pasara, que alguien tocara la puerta y me hiciera empacar todo. Necesitaba eso. Y eso, nunca llegó. 

Jamás pensé vivenciar algo así. Nunca jamás pensé que mereciera ese destino, uno que no era mío, sino de la persona con la que estaba. Por estar en el lugar equivocado, con la persona equivocada, sufrí un desenlace que no me correspondía. Me convertí en carnada, en un objeto que estorbaba. Y lo peor de todo, era verme forzada a atravesar ese pantano en completa soledad. Tuve que defender con garras y dientes mi espacio, mi estabilidad y por sobre todo, mi paz. Cuando abrí los ojos, cuando realmente entendí lo que estaba sucediendo, comprendí que todo lo que sentía no era mío, pude comenzar a luchar de una manera "más justa". Aún en completa desigualdad, sin conocimientos, sabía con certeza que la perseverancia te lleva a lugares seguros, de que, sin importar todo el mal que me hicieran, atrás mío están mis antepasados que custodian mi bienestar. Sin saberlo, quien me dañaba, no sólo despertó algo que prevalecía dormido en mí, sino también a todos mis ancestros, conocidos y no conocidos. Un linaje que se encargó siempre, incluso cuando no lo sabía, de equilibrar la balanza asegurándose de que, quien se atreva a meterse conmigo, se mete equitativamente con ellos. 

No podía explicar por qué no me iba, tampoco es que quisiera hacerlo. Me convertí en rehén de un story telling del que no formaba parte, uno que no escribí yo. Sentía mucha culpa, mucho enojo y bronca. "Yo no sembré esto, no debería estar cosechándolo", pensaba. Todavía lo siento así, pero después de un tiempo lo único que prevaleció fue la aceptación. Nada que hiciera podría cambiar lo que sucedió. Paso un tiempo hasta que me atreví a decir en voz alta lo que aconteció, nadie pudo dudar. Es lo que ocurre cuando tenes pruebas, cuando hay recibos que demuestran cada palabra que decís. Tuve esa suerte. Tuve esa fortuna. Nadie podía argumentar que no entendía a lo que me refería porque habían fotos que probaban lo que decía, habían muestras reales de todo. Durante toda esta locura, mi abuela fue mi respaldo, mi centro gravitatorio. Ella me enseño lo que había en nuestra historia familiar, ella me cuidó aún en momentos que yo no sabía que lo hacía. Nos quedamos noches y noches despiertas, juntas, hablando por teléfono, hasta que me volví fuerte y supe como defenderme. No podía dormir porque sabía que era mi momento de mayor debilidad ante lo externo, el de cualquiera. "No temas", me decía mi abuela, "quien debe temer, es quien hace el mal". Se que es verdad, lo se, pero cuando alguien te hace tanto daño, es difícil recordar que el mal no está ganando. Es difícil no devolver con la misma moneda. Es difícil no perderte. Es difícil, no cambiarte de bando y convertirte en lo que te hacen. 

Es cierto lo que dicen. Desde que empezó todo en abril, perdí una gran parte de quien era. Soy consciente de que fue a costa de ganar a quien soy ahora. La misma pero distinta, la misma pero menos ilusa, menos vulnerable. De pronto me apena mucho que toda mi vida haya sido un desafío tras otro donde lo único que parezco hacer es perder cada vez un poco más de esa ternura que yacía dentro mío, de mi halo e inocencia. Tuve que aprender, tuve que interiorizarme en un mundo invisible, intangible, en un mundo donde se vive en completa anarquía, donde la única ley vigente es el Karma. Francamente, todavía no se como sobreviví, todavía no se como es que no perdí la cabeza, cómo es que en medio de este huracán, eché raíces y me afiancé. Quien quiso matar todo en mí, no sabe que lo único que logro fue fortalecerme...

La vida no para de recordarme que nadie va a salvarte. Que la peor de las batallas siempre se las gana solo. Será por eso que siempre me dije a mi misma que en el fuego uno sólo podía arder pero, esta vez, en el fuego, en vez de quemarme, sólo supe resurgir, entre cenizas, como un Ave Fénix. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Preview (of a disaster)

Solía conocerlo, tan bien. Solía pensar que lo hacía. Que conocerlo me daba un estilo de privilegio, de ventaja por sobre otras personas. Lo...