Estoy sentada en el avión pensando en el gran infierno que atravesé, pensando en cómo es que cruzar un océano me resulta mucho más sencillo que pensar en atravesar todo lo que pase en abril, mayo y junio de nuevo. Se me eriza la piel de tan solo repasarlo mentalmente. Será que no puedo evitar que mi mente rumee alrededor de mis sentimientos, de todas esas verdades que salieron a la luz y cómo es que se supone que tengo que enfrentarlas sin perecer en el proceso. Cierro los ojos y suspiro. Todos esperan que sea fuerte pero a veces, solo a veces, desearía poder mostrar cuan frágil me siento. No debería estar pensando en esto, no ahora. Debería existir un interruptor para apagar la cabeza, para desconectarme absolutamente de todo. Este debería ser un viaje con propósito, y lo se, pero estoy agotada, completamente drenada por el peso de la realidad. Se siente como si llevara mi corazón roto a cuestas y tuviese que sonreír, fingir que no esta sucediendo, que no rompieron todo vestigio de incredibilidad que quedaba en mí. Se que no puedo poner mi energía en esto, pero el pasaje ya estaba emitido, todo estaba listo y después de todo, es mi tiempo de descanso, de vacaciones. Siempre de chica me decían "cuando ya estas en el baile, no queda otra más que bailar", y es cierto. Por eso, acá estoy, a punto de dar mi mejor show.
No tengo miedo. Ya no. Me cure de mis propios temores en tan poco tiempo que me sorprende a veces cuan valiente puedo llegar a ser. Y no, no lo digo como un halago. Es más bien que desarrolle un instinto de supervivencia que desconocía que llevaba dentro mío. No voy a mentir. Al principio quise correr, escapar, irme bien lejos de todo eso que me superaba, algo que creo que superaría a cualquier persona que desconozca cuan dañino y oscuro puede ser el inframundo, uno que camina y se mimetiza todos los días bajo la luz del sol, uno que aparece disfrazado de oveja y parece ser todo lo que no es. Todo esto me enseño cuan importante es elegir con quienes nos vinculamos, a quienes les compartimos nuestros mayores secretos, a quienes les damos nuestro tiempo e insertamos en nuestra vida. Suspiro. El mundo pierde mucho color cuando sabes cuanto mal puede hacer y desear alguien que este tan dañado que se convenza a si mismo de que lo único que puede hacer para tener lo que desea, es doblegar el libre albedrío de otra persona. Suspiro, de nuevo. Casi resoplando. Casi deseando que me devuelvan mi inocencia, que me devuelvan la esperanza de esperar siempre lo mejor de otros. No puedo evitar preguntarme si perdí mi chispa, si me la robaron y si quizás, algún día, la vida me da revancha y me permite recuperarla.
No se que tienen los aviones que me tocan una fibra sensible, una que me hace lagrimear. El avión carretea intensamente como siempre lo hace antes de despegar e, instintivamente, llevo la mano a mi collar. Cierro los ojos mientras siento como el suelo queda bajo nuestro y el peso del cielo se asienta en las dos alas de este enorme monstruo. Me prometo a mi misma no arruinarme esto, no llorar, no sufrir, no desear no haber emprendido este viaje. Me prometo disfrutar, aún cuando se que lo que dejo atrás es un campo de batalla, ensangrentado, plagado de fragmentos de mi corazón y con un enemigo esperando mi retorno, con una tregua momentánea que promete fortalecerme...o terminar conmigo.

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