5 de agosto de 2025

Neverland

Cuando me conoció era una persona reservada. Sin embargo, nunca me consideré tímida. Siempre fui de hablar mucho, aunque nunca de mí. Me fascinaba poder mantener una conversación profunda con quien sea, desde temprana edad. El problema solía ser que no a muchas personas les interesa indagar en lo profundo de un tema ni de una mente (ya sea propia o ajena); y menos durante la adolescencia. Quizás por eso me pareció extremadamente llamativo poder charlar con él de lo que sea. Cuando digo de lo que sea, es realmente eso. La versatilidad siempre me resultó un gran aliado. Desde la tristeza más incómoda hasta los chistes más estúpidos que existieran, él tenía la gran capacidad de poder sacarme de cualquier estado anímico en el que estuviera hundida. El último tiempo que hablamos, donde realmente éramos nosotros, nos la pasábamos planeando el tan deseado y aletargado encuentro. A veces pienso que de tanto hablarlo, convertimos la idea en un imposible. Casi como si hubiésemos depositado toda la expectativa en un momento, uno sólo, siendo que nuestro vínculo estaba compuesto por infinitos micro instantes donde sin vernos en persona, nos encontrábamos.

Nunca quise a alguien como lo quería a él. Quizás por eso marco un antes y un después. Es cierto que antes de conocerlo había experimentado "enamoramientos" furtivos, pero todos terminaban por resultarme insulsos, aburridos. Es difícil de explicar, aunque el razonamiento es bastante simple. La única forma en que puedo realmente interesarme por alguien, es a través del intelecto. No puedo conectar con alguien si no es a través del contenido, y no del envase. La segunda sin la primera, no me interesa. Y se que suena un poco tosco, pero es la verdad. No creo que exista un día en mi vida en que no funcione de esta forma, al menos para mí. Él sabía exactamente cómo llegar a mi en un tiempo donde usualmente no estaba al alcance de nadie. La frialdad con la que usualmente me manejaba siempre mantenía una distancia prudencial y protegía lo que para mí era lo más sagrado: mi corazón. 

Cuando desapareció, me desarmé completamente. No, no estuvo bien. No era lógico que estuviera deshecha por un hombre que nunca siquiera me rozó la mejilla, pero ahí estaba. Todos los días torturándome cuando lo veía en línea, pensando qué es lo que habré hecho en otra vida para merecer tal destrato, tal silencio. Me comía las uñas frente a un monitor, con la frustración y la bronca de quien no recibe una explicación. Él era el que decía que nuestras almas estaban entrelazadas, y que nada podría hacer que eso cambie; pero parte de mí si se sentía distinta en su ausencia. Era como si hubiese perdido una parte de mí. Se sentía como tener el corazón roto pero encontrarme totalmente privada de poder decir que eso era lo que me pasaba. No podía comer, no quería levantarme de la cama, dormía para no sentir, veía tele y me hice parte de su tratado de silencio. Termine silenciándome a mí misma para no tener que mostrar mi herida y arriesgarme a que la cascarita se salga y sangre como si el tiempo no tuviese capacidad de enmendar. No se si era pura casualidad pero él se fue y lentamente todo empezó a caerse a pedazos. Mis secretos ya no eran míos. Mis amigas se enteraron de todo, ellas le contaron a mi mamá, y ella puso al tanto a toda mi familia sobre mis indecencias, de mi hambre y mi corazón hecho añicos. Todo era una prueba de cuan poca confianza puede uno depositar en otros. Se sentía como estar siendo quemada en una hoguera a plena luz del día sin nadie que se atreviera a reconocer que la prioridad era salvarme

Sufrí sola, pensando en lo injusto que era estar así por alguien que probablemente se estaba dando la buena vida como si yo nunca hubiese existido. Eso me decía. Y se que probablemente era mi dolor intentando racionalizar algo que no tenía el menor de los sentidos, pero a veces uno se dice lo que puede para poder salir a flote. Y eso hice. Nadie me salvo. Espere, espere y espere a que vuelva, pero nunca sucedió. Fueron mis propias manos y mi propio deseo de vivir el que me sacó del pozo en el que terminé. Fui yo quien tuvo que renacer entre las cenizas, quien tuvo que forzarse a entender que él no quería saber nada conmigo muy a pesar de insistir desesperadamente, esperando al menos un "lo lamento, olvídame" sin recibir ni un adiós que estuviera a la altura de lo que teníamos. Cuando decidí que iba a parar de hacer el ridículo hablando sola con la nada misma, me convertí en un témpano. Rota y fría. Mi cabeza se convenció de que él me había dejado atrás con una rapidez envidiable, y que debía hacer lo mismo, dejarlo donde quería y había elegido estar: en mi pasado. 

Si hubiese sido por mí, la historia hubiese sido muy distinta. Pero los vínculos se forjan de a dos, y si él no me quería, entonces no había mucho que pudiese hacer o decir para cambiar una decisión que ya estaba tomada por su parte. Todavía me cuesta no pensar en lo ingenua que fui al darle acceso a algo todavía más sagrado que el corazón...mi alma. Debe ser por eso que, en los momentos más inesperados, me asalta su recuerdo sin el mas mínimo de vergüenza, sin temerle a nada. Su recuerdo me recuerda a él y a su personalidad rebelde, a su mirada, y a cómo, inexplicablemente, hay una parte de mí que siempre va a resistir devolverle con la misma moneda y mandarlo a donde él me mando a mí: el maldito e intolerable olvido. 

8/3/25

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