"No lo digas", me compelo. Lo pienso, para mis adentros, y dejo que así como surge, se hunda en lo más profundo de mí. Guardo silencio con la expectativa de pasar desapercibida, de no exponerme lo suficiente como para tener que dar cuenta de lo que siento. Nunca pensé que pudisese ser tan difícil pretender que no me importa, que estoy más allá de todo esto, de él, de mí, de lo que sea que define lo que sea que tenemos. Tengo recuerdos que no se condicen con quien somos ahora, pero al mismo tiempo, no puedo escindirnos de quienes solíamos ser. No puedo separar a quien decía quererme de esta persona, que lejos está de ser quien era pero que, por momentos, puedo atisbar. Son deslices, lo se, pero con eso me alcanza para saber que algo hay, que algo queda de todo eso que siempre di por sentado, de todo eso que siempre supe que sentía por mí.
Soy consciente de que no puedo permitirme pasar por lo mismo, no de nuevo. No puedo volver a caer por las montañas y chocar contra las rocas de la indiferencia y del silencio, ni tampoco de la lejanía que ambas crean. No puedo darme el lujo de verlo desaparecer. Dentro mío se despierta un miedo frenético que me descoloca. Tengo mil preguntas alojadas en la garganta pero temo decirlas en voz alta, temo escribirlas, como si esas verdades pudiesen doler más que la simple duda. Intento no centrarme en eso, lo intento, aunque una versión mía a la que le importa no puede evitar quedarse pensado si realmente lo lamenta, si realmente esta vez será distinto. ¿Acaso me creería si le digo que lo he extrañado desde que se fue? ¿le importaría saberlo? ¿importa?. No quiero pensar en eso, no quiero irme por ramificaciones que no aportan nada de realidad a esta situación. Quiero enfriar mi cabeza y convencerme de convertirme en una roca fría, de no confiar tan fácilmente, como si no hubiese aprendido lo suficiente de primera mano, como si nunca me hubiesen traicionado. Quiero enfriar mi corazón para no recordar lo sencillo e instintivo que me resultaba quererlo. "Deberías parar...tomar distancia", me digo. Pero no es tan simple. Nunca lo es. Pensar que esa es la única opción que tengo me duele. Mi cerebro no logra controlar la memoria que alojan mi sentimientos, como un movimiento reflejo de algo que ya no parece existir y, aún así, encuentra partículas alojadas en el abismo del tiempo. Quisiera protegerme de alguna forma, pero se que no hay nada que pueda hacer para prepararme para lo que se avecina. En lo más profundo de mí, temo siempre terminar preguntándome que hubiese pasado, o que pasaría, si llega el día en que alcance con quererse para decirlo, en que no quede otra alternativa más que ser sincero con lo que a uno le pasa.
Salgo de este espiral resoplando a la nada misma. Respiro hondo y me consuelo a mi misma pensando que "todo pasa por algo", que acá es donde tengo que estar, que esto...lo que sea que es...lo tengo que transitar. Me aliento diciendo que yo puedo, que no hay nada que temer. No soy la misma que era, aún no pudiendo controlar lo que hagan otros, puedo controlar mi narrativa, mi accionar. Después de todo, no puedo actuar sorprendida, y sin importar cuanto lo niegue si me lo preguntan, sabía que este momento iba a llegar. Muchos se la pasan diciendo que uno cuando es joven no entiende mucho de la vida, pero hace un par de años parecía entenderlo todo. Era claro, como el agua, no lo cuestionaba. Sabía que iba a volver a mí, sabía que un día iba a encontrarlo en la puerta de mi casa, con la mirada perpleja y el corazón en la palma de las manos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario