Permanezco en silencio. Miro por la ventana y me voy mentalmente a un espacio propio, seguro. No se que otra cosa más hacer. No soy capaz de decir un tercio de lo que siento o pienso. Me la paso temiendo que mi profundidad disfrazada de oscuridad espante a las pocas personas que siguen dispuestas a quedarse. Uno pensaría que con los años habría aprendido a dejar de sentir tanto las cosas, pero parece que el pasar del tiempo solo sabe de quitarme sabiduría. A lo largo de mi adolescencia, todo lo que sentía, estaba ahí. Andaba con el corazón expuesto, en la palma de la mano. Sin tapujos. Era una versión mucho más tímida de quien soy hoy en día, pero al mismo tiempo, mucho más transparente. Los años sólo han logrado que esconda mi centro para evitar que cualquier persona tenga acceso a mi vulnerabilidad, a mi costado más emocional y sensible. En muchos aspectos, todavía siento que tengo que reconfortar a mi niña interior, para suplir falencias ajenas, para tratarla como nadie nunca tuvo el tiempo ni la voluntad de hacerlo, la cuido como si fuese su propia madre, con dedicación y estoicismo. Nadie llega a esa versión a la que accedieron unos pocos contados con la mano y que, en última instancia, elegí preservar sólo para mí.
Llevo cicatrices a lo largo y ancho de mi corazón, y cada una de ellas, lleva el nombre de una persona que hubiese jurado que nunca atentaría contra mi. Supongo que ese es el plot twist que tantos libros desean tener en su trama. Ese que tanto hubiese deseado evitar vivir en carne propia. Siempre envidie la simplicidad y llanura de vidas ajenas, esa que les permitía tener un sentido de normalidad (moderado al menos). Desde la infancia hasta la adultez, aprendí a vivir sola. Cómoda en mi soledad. Y si bien agradezco ese sentido de independencia que desarrollé casi por instinto de supervivencia, desearía poder sentir de nuevo esa sensación de confianza que se desarrolla cuando uno quiere a un otro. Hacerlo sin ese constante e inevitable temor de que sea esa misma persona se escude en su egoísmo para arruinarme. He visto a las personas que más he querido clavarme una estaca, directo al corazón, con sus ojos cerrados, que al abrirse encontraban los míos, llorosos y arrepentidos de haberles dado la mano, un abrazo, cuando nadie estuvo ahí.
Todavía recuerdo ese momento, ese instante en que perdí una parte de quien soy, una parte irrecuperable que me convirtió en esta persona totalmente negada a involucrarme demasiado como para volver a pasar por lo mismo, como para volver a desnudarme el alma sólo para quedarme con los brazos extendidos abrazando el vacío. Me recuerdo porque lo viví, porque estuve ahí. Pienso todo el tiempo en eso, en el cariño incondicional que entregué a muchos, casi deseando haber compartido un poco conmigo. Quizás, sea que el tiempo sólo logró cambiar el tapizado de las paredes donde me escondo, o la máscara que llevo, pero ahí, donde nadie busca, sigue esa versión de mí que tanto añoro, que tanto rememoro. Una que creía en el amor, en la confianza y en la reciprocidad que yace entre ambas.

No hay comentarios:
Publicar un comentario