29 de marzo de 2025

Phone calls (and dead ends)


No se por qué sigo acá. Por qué siempre todo parece reducirse a su nombre. El tiempo y sus vueltas me juegan una mala pasada, dejándome tambaleando, con la sensación de que todo es meramente un chiste esotérico del cual no puedo hacer otra cosa más que reír incómoda, ante la ironía, ante el dolor que me genera. Últimamente mi vida se transformó en un remolino de situaciones que me tienen completamente desorientada. Aún así, con el pesar de las circunstancias, cuando no se donde estoy, aún con todo lo que sucede alrededor, todo parece desvanecerse cuando él aparece en escena. Y se que debería dejar de darle ese lugar, esa importancia, pero no parezco resistir el archivo de sentimientos que se abre de par en par cuando creo que le importo lo suficiente como para dedicarme una milésima de segundo. Me convierto en Ícaro, atraído hacia el sol, cayendo al mar, como si nadie hubiese podido prever que esto iba a pasar, una y otra vez.  

Un segundo. Eso es todo lo que toma, lo que necesito, para volver a donde todo comenzó. Me atormenta la idea de que esta sensación sólo está en mí, como si no hubiese un hilo conductor, como si no existiera electricidad que va de su cuerpo al mío. Por momentos, me convenzo de que no tiene sentido resistirlo y que, a fin de cuentas, sin importar cuanto corra hacia las colinas intentando evitarnos, intentando eludir el dolor que podría infringirme si rompe mi corazón de nuevo, se que todas las bifurcaciones en el camino van a llevarme al mismo sitio. No puedo engañar a nadie, ni a mi misma, ni mucho menos a él. Aunque puedo jurar que no necesito que nadie se quede a mi lado, tengo la convicción de que si un día él decide que desea ver el atardecer conmigo, el mundo brillaría un poco más. No se a donde voy, pero mis piernas se adelantan a mi cabeza y buscan poder escapar de mi corazón. Puedo escuchar las alarmas sonar de fondo, y aunque todo esté en movimiento, lo único que puedo hacer es permanecer plantada en este momento, con la mirada perdida en el aquí y ahora. Quizás ese sea mi mayor red flag: siempre soy la última en irme de un lugar, de una persona. 

No quiero mentir, me resulta inconcebible irme si hay algo más por intentar, y es probable que por eso, una vez que me marco retirada, lo hago con la certeza que no hay nada por salvar, cuando todo está hecho añicos o me traicionaron la confianza hasta hacerme añicos a mí. Algunas veces, me quedo observando mis pedazos a lo ancho y largo del suelo, conteniendo lo poco que me queda cuando amo a alguien que tiene la osadía de reprocharme cómo transito mis sentimientos, si coloco o no todas las cartas sobre la mesa, si me atrevo a jugármela sin un plan B, la forma en que actúo cuando alguien me importa demasiado, la manera en que se me acusa de intensa y dramática sólo porque nunca tuvieron a alguien que los quisiera con todo de sí. Supongo que hay quienes, sin importar el tiempo y el espacio, encontrarán una excusa para no sentir lo suficiente, para no mostrar las manos después de tirar la piedra, y puede que por eso, nunca pueda ser una que justifique por qué, cómo o cuándo tomé la irreversible y estúpida decisión de enamorarme. Simplemente...lo sentí. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Preview (of a disaster)

Solía conocerlo, tan bien. Solía pensar que lo hacía. Que conocerlo me daba un estilo de privilegio, de ventaja por sobre otras personas. Lo...