Me cambie de colegio, rendí varios exámenes, aprendí lo que se enseña en todo un año completo de francés y latín en 2 meses para poder entrar a otro instituto (y obviamente lo logré, con creces). Ahí todos competían, pero por las notas, por el conocimiento, por la intelectualidad, lo cual me hacía sentir al menos más cómoda. Aún así, me aseguré de formar parte de un grupo para, al menos, formar parte de algo, aunque me sintiera en muchos momentos sumamente distante de las experiencias que tenía el resto. A temprana edad, me sentía adulta, en muchas formas. Fingía el ritmo que otros tenían, sabía a quien acercarme para asegurarme que nadie me moleste. Aprendí a ser invisible en una forma en que me permitía seguir ahí. Ese era el contexto en el que me encontró. No era mi mejor momento. No tenía a nadie con quien compartir quien realmente era, sin tapujos, hasta que apareció él. Por momentos, lamento que nos hayamos encontrado en esa época, pero mi ego y parte de mi bienestar mental agradecen que haya sido así.
Me encontró en el anonimato, y una vez que empezamos a hablar, no podíamos parar. En los 2000 las limitaciones tecnológicas eran otras. Me apuraba a llegar del colegio para prender la computadora, conectar el internet (que utilizaba línea telefónica todavía) y esperaba encontrarlo. No había acceso a enviarse mensajes de texto, ni Whatsapp, de forma tal de que pudieses conectarte con alguien con el celular en otro lugar que no fuese tu casa. Llegaba esperando que la suerte me acompañara, calculando la diferencia horaria, y que estuviera en línea. Me convenció de ponerle rostro a mi anonimato, lo cual nunca paso con nadie más que con él. Cuando no charlábamos por MSN usando videollamadas, él me llamaba por teléfono (en Argentina no era tan sencillo comprar tarjetas de abono para llamadas internacionales). Todavía recuerdo la primera vez que sonó el teléfono y podía ver el prefijo en la pantalla, es casi como un espejismo, pero lo recuerdo. Le había pasado mi número pero no esperando que me llame, sino más bien para que lo tenga, por si un día me necesitaba. Así pensaba la vida: aún hundiéndome yo, quería ser salvavidas. Un día sin previo aviso, simplemente llamó, y el corazón se me disparó hasta llegarme a la garganta.
Recuerdo haber estado acostada en mi cama, con la notebook, y saltar cuando el teléfono de linea empezó a sonar. Con las manos temblorosas, y después de dudar por lo que pareció una eternidad mientras caminaba en círculos por mi habitación, atendí. Su voz no se parecía a la voz de las video llamadas, era más suave y al mismo tiempo, mas acentuada. Sólo se que cuando empezó a hablarme, dejé de tener nervios, dejé de sentir miedo por una situación que me excedía en muchas formas y sentidos. Recuerdo que hablamos de una foto que le envié antes por correo electrónico "para mí eres como un ángel" y yo en el fondo creía que lo decía para hacerme sentir bien, por lástima quizás. La sensación de éxtasis que me recorría el cuerpo hablando con él, es lo mas cerca de volar que voy a estar. Era mi momento de paz. Sonreía sola, pensando, imaginando el día en que pudiera abrazarlo y no soltarlo, al menos hasta que me lo permitiera.
Él leía todo lo que escribía, no había nada que esconder, no me daba vergüenza que supiera de mi historia, ni de mi lado más visceral. Con él, el mundo y la vida en general, daba menos miedo. Aunque quizás sea que el amor hace eso cuando te llena de sensaciones que no comprendes pero que aceptas con normalidad. Con el tiempo, entendí que realmente creía que era atractiva, que realmente me quería, en una forma que al comienzo me asustaba y luego se me volvió costumbre. La primera vez que dijo "te quiero" le dije que no le creía, que no podía ser, si nunca nos vimos, no podes quererme así, en estos términos. Al día de hoy, no se como hizo para convencerme de que si era posible, a tal punto, que lo termine queriendo también, probablemente más de lo que él se imaginaba. Me molestaba en cierto punto no poder contarle a nadie sobre él porque se me dificultaba explicar cómo es que nos conocimos sin admitir que escribía, que a mí me pasaba lo que me pasaba tras el telón. Eventualmente, no tuve de otra más que contarle a mi mamá, que cada vez que estaba con la computadora o el teléfono preguntaba con quien hablaba. Imagino que pensaba lo peor, desde una red de trata a un pervertido aprovechándose de mi ingenuidad. Me río de tan sólo recordar el momento en el que le conté. No puedo recordar si él habló con ella una vez cuando me llamó, y varias veces se metía en las video llamadas, lo recuerdo saludándola con el sarcasmo de quien sabe que no es un peligro para otros. No se si era valentía o estupidez, pero nunca daba un paso en falso, nunca un paso atrás. Fueron dos o tres años, o incluso un poco más, de charlas constantes. Me caló tan fuerte que mi vida adolescente, fue dividida entre un tiempo en que podía jurar que lo tenía...y el estrepitoso después.
5/3/25

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