Me quiero reír, pero no puedo. Duele, en una forma extraña, que lejos está de parecerse a lo que sentí por ese entonces, pero no por eso, es más fácil de afrontarlo. Cierro los ojos intentando contener las lágrimas. "Ni se te ocurra llorar ahora, no seas estúpida" me digo a mi misma, y borro su rastro antes de que se atrevan a recorrer toda mi mejilla. Me compongo, lo más que puedo, si es que acaso alcanza con eso. Miro la pantalla que lleva encendida un largo rato, replanteándome venderla así como está. Sin tocar un solo recuerdo, sin hurgar en el pasado. Estaría dispuesta, de no ser porque le prometí al comprador entregársela reseteada. "No seas cobarde". No puedo creer que me haya recibido de una carrera universitaria, que esté terminando mi segunda carrera de grado, y no logre encontrar la valentía para sacar información de un aparato que se encuentra cercano a quedar obsoleto. Dejo de aletargar la situación en la que yo misma me coloqué y me concentro en terminar la tarea lo antes posible. Hago doble click en cada carpeta y la voy guardando en el pendrive, pensando en lo loco es que toda mi vida, mis 30 años, puedan entrar en un aparato tan diminuto. Remuevo las imágenes; carpetas y carpetas con textos y textos. Me impresiona lo mucho que solía escribir. Mi alma plasmada en miles y miles de párrafos como pequeñas huellas de mi vida a lo largo de la historia, una que era mía. De pronto me recuerdo chiquita, en la habitación de mi mamá, de cuclillas en el piso, con el cuaderno apoyado en su cama, esperando a que me dicte algunas palabras para que pudiera escribir historias, cuentos, o lo que sea que se me ocurra. Sonrío. ¿Quién iba a decir que de ese hábito, iba a poder salvarme una y otra vez, escribiendo?. Agradezco que ese recuerdo haya venido a rescatarme y me empuje a seguir guardando todo. Saco algo así como 20 carpetas hasta que llego a una que reza el nombre de mi antiguo correo electrónico. El que me hackearon hace unos meses. Instintivamente, alejo la silla de un tirón y me paro, asustada.
Miro para todos lados, pensando que se trata de una broma de mal gusto, pero no hay nadie. Se me dispara el ritmo cardíaco aunque físicamente estoy tiesa, petrificada, con los ojos abiertos como dos platos. "No puede ser" pienso. "Esto tiene que ser un chiste, o al menos una jugada siniestra del destino". Mientras asesino mi cabeza con preguntas, me voy a servir un vaso de coca zero a la cocina para calmar los nervios, para evitar el bajón de presión que veo venir a lo lejos. Así es como debe sentirse una persona adicta en estado de abstinencia. Me tiemblan las manos y empiezo a transpirar aunque no se bien si es a causa de los 40 grados que hacen en este insufrible verano o porque tengo miedo de encontrarlo ahí. Cierro la tapa de la notebook de un golpe sordo y decido que no estoy lista. Llámenme cobarde, llámenme lo que quieran, pero él me dejo atrás y lo mismo debería hacer yo, no,¿no?...
Me levanto y tengo una imperiosa necesidad de salir corriendo, lejos de ese monitor, pero no puedo. Ya no vivo en la capital y salir a correr a esta hora podría terminar matándome (literalmente) con la ola de inseguridad que hay en la zona, aunque si lo pienso bien, repasar cualquier conversación con él sería como volver a clavarme un puñal pero esta vez, por elección propia, a mi misma. Lo dudo unos segundos, casi como si estuviese dispuesta a hacerlo, a morir de nuevo por alguien que no está en mi vida hace 10 años. "Estas loca Maite" me digo mientras apuro, me calzo y agarro las llaves del auto rápidamente para abandonar el comedor y dirigirme a la entrada de mi casa que últimamente no parece ser más que un palacio desolado.
¿Qué hice mal? ¿Por qué me pasa esto? ¿Por qué me siento así de asaltada por este miedo irracional?. No quiero escapar de mi pasado pero tengo claro que nunca voy a estar lo suficientemente lista para volver a leer nuestra historia, contada por nosotros, en lo que parecería ser un tiempo real, y al mismo tiempo, no estar esperando siempre que el final sea uno totalmente distinto al que fue. No es hasta que hago un par de cuadras hasta que me reconozco rígida en el asiento conductor del auto, con la cara empapada de esas lágrimas que me jure jamás volver a derramar por él. ¿Algún día va a dejar de perseguirme su fantasma?. Aún en este profundo dolor, me reconozco deseando que nunca me deje, me veo desde afuera recordándome que fue lo más parecido que conocí al amor, al amor genuino y desinteresado de dos personas que se permitieron conocerse hasta el alma.
CONTINUARÁ...

No hay comentarios:
Publicar un comentario