Hubo un tiempo en que escribía para llamar su atención, que escribía para que lo lea él. Sólo él. No me importaban los otros. Cuando se trataba de Pedro, todo el resto se volvía decorado. Escribía para exorcizar mi angustia y la desesperación que sentí cuando dejó de escribirme. Quería internamente aniquilar todo lo que quedara de él y de mí, de nuestras almas torturadas. No soportaba estar constantemente pensando en él, en todo el tiempo que compartimos, en las palabras, en la compañía, en la conexión que teníamos y la contención emocional que nos dábamos. Siempre pensé que nos habíamos vuelto indispensables el uno para el otro, y cuando me extirpó de sus días, como si fuese un tumor que ponía en peligro su vida, sentí todo desmoronarse, como un castillo de naipes. Un castillo que podía jurar y perjurar había sido construido en base al ingrediente más resistente de todos: la confianza.
Hace no mucho tiempo, hackearon uno de mis viejos correos electrónicos. No me dolió perderlo, sino más bien todos los mensajes que yacían en él. Los correos que nos enviábamos cuando éramos apenas adolescentes intentando descifrar como vivir sin morir en el intento. Mi suerte es tal que cuando intente encontrar las conversaciones que teníamos por Facebook, ya no estaban los mensajes. 'Mensaje no disponible', leí y se me escapó una risa. Mark Zuckerberg debería avergonzarse. Ironías de la vida supongo. A lo largo de la historia, quedaron miles y miles de pruebas que verifican y dan fe de los sucesos más importantes a nivel mundial y él, aún habiendo sido crucial en mi vida, pareciera haber sido borrado como un simple error de software. Nada es simple cuando se trata de Pedro. Nunca lo fue, no lo recuerdo así al menos. Lo bueno y lo malo de todo esto es que aún no pudiendo demostrar que existimos, todavía guardo con mucho cariño sus palabras, en mi memoria al menos. Así como también los emojis que usaba al despedirse, su perfil "sonrisas", sus jeans, el parkour, su voz al teléfono la primera vez que la escuché, las videollamadas, y esos ojos...esos ojos que si me lo ofrecían, podría haberlos elegido como mi lecho de muerte y hubiese aceptado gratamente.
Me preguntaba si me leía, si estaba ahí, aún cuando no pudiese percibir que lo estaba. Leía comentarios de desconocidos intentando encontrarlo, intentando sujetarme de cualquier mínima esperanza. Siempre fracasaba, y sin importar cuanto doliera, siempre volvía a intentarlo. Su anonimato me resultaba frustrante. Lo busqué por todos lados, con los pocos datos y herramientas que tenía por aquel entonces. Las limitaciones de la época no me impidieron encontrarlo. Nadie ni nada hubiese podido hacerlo. Si tan solo hubiese sabido que iba a doler como dolió, si tan solo alguien hubiese podido advertirme. Cuando miraba sus fotos, no podía distinguir si era una de sus tantas careta o si realmente estaba feliz. Fotos suyas riendo con sus amigos de la mano de alguna que otra cerveza...y fotos con ella. Lo primero que pensé es que 'no se parece en nada a mí' y sacudí mi cabeza, con la desgarradora sensación de que quizás, esa era la idea. Las preguntas me surgían a borbotones: ¿Acaso me dejó de hablar porque no puede tenerme en su vida y al mismo tiempo querer a alguien que no sea yo? ¿Acaso lo espanté con algo que dije? o peor aún, ¿es que mi dolor le generaba dolor?. No podía pensar en esa última opción. De pronto me encontré enojada. ¿Cómo se atreve a juzgar mi dolor? ¿Cómo es que piensa que el problema son mis resquebrajaduras cuando los dos nos encontramos estando rotos?. Lo observe en silencio por muchísimo tiempo, más de lo que me animo a admitir, y no digo que esté bien, pero era lo único que podía hacer. Sólo podía mirar como su vida seguía...sin mi. Como si nada. Como si yo no hubiese sucedido.
Había un silencio crónico que gritaba cosas horripilantes. Se fue pensando que iba a estar mejor sólo para descubrir que el eco de su paso estaba destruyendo todo en mí. Supongo que se dio cuenta, que lo necesitaba, que él lo necesitabas, y un 23 de marzo de 2011, a las 2.31 de la mañana, decidió escribir. "Anónimo: No negaré que en los últimos tiempos haya intentado apartarte de mi mente, intenté hacerlo aún teniendo bien claro de antemano que sería en vano. Ni por un minuto has abandonado mis pensamientos, porque la memoria y la razón poco tienen que hacer cuando interviene el corazón. Y en todos estos días, ese corazón, mí corazón, no ha dejado de llorar...". Te reconozco en cada palabra, pensé. En cada sílaba, en las separaciones, las comas y los puntos. Podría reconocerte en cualquier lado. En el momento en que lo leí, no hubo ni un atisbo de duda. 'Sos vos'. Mi corazón palpitando, en la punta de mis dedos, llorando, maldiciendo la lejanía, maldiciendo tu decisión. El mundo empezaba y terminaba en lo que me escribió. No podía comprender por qué tenía que dejarme, por que no podía formar parte de mi vida y yo de la suya. Y lamento admitir que un poco de mí, 13 años después, sigue sin comprender.
En varias oportunidades leí sobre el dolor de las despedidas, pero no fue hasta que Pedro dejó mi vida que descubrí el verdadero significado del dolor que yace en la pérdida. Ese tipo de muerte súbita del sentimiento ajeno, de esas cosas que están fuera del poder de uno. Dicen que la peor perdida viene con la muerte, pero con Pedro descubrí que no hay peor dolor que ese que se siente cuando nadie muere, y aún así, esa persona deja de existir en tu vida.
Perdí a mi mayor confidente, y con él, una parte de mi. "Esta bien", me dije y me repetí en varias ocasiones. Merece ser feliz. Aunque sea sin mi. Se merece todo lo que a la distancia yo nunca podría ofrecer siquiera. Me hice fuerte con el aire que respiraba, entre un mar de lágrimas, y aunque cada día era un suplicio incongruente, sobreviví. Supongo que ayudó haberlo observado por años hasta que la red social de donde vive no me permitió acceder más a su cuenta y un cartel gritó 'debe loguearse para ver el perfil' y sin ser de España, me resultaba imposible. Supuse que era una señal. "Ya te cercioraste de que esta bien". Me temo que sí, está bien sin mí, y fue ahí cuando comprendí que nunca tuve otra opción que volverme una extraña en su vida. Un agente externo que probablemente nada implicó.
El masoquismo tiene infinitas formas de expresarse, y el mío decidió preguntarse si quizás algún día él hizo lo mismo por mi. Si en un momento de debilidad chequeo que estuviera bien, si acaso le importaba saber, o si prefirió vivir con la duda hasta olvidar que esa incógnita prefería dejarla sin resolver. Lo pienso y encojo los hombros porque, incluso hoy en día, se que no hace la diferencia. Lo único que cambia el destino son las cosas que hacemos. Por eso cuando estuve en España le escribí, por eso siempre lo intenté e insistí (quizás más de lo que debería haberlo hecho). ¿Que puedo decir? soy una eterna soñadora. Y si de algo soy culpable, es de haber aletargando la esperanza lo más que pude, para poder resistir la tristeza que implicaba aceptar que nunca fui alguien lo suficientemente importante como para no soltarme.
Ojalá, si un día Pedro lee esto, pueda comprender de donde vengo, que el tiempo le haya dado esa perspectiva que de adolescentes ninguno de los dos tenía. Ojalá pueda entender que hubo una época en que luche con mi pasado por haberlo hecho parte de mi vida, por haberle mostrado mi verdadero yo, mis debilidades y esas fortalezas que por aquel entonces ni yo podía reconocer. Cuando se alejó, él sabía que sobreviviría. Me rompió el corazón, no hay dudas, pero al hacerlo, no fue consciente de que también tuvo que romper el suyo. Al menos un poco. Mucho tiempo desee no haberlo conocido, no haberle dedicado tanto tiempo, tantas sonrisas y mucho menos, tantas lágrimas y no por eso, no deseo que sepa que con el pasar de los años, comprendí que no hay nada que hacer sobre lo que ya pasó, que lo único que puedo agradecer que su camino haya coexistido con el mío y que, de una forma u otra, meramente existiendo, me salvo.
Tenemos más de 30 años ya, y es muy loco para mí seguir hablando de él, rememorándole, como si fuese un ángel caído. En momentos donde nadie quería estar, él no me dejo caer. Mi único arrepentimiento, es no haberle confesado que sabía que la vida era posible sin él, pero internamente deseaba, con cada víscera de mi cuerpo, que fuese a su lado, que pudiésemos tenernos por el resto de la vida, de la forma en que se pudiera. Mejores amigos, quizás. Espero que sepa que lo hubiese elegido, una y mil veces, y que nos encontraríamos de nuevo, en esta o en otras vidas. Lo sigo haciendo de alguna forma, en este preciso momento, escribiendo sobre él. Hace unos días lo encontré en un pasaje de Emily Brontë cuando dice "He's more myself than I am; whatever our souls are made of, he's and mine are the same". Siempre parezco encontrarlo, aún cuando creo haberlo perdido. Quizás sea hora de aceptar que fuimos y eternamente seremos dos almas gemelas, entrelazadas. Y nadie, ni él ni yo, podríamos luchar contra ello.

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