4 de febrero de 2025

Soulmates - PART II

Me quedo media hora dando vueltas, sin pensar en nada, sólo soy una página en blanco. Me siento adormecida por la posibilidad encontrar algo suyo, una foto, nuestras charlas. Tengo miedo, como la Mai adolescente cuando él desaparecía después de decirme reiteradas veces que nunca iba a dejarme, a menos que se lo pidiera. Decido que es hora de volver a mi casa, de enfrentarme a la melancolía y la angustia que implica para mi encontrar todo lo que fuimos, lo que no, y descubrir como la historia podría haberse desarrollado si tan se hubiese quedado. Escribí sobre él hace unos días. Lamentaba haber perdido todo rastro de sus palabras en el correo que me hackearon. No tiene sentido que apenas unos días después, termine descubriendo que todavía existen rastros de su paso por mi vida, en esa maldita carpeta.

Entro a mi casa, envalentonada por la euforia de tener la mente apagada todo el viaje de vuelta. Tiro la llave en la mesita de la entrada y observo la computadora. Me limpio los últimos resabios del llanto compulsivo que tuve en el auto. "Pedro se reiría ante la ironía que implica este hallazgo..." me digo a mi misma y chasqueo los labios. Un enorme hueco se formó en el medio de mi corazón, sentí un puñetazo directo al estómago. "Sin importar cuantas veces leas y releas sus palabras, él no va a volver". Ya se que esa es la realidad. Pero me temo que mi intriga y curiosidad (sin importar cuantas veces ésta haya matado al gato) no soportarían no indagar cada centímetro de la complicidad que teníamos. Sería refrescante, desde la perspectiva de esta Maite, adulta. Siempre pensé en él como un campo tranquilo y lleno de paz, con margaritas en el horizonte, de esas perspectivas que hasta te generan ganas de yacer en ellas y quedarte ahí, pausado; eso era para mi al menos, era mi refugio, compartíamos algo que por aquella época nos repetíamos era único e irrepetible. 

No puedo negarlo: ante la mínima posibilidad de volver a leerlo, de volver a percibir como se me escapaba entre los dedos como la arena en el medio del mar, me apabulló una gran oleada de pánico. No puedo leer como lentamente fui perdiéndolo porque internamente es como estar perdiéndolo de nuevo, como revivir la seguidillas de conversaciones que trazaron un abismo entre los dos y  concluyeron con esos (estúpidos) monólogos que le enviaba por email o por los chat que teníamos, muchos de los cuales se que probablemente nunca leyó. Ver el 'enviado' sin la indicación de que lo leía era como clavarme puñales, uno tras otro. Le escribía sabiendo que era como hablarle al contestador de un teléfono fijo, para no sentirme sola, sabiendo que el único resultado que había tas el silencio era sentirme aún peor. 

Me siento frente a la mesa y abro la pantalla de la notebook. Respiro hondo, coloco la contraseña y se abre de nuevo la carpeta. Ya no alcanza con el vaso de coca zero, necesito algo más fuerte. Sólo hay vodka, y lo mezclo para que lo pase con mayor facilidad. No tomo hace años, ni una gota, y acá estoy, tomando para aliviar el dolor que me genera un hombre que nunca conocí en persona, un hombre con el cual compartí muchos años de charlas diarias, de videollamadas constantes, de intimidades que perforaban la superficialidad de lo que el ojo ve. No estoy lista pero voy a hacerlo. Por él, por mí, por nuestras versiones más jóvenes, porque se los debo, después de todo, el amor nunca se pierde cuando te da perspectiva sobre otros aspectos de la vida. 

En lo que me pareció una eternidad, abro la carpeta y me encuentro con 2 sub-separaciones. En una de ellas, al abrirla, me encontré con 10 cartas. Cartas que escribí desde el último el día en que me dejo de contestar. Tomo otro trago. Esto va a doler, y por adelantado, ya siento como se me mojan las mejillas casi involuntariamente. Agradezco estar sola en la casa porque no tendría como explicar esta escena. Deseo no tener que hacerlo. La primera carta es la más cruda. Mis palabras despiden la desesperación de quien no entiende que está pasando. "...Rezo para que estés bien, me pido, le pido a quien sea que estés bien. Mandarte un mail no puedo. No quiero que creas que estoy loca (o más de lo que ya sabes que estoy), no quiero molestarte, no quiero sofocarte porque sé que no lo hiciste por un impulso. Quiero creer que fue por consideración o simplemente porque así es como tenía que ser. ¿Te acordas cuando te decía que no te iba a dejar de lado nunca? Sigo manteniéndolo en pie...Tengo miedo de que en verdad nunca te haya perdido porque nunca pude haberte tenido...¿Confiaste? ¿Confias en mi?. Creo que es una duda que me guardare en mi bolsillo viajero y te la haré saber si algún día llego a verte y creeme, espero que sea así. Te quiere, Mai...". Ouch. Diez cartas de esta intensidad. Suspiro porque cuando tenía 17 años, tenía un corazón sumamente honesto y sensible, inocente, y al leerme así, me dan ganas de abrazarme. De darme el abrazo que Pedro muchas veces prometió darme. Ese abrazo que esa Maite necesitaba más que al aire que respiraba. Ese abrazo que nunca llegó. 

Esto va a ser más difícil de lo que pensé. Freno y me recuerdo que esto es sólo un recuerdo, que no me estoy rompiendo de nuevo, que ya no estoy rota, y este temor que siento, es sólo un reflejo de volver a toparme con esa careta que usaba Pedro con otros, que allá por el final de nuestras charlas, era la única que usaba....".

CONTINUARÁ...

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