Nunca me imaginé dejando esta relación, quizás porque la única forma en que nos imaginaba era envejeciendo juntos. Y quizás por eso me quedé, porque siempre tuve la expectativa de que todo mejore, de que él se decidiera por mi. Lo cierto es que, no importa cuanto desee elegir estar en esta relación, cien porciento, si al fin y al cabo, estoy sola en este barco. Querer que suceda es desear tener control sobre lo ajeno, sobre la única parte del trato en la que no puedo interferir. Duele pensar lo simple que fue para mi elegirlo y que él no puede siquiera hacer lo correcto por mí. Cuando amas, lo rebuscado es hacer las cosas mal, lastimar a otro sólo por el afán de sentir el vértigo de ese abismo que hay entre la realidad y la fantasía de un imposible.
Quisiera decir que estoy de acuerdo con este lugar al que llegamos, pero cómo podría si lo amo a pesar de todo el sufrimiento que me generó. Una vez leí que el amor incondicional es ese que se tiene aún cuando la felicidad ajena no es la propia, y supongo que este es un buen ejemplo. Quizás su felicidad no me incluye, y aunque me duela en lo más profundo del corazón, tengo que aceptarlo y dejarlo ir. Nunca podría desearle nada malo, nunca podría lastimarlo ni cuando deseo ser capaz de hacerlo para devolverle un poco de todo lo que me hizo pasar. Sé que me quedé porque no todo es malo, porque confiaba en nosotros como equipo, porque apostaba a que la balanza de todas las risas, los abrazos, los besos, las lágrimas y todos los momentos compartidos que en mi cabeza, valen mucho más que nuestras diferencias. Pero, como muchos libros recitan, "con amar, no es suficiente".
"Es tiempo de decidir si estas cosas que hacen son limites infranqueables para vos"; dijo me psicólogo. Agarrándome la cabeza y llorando en silencio, asiento, porque se que es verdad. Me siento como quien fue a la guerra con la euforia y la convicción de un ganador, y volvió de ella con las manos vacías y ensangrentadas, a una ciudad fantasma donde antes había mucha vida. Sobreviví, pero lo dejé todo ahí, en la ilusión del triunfo, en el sueño de quien todavía cree en el amor en tiempos donde todo pasa por lo que absorbe la mirada. Volví con ganas de olvidar, porque el recuerdo puede ser peor que la guerra en sí, que la lucha, que el intento constante. Haber perdido no es el problema, el problema es saber que la victoria dependía de mucho más que eso que uno puede dar y controlar. Me quito la ropa como si eso fuese a mudarme de piel por un tiempo, me meto en la ducha y espero que el agua borre todos los rastros que dejaste en mí. Este amor se transformó en un tatuaje que no puedo remover, en cicatrices que nunca quise tener. Nadie murió, pero algo en mi parece desaparecer. No puedo identificarlo, no puedo decirlo en voz alta, pero este duelo se convirtió involuntariamente en angustia echando raíz en el centro de mi corazón.
Espero que encuentre lo que busca, espero que siempre me recuerde con el amor que siempre le dí, con el cariño de mis brazos que lo esperaban siempre abiertos al volver a casa y mis ojos que, sin importar cuanta gente hubiera en una multitud, sólo lo buscaban toparse con los suyos. Espero que sepa que siempre voy a quererlo, y que nunca voy a olvidar que un día fuimos el sueño de dos enamorados que se veían de la mano, observando el atardecer por todo el tiempo que les quedara de vida.

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