22 de junio de 2024

ILY, always - PARTE III

2012, y la amistad seguía ahí. Siempre supe que iba y volvía con su novia, aún después de la mentira, aún después del engaño, tanto que hacíamos chistes al respecto para pasar el mal trago. Le preguntaba "esta vez terminaste para siempre o en una semana volves? Deberías hacerte valorar". Me explicaba que necesitaba tiempo porque a veces el corazón le tiraba de más, y de pronto decía cosas como "no puedo esperar tanto tiempo a que te decidas" y me descolocaba. Decía estas cosas que podía jurar que eran indirectas, aunque tarde o temprano terminaba por convencerme de que era imposible que me quisiera, a mí. ¿Cómo pasábamos de hablar de su ex a que diga que me estaba esperando a mí? Y si así fuera, ¿por qué no se animaba a cambiarle el título a lo que teníamos, a intentar?. Le repreguntaba pero no quería aclarar, y todo quedaba en la nada. No se si el sabía, pero por momentos, me dolía que no pudiera tener la valentía de decirme que sí, que quería estar conmigo, que no era una ilusión sacada de las catacumbas de un deseo propio e irrisorio. Supongo que éramos demasiado chicos para poner en palabras lo que sentíamos, o quizás, demasiado miedosos a perder lo que si teníamos, la amistad. Ninguno sabía que intentando evitar enamorarnos, sólo conseguiríamos perdernos, mutuamente. 

Cuando nos veíamos fluíamos como un río siguiendo su curso, pero hablando por mensaje chocábamos, nos enojábamos, no había un hilo conductor en las charlas. Quizás ahora resulte extraño, pero esos eran otros tiempos, donde no había internet en los celulares, donde sólo existían los mensajes de texto y Facebook sólo era utilizado en la comodidad de tu casa. Cuando nos extrañábamos, nos enviamos mensajes por esos medios, de forma cortada, porque nunca coincidíamos. Hacíamos lo que podíamos con lo que había, y aún así, no podíamos dejarnos. Siempre me gustó tener charlas profundas, y aunque no tenía muchas con él, cada tanto decía cosas serias como "no esta bueno darse por vencido en lo que uno quiere" y él me respondía "y que pasa si yo te quiero?". Eran atisbos, retazos, deslices que ni él podía reconocer porque rápidamente cambiaba de tema, o lo simplificaba escapando. A veces me enojaba porque yo quedaba picando, dándole vueltas a sus palabras, y cuando lograba superarlo, volvía a decir algo que me introducía en el mismo círculo del que había salido. Supongo que siempre lo supe, y así como le dije a él, uno solo lucha por las cosas que realmente quiere, y quizás...nunca me quiso lo suficiente para luchar por mi. Él solía decir que la vida se me iba a pasar pensando tanto las cosas, pero lo cierto es que prefería poner el doble de cabeza porque, para bien o para mal, la única persona que pierde es la que queda con el corazón roto. Mi cabeza privaba a muchos de lograr ese cometido. 

Un día le dije que su ex, que muchas veces se convertía en su actual, me había mandado una solicitud de amistad en Facebook. Y aunque la rechacé, sabía que ese acto era una demostración de cuanto le molestaba que yo estuviera ahí. Nuestra relación resultaba quizás un poco amenazante para su novia, después de todo, en 2012 yo me mudé, y aún estando lejos, siempre organizábamos horarios para coincidir online y poder charlar. Cuando no era por ese medio, me enviaba mensajes de texto y cada vez que viajaba, lo veía. Nos teníamos, a pesar de la distancia, y lo que para mi era un refugio, puede que haya resultado ser un infierno para ella. Lo cierto es que tampoco estaba dispuesta a sentir empatía por una mujer que sólo le generaba dolor, no después de que me contara de sus mentiras para que el no la deje. Sabía que el corazón de mi amigo merecía a alguien que lo cuidara, y quizás, también quería poder tener la oportunidad de cuidarlo y quererlo bien. "Cuando dos personas se gustan, se nota en las miradas, esas cosas no se pueden negar" me dijo una vez, y la última vez que lo vi, cuando nos despedimos, entendí a lo que se refería. Pude ver esa mirada que actúa como imán entre dos personas, entre los cuerpos, lo vi en él y lo sentí en mí. Me entró un inmenso deseo de poder besarlo, y justo cuando creí que iba ceder ante mi debilidad, sus brazos me envolvieron en un abrazo que nunca antes me dio, como si ya por ese entonces supiera que me estaba despidiendo, para siempre. 

En retrospectiva, se que ese no fue un año sencillo. Mudarme sola, una nueva ciudad, un nuevo trabajo, y todo sola. Pienso en que no eran mis mejores momentos, ni mi mejor versión, porque extrañaba muchas cosas y personas que dejé atrás, porque también veía que el mundo al que pertenecí por tanto tiempo seguía girando, aunque estuviese lejos. En mi desolación y tristeza, recuerdo haberle mandado un mensaje diciendo que necesitaba estar rodeada de gente que realmente quisiera estar, que ya estaba cansada de mandarme mensajes sólo por aburrimiento, al pasar, que necesitaba con todo lo que quedaba de mí poder tener una charla. Estando a mil trecientos kilómetros, lo que realmente necesitaba era algo que reemplace un abrazo. Él no entendía y yo, que siempre fui la reina de las palabras, las perdí. No sabía como explicar y me asilé. Pase dos meses sin hablarle, me envió un mensaje deseándome feliz día del amigo, y respondí secante con un gracias igualmente. Corría agosto y decidí que tenía que saltar esa brecha que yo misma cree, pero nunca me imaginé una respuesta del calibre que recibí, que el fuese a decir que quería seguir como estaba, sin hablarme. Me dolió tanto que no podía comprender cómo es que hace unos meses decía que me extrañaba y me preguntaba cuando volvía para que pudiéramos vernos y ahora no quería saber más nada de mi existencia. Cuando pregunté por qué, si había pasado algo, no hubo respuesta. El silencio tuvo que bastarme. Muchas veces hice conjeturas, si fue su decisión o lo hizo para preservar la relación con su novia, si incluso era ella la que me respondía con monosílabos. Pero después de un tiempo, dejé de preguntarme, dejé que el tiempo haga lo suyo. Y aunque en 2015 le envié un mensaje que nunca leyó y nunca más supe de él, cada vez que suenan sus canciones favoritas en la radio, vuelve a mí como un recordatorio de que si existimos. 

Ricardo estuvo en mi vida por un período de seis años y aun hoy, habiendo transcurrido siete años desde la última vez que le dirigí mis ultimas palabras, de vez en cuando, rememoro los tiempos en que tuve un mejor amigo, que fuimos todo y sin explicación alguna, me convertí en su nada. Es difícil hablar de cortar un vínculo cuando esa persona es tan importante para vos que no podes imaginarte la vida sin ella, cuando te sueltan la mano sin mediar conflicto alguno y simplemente desaparecen. Esa persona por la que lo hubieras dado todo, dejado todo, se convierte en un fantasma, dueño de la mitad de tus días, de una ciudad que se transformó en la peor pesadilla de quien escuchaba música y bailaba entre sus calles con sueños esperando ser compartidos. Cuando dejó de hablarme, solía soñar con un sueño suyo, donde él describía que estábamos los dos, en una cabaña que daba a un lago, en el sur del país, con el trabajo que siempre anheló tener. Soñaba con su sueño y el tiempo fue compensando su ausencia. Ahora somos adultos, él sigue con la misma chica y yo estoy en pareja, y si me lo preguntan lo negare hasta que muera, pero cada vez que visito a mi familia pienso que, tal vez nos crucemos, casi esperando que suceda, que un día si nos toque mirarnos, con los ojos más cansados, pero con el mismo sentir que nos invadía cuando éramos sólo niños jugando a entender lo que era querer. 





No hay comentarios:

Publicar un comentario

Preview (of a disaster)

Solía conocerlo, tan bien. Solía pensar que lo hacía. Que conocerlo me daba un estilo de privilegio, de ventaja por sobre otras personas. Lo...