Todos cuidan sus espaldas, ese es el juego. Hay una noción de adaptarse o perecer que es imposible erradicar del tablero. Es así incluso cuando esta la expectativa de que las personas que te quieren te defiendan con garras frente al enemigo. Lo aprendí a los golpes, estoy sola, aún cuando estoy rodeada de seres queridos. O al menos, así se siente. Lo aprendí tras colocar mi confianza en personas equivocadas y en situaciones que siempre terminaban conmigo perdiéndolo todo. Así fue como de chica mamá me explicó que en situaciones críticas, era mejor gritar "fuego" que decir lo que realmente estaba pasando. Está en la naturaleza del ser humano interpretar un pedido de ayuda como un equivalente de vulnerabilidad. La mayoría evitaría acercarse por voluntad propia a alguien que admite ser débil, es la misma razón por la cual cuando nos preguntan cómo estamos, el 99% de las veces mentimos. Somos condescendientes porque sabemos que el otro quizás no quiera escuchar la verdad. Sin importar cuanto una grite, nadie va a acudir en tu ayuda. Hay personas que simplemente elijen no meterse, aún cuando podrían, prefieren salvaguardar su pellejo. Nadie se quema las manos por lo ajeno. Nadie se la juega cuando las probabilidades juegan en contra y el único veredicto puede ser perder.
Nunca nadie se tomó el tiempo de sentarse conmigo y explicarme que la vida, sin importar cuanto te esfuerces, es injusta. La justicia solo existe para quienes saben manipular la verdad y salir airosos de los peores escenarios. O aquellos que tienen el dinero para comprarla. Siempre hay reglas, implícitas. Sólo desearía que alguien me hubiese explicado cómo cuidarme las espaldas, cómo eludir bailar con el Diablo cuando todo te lleva hacia él. No creo en ningún Dios, tengo toda la fé puesta en mí, y en mi capacidad para perseverar y triunfar, pero a veces querría que alguien se plante a mi lado y me acompañe a dar lucha. Y aún así, algo me dice que no confié en nadie, después de todo es cierto que nunca conoces del todo a alguien, hasta que algo malo pasa, y la confianza se convierte en el bien más valioso y escaso que existe. Desde que tengo uso de razón me defiendo de demonios que nadie ve, de los que nunca nadie me cuidó.
31/01/23

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