Nada de lo material nos da lo que las personas que queremos son capaces de darnos. En eso pensaba mientras se me hacía un nudo en la garganta y observaba en silencio sepulcral las paredes del departamento que dentro de poco voy a abandonar. Cada vez que tengo que empacar mis cosas en cajas y valijas, me doy cuenta de cuan vano es llenar una vida de objetos cuando alcanza con encontrar una carta para largarme a llorar como si no hubiese un mañana. Me siento en el sillón y intentando ignorar el caos que me rodea, leo las palabras de familiares, algunos que incluso ya no están, al menos no en cuerpo y alma, y algo se quiebra en mí. Siento unas ganas inmensas de volver al momento en que me entregaron sus palabras y abrazar a quien las haya escrito. Siento como un vacío me invade cuando miro hacia atrás y comprendo el peso del tiempo.
Es muy difícil disociarme de que un día voy a mirar las fotos, esas reveladas a la vieja usanza, en cuartos oscuros, y que todas las personas que más quiero con toda mi alma, ya no van a estar. Y voy a estar yo, sola. Siento un gran pesar de tan solo pensarlo. Se que todavía no sucedió y que falta para que ocurra, pero creo que ningún tiempo será suficiente para disfrutar de mis papás, de mi hermano y la única abuela que me queda. Hace unos años perdí a mi tía abuela y fue un golpe tan duro que incluso hoy leyendo sus palabras me dieron ganas de ir a su casa, esa que quedaba en la calle Jujuy, y abrazarla al son de oler su perfume de jazmín que tanto amaba, de sentarme a almorzar con ella la mejor carne al horno con calabaza que probé en mi vida, o mejor aún, su especialidad, una tarta de jamón y queso con azúcar arriba. La extraño tanto que me duele el corazón y se me hinchan los ojos como dos compotas al caer en la realidad de que, nada de lo que haga, me devolverá a esos momentos.
La vida es tan corta, y quisiera simplemente poner pausa, que el tiempo se detenga, porque siento que voy corriendo hacia un acantilado y que todo se detiene sólo cuando ya no hay más suelo debajo mío, el final del camino, el fin de todo lo que conozco, de las personas que llenan mis días. No puedo imaginar el día en que mi mamá no me llame por teléfono para contarme qué soñó o incluso no poder llamarla para que me ayude a tranquilizarme cuando me siento mal y que no atienda. Tampoco puedo imaginar vivir sin los varios llamados al día de 1 minuto que me hace mi papá para corroborar que estoy bien porque en el fondo, es su forma de demostrar cariño.
Nadie te habla nunca de lo desolador que puede parecer el futuro cuando caes en la realidad de que la parte más importante de la vida es con quien la compartís. Espero siempre recordar ante todo, sin importar las peleas y sus falencias (como las de cualquier ser humano), que todos somos finitos, como la vida misma. Y más allá de mi deseo de que sean eternos, como todos los momento que comparto con ellos, deseo nunca olvidarme de disfrutarlos, de abrazarlos y decirles lo mucho que los amo y agradezco por la vida que me dieron, de escribirles cartas - así como ellos lo hicieron toda mi vida - y grabar mentalmente sus voces para un día reproducirlas en silencio cuando la angustia me vuelva a agarrar desapercibida y así poder recordarme que siempre vamos a estar juntos, acá y en vidas posteriores, porque un amor así, no conoce los límites del tiempo.
24/01/23


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