4 de noviembre de 2022

Rare


La vida da vueltas impensadas. Si alguien me preguntaba hace cinco años dónde o cómo me veía en el futuro, nunca hubiese dicho acá, así, en pareja. Nunca pensé ni sentí que necesitara un hombre para estar  completa. Soy una fiel creyente de que, al fin y al cabo, las únicas relaciones que tienen una mera oportunidad, son aquellas donde ambas partes están completas en si mismas y aún sabiendo eso, se elijen. Esa es la prueba de fuego, ese es el  momento en que dos caminos pueden bifurcarse. No hay nada más hiriente que encontrarte no siendo elegido por la persona que amas. Quizás por eso me sorprendo en este presente, porque siempre me costó pensar que alguien podía elegirme. O mejor dicho, que alguien quisiera elegirme. Podría enumerar todos y cada uno de mis defectos, y por ellos es que siempre me recuerdo que todos estamos rotos en algún punto. Nadie puede tirar la primera piedra sin exponerse, no importa cuantas personas finjan demencia y esperen perfección.  
Desde esta perspectiva, creo que nunca pensé que alguien fuera a elegirme porque, desde que tengo memoria, me recuerdo prestando atención a cómo los hombres elegían a determinadas mujeres, con las mismas características, rasgos físicos y personalidades. Ninguna de ellas tenía nada en común conmigo. Digamos que me sentía poco convencional, rara. En el pasado, nunca me crucé a un hombre que eligiera mujeres inteligentes, con cuerpos naturales ni mucho menos, independientes. Si les daban a elegir, sin importar cuanto dijeran que querían una mujer con contenido, siempre elegían frascos vacíos. He visto a amigos sufrir por mujeres que siempre les dejaron claro que no querían nada serio y ellos se quedaban, insistían, rogaban porque físicamente los enloquecían. No hay nadie que pueda convencerme de que los hombres elijen a sus parejas sin darle relevante importancia a las apariencias. Si tiene buen culo, o buenas tetas, o quizás si es rubia o morocha, cara linda, maquillada o con pelo lacio, pero sobre todo, si son flacas o gordas. Los parámetros de belleza son inalcanzables. La atracción física no alcanza para sostener un vínculo, y por mucho que digamos que hemos evolucionado, estamos en el siglo XXI, y muchas cosas parecen no cambiar, al menos no realmente. La sociedad no para de criar niños que se creen hombres por ser exigentes e insaciables, con complejos de superioridad y muchas veces, no estando a la altura de las expectativas que depositan en las mujeres que desean.

No voy a decir que todos somos iguales, ni que no hay excepciones. Pero la excepción lejos está de ser la regla. Todas las oportunidades en que me vinculé con hombres, siempre pasaba lo que sabía que iba a pasar. La previsibilidad existe. Pero no fue hasta que lo encontré a él que comprendí que todo lo anterior, se reducía a la nada misma. Comprendí que conocí muchos hombres, pero ninguno me había tratado como merecía. No se engañen, estoy en pareja con un hombre, que por sobre todo, es humano. Por eso, cuando me preguntan qué pienso de mi relación y de mi pareja, no quiero mentir, pero al mismo tiempo pareciera que hay un dictamen social que establece que nadie puede comentar las cosas viscerales que uno vivencia en una relación. Hay peleas y reconciliaciones, hay situaciones lindas y feas, situaciones incómodas y otras donde sentis completa y en profunda comodidad con el otro, hay tira y afloje, negociaciones, hay risas y llantos, se comparten momentos felices y tristes, y también espacios donde se comparte hasta el silencio. A veces discutimos y quiero contarle a alguien lo que pienso, lo que siento, pero cada vez que lo intento, me encuentro con paredes tales como "pero si es lindo y siempre te cocina". La barra está tan baja que es difícil contar las cosas que realmente pasan. A veces no parece haber lugar para la vida real, que nos pasa a todos, lo admitamos o no. Vincularse en un mundo así, es difícil. Todo está hecho para consumir. Todo es entretenimiento y si no entretiene, no es relevante. Así sucede en las redes sociales. Se exacerban las carencias de cada persona, y cada vez que subís una foto, parece que lo único que podes hacer es prepararte para el escrutiño ajeno, para que, todos los que lo deseen, puedan llevarse un pedacito de vos. 

Todos miran de lejos y critican, complotan y envidian. Poco me importa lo que piensen de mí o mi relación. Con el tiempo, aprendí que nada es lo que parece, la vida nos atraviesa de mil formas, sin importar que sólo mostremos lo bueno que nos sucede. Solía compartir mi vida como si no hubiese un precio que pagar, era un libro abierto de par en par porque sentía que no tenía nada que ocultar, pero ahora, muchas veces, me encuentro deseando guardarme la mayor cantidad de recuerdos que compartimos, los resguardo en privado y los cuido del mundo que a veces parece avasallar todo aquello con lo que se topa. A lo largo de la vida conectas con muy pocas personas, diría que contadas con una sola mano. Se trata de un tipo de conexión que innegable, que te hace sentir como en casa y con una sola sonrisa o intercambio de palabras, una chispa da lugar a ese fuego que nunca parece apagarse. Esto que tenemos, él y yo, es raro y excepcional, y siento que nos debo ese respeto, el tiempo y el esfuerzo, nos debo esa fe que no profesaría a ningún dios pero si a un amor del bueno. Mutuo y sano. 

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