Me acosté en mi cama empapada en su perfume, y con una sonrisa en la cara, de esquina a esquina. No había ansiedad, ni miedos. Sabía que iba a verlo en unas horas, y me quedé dormida, con el celular en la mano, sabiendo que iba a llegar su mensaje, avisándome que llego bien como le pedí.
Al despertarme, ahí estaba "ya llegue, la pasé muy bien hoy" y no necesité nada más. No hay nada como la satisfacción de saber que no tenes que estar esperando y regodeándote por una respuesta, por un mensaje lindo. Francis me dio lo que no había tenido en mucho tiempo: esa sensación de ser querida, aún sabiendo que no era cariño de ese que se siente por alguien te conoce, pero sí de ese que te hace sentir el corazón un poco menos frío y expuesto. A eso de las 21 horas, Francis estaba pasándome a buscar por la puerta de mi edificio, y yo con mi sonrisa a cuestas, le saludé con un beso en la boca.
Hace mucho no tenía este tipo de conexión con alguien, ese tipo de intercambio verbal y corporal que te hace pensar que conoces a la otra persona hace años (aunque no sea así). Mi mano sobre su pierna y sus besos cuando el semaforo nos frenaba en rojo. Por alguna razón, todo parecía ser una costumbre difícil de sacudir. Por momentos me quedaba pensando "no hagas eso" porque no lo conoces tanto, porque quizás puede molestar, porque en el fondo, no sabes nada más allá de esa sensación que te recorre inexplicablemente. Francis me lleva a una hamburguesería que según él "es la mejor de la ciudad, ya vas a ver". Dejamos el auto en un estacionamiento y caminamos Av. Callao cuesta abajo. Mientras que hacíamos la fila, charlamos de cosas intransigentes pero que al mismo tiempo te permiten conocerte, y ver desde lo más superfluo a lo más profundo todo lo que es el otro, y entre palabras, aprovechaba los silencios para abrazarlo y hundirme en su pecho, con mis brazos bajo su campera.
Por primera vez en mucho tiempo, me siento bien en público con un hombre. Esa idea de estar orgulloso de estar con quien estas, aunque nadie realmente se fije en eso. Mientras esperamos la comida, nos sentamos y me dan ganas constantemente de besarlo, pero todavía no lo conozco tanto, y temo que sea de ese tipo de hombres que les molesta ser besados en público, y me limito a acariciarle el brazo y la pierna porque siento que son mis territorios permitidos. Y él sonríe y pone su mano en mi pierna y sé que todo está bien. Lo cierto es que ya habiendo cenado y listos para emprender camino, Francis me pregunta "vamos a un bar, o a mi casa?" y dude, porque no quería ser una conquista más, pero dije "donde prefieras" porque confié en la impresión que me dio un hombre que a la vista parecía de corazón indefenso.
Su casa, o más bien la casa de sus padres, estaba a unas pocas cuadras de donde comimos, sobre la parte más concheta de Av. Callao. Y al entrar a su departamento, tan sólo con observar el ascensor, supe que se trataba de esas casas de ensueño, semipiso con techos altos. Y al entrar sólo confirmé lo que pensaba, y con los ojos bien abiertos y la boca abierta observé el departamento más grande y extenso que nunca vi. Tenía una biblioteca inmensa capaz de conquistar a cualquier fanático de la lectura ubicado en la segunda sala de estar, que iba de pared a pared, repleta de libros en todos los idiomas imaginables. Francis era alguien, o al menos, hijo de alguien, eso era algo seguro. Y recién ahí pude entender que si bien parecía ser un hombre que tenía todo bien claro, el camino había sido allanado para él y sus posibilidades, eran las que sus papas habían creado y no tan mérito suyo. Francis empezaba a ser menos misterio cuando comprendí cuan perdido estaba en una vida llena de certezas que eran de todos, menos suyas...
CONTINUARÁ...
Por primera vez en mucho tiempo, me siento bien en público con un hombre. Esa idea de estar orgulloso de estar con quien estas, aunque nadie realmente se fije en eso. Mientras esperamos la comida, nos sentamos y me dan ganas constantemente de besarlo, pero todavía no lo conozco tanto, y temo que sea de ese tipo de hombres que les molesta ser besados en público, y me limito a acariciarle el brazo y la pierna porque siento que son mis territorios permitidos. Y él sonríe y pone su mano en mi pierna y sé que todo está bien. Lo cierto es que ya habiendo cenado y listos para emprender camino, Francis me pregunta "vamos a un bar, o a mi casa?" y dude, porque no quería ser una conquista más, pero dije "donde prefieras" porque confié en la impresión que me dio un hombre que a la vista parecía de corazón indefenso.
Su casa, o más bien la casa de sus padres, estaba a unas pocas cuadras de donde comimos, sobre la parte más concheta de Av. Callao. Y al entrar a su departamento, tan sólo con observar el ascensor, supe que se trataba de esas casas de ensueño, semipiso con techos altos. Y al entrar sólo confirmé lo que pensaba, y con los ojos bien abiertos y la boca abierta observé el departamento más grande y extenso que nunca vi. Tenía una biblioteca inmensa capaz de conquistar a cualquier fanático de la lectura ubicado en la segunda sala de estar, que iba de pared a pared, repleta de libros en todos los idiomas imaginables. Francis era alguien, o al menos, hijo de alguien, eso era algo seguro. Y recién ahí pude entender que si bien parecía ser un hombre que tenía todo bien claro, el camino había sido allanado para él y sus posibilidades, eran las que sus papas habían creado y no tan mérito suyo. Francis empezaba a ser menos misterio cuando comprendí cuan perdido estaba en una vida llena de certezas que eran de todos, menos suyas...
CONTINUARÁ...
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