30 de septiembre de 2018

Love lies (PART II)

Santiago es ese tipo de persona que crees que conoces con sólo mirar a los ojos. Lo cierto es que sus ojos escondían mucho más de lo que yo podía observar. Nunca me imaginé que estaba saliendo con un hombre al que lo habían jodido tanto, que sólo encuentra consuelo en permanecer perdido en sí mismo. Cuando terminó la primera cita, ya estacionados en la puerta del edificio, nos quedamos charlando mientras mirábamos como dos locos, a la 1 de la mañana, jugaban a sacarse fotos en la calle con un frío que calaba los huesos. Nos reíamos de sus poses, y del hecho de que nosotros estuviéramos cómodos en el auto, con la calefacción prendida. Y cuando nos miramos, entre risas, pude sentir una conexión. Fue un segundo, y me besó. Pensaba en su perfume, en su lengua y en todas estas cosas locas que pasan por la cabeza de alguien cuando siente que algo simplemente está bien. Me bajé del auto con los labios secos, pero con una sonrisa asomando por los costados. Apenas pasaron quince minutos y me suena el celular. "Está más que claro que depende de vos que nos sigamos viendo". Y mi corazón dio ese tipo de vuelco que da cuando alguien te hace subir a las nubes con algo que parece tan sencillo, con algo tan simple que nunca intenta ser complicado. Le gusto, pensé. Y esa idea, por muy tonta que suene ahora que lo escribo, me llenaba de sentimientos lindos, y de mucha tranquilidad, algo que ningún otro hombre me generó cuando salimos. Para mí era hermoso, porque más allá de lo físico, me hacía sentir como si no existiera otra mujer que le generara las cosas que yo le generaba. Y supongo que el amor en ese sentido suele ser muy básico, porque en el fondo, todos queremos sentirnos únicos e irreemplazables, todos queremos ser especiales, porque cuando somos especiales dejamos de ser una/o más entre muchos y empezamos a ser esa persona que reconocerían en medio de una multitud. Sos vos, y con eso alcanza. 
Después de una increíble primera salida, mi cabeza estaba seteada para ver cómo todo de a poco iba a irse al carajo. Porque uno hace eso, se auto-sabotea. Uno siempre está a la espera de que algo malo pase, que alguien nos arranque la felicidad - aún cuando sabemos que es algo que depende más de uno que de otros -, esperamos que todo colapse aún cuando no hay señales de sudestada. Eso hice yo, esperé. Pero nada malo parecía llegar. Charlábamos todos los días, de lo que sea. No me aburría, no sentía que no estuviéramos hablando de nada porque aún cuando lo hacíamos, se sentía bien. Tuvimos nuestra segunda salía, me pasó a buscar y todo parecía ser como tenía que ser. Podía darme cuenta de que estaba orgulloso de estar al lado mío porque me daba la mano al caminar, y cuando podía me besaba. Y yo intentaba ser esa versión mía cálida, que abraza hasta cuando hacen diez grados bajo cero en el cuerpo de la otra persona. A veces quiero ser el calor que otros no me dan, a veces intento dar todo lo que no recibo, aún sabiendo que las probabilidades de que eventualmente sea recíproco no vuelvan. Entramos en la sala del cine y pone su mano en mi pierna, y no se por qué puedo sentir cómo me pongo nerviosa, porque sus manos me hacían temblar, porque él siempre parece ir dos pasos más adelante, y cuando las luces se apagan, se acerca a mi oído y me dice "bajate el cierre del pantalón", y sus ojos tenían tanto deseo por este cuerpo con el que todavía no llego a tratado de paz que sólo pude hacer lo que me pidió porque, ¿a quien iba a mentirle? sus manos eran mi cielo y mi infierno. 

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