Once de julio, seis de la mañana. Estoy esperando, esperando en esta habitación minúscula a que venga el cirujano. Me pidieron que me desnude y me ponga la bata esterilizada, toda azul. Ya cambiada, me quedo descalza y nerviosa, puedo sentir el frío del piso, puedo sentir la vida corriéndome bajo los pies. El cirujano me comenta el procedimiento de todo y firmo una docena de papeles sobre consentimiento informado que sólo le quitan toda la responsabilidad de encima a los médicos, como si uno pudiese aceptar de buena gana morir sin que nadie se haga cargo. Pero estoy pensando en otras cosas, y mamá me llama por teléfono llorando porque no puede estar conmigo, porque le retrasaron el avión y yo lloro, porque tengo miedo. "Va a salir todo bien" dice ella, y yo no puedo ni responderle porque me voy a deshacer. Intento calmarla y le digo que papá y mi madrina están afuera, que no se preocupe, pero no me cree. Esa mujer me parió y reconoce mis emociones en la voz. Me llaman los enfermeros y le paso el teléfono a mi madrina que intenta calmarla pero se que no lo logra.
Me acuesto en la camilla y me tapan. Estoy llorando, y el médico me pide que me calme, pero no puedo. Papá me agarra la mano y me dice que todo va a salir bien, que no llore, pero se que ni él se lo cree. "Nos vemos en un rato", me dice, y se me escapa su mano mientras empiezan a mover la camilla y se queda chiquito al lado de mi madrina, al fondo de un pasillo blanco. Los enfermeros me hablan y me intentan hacer reír pero no puedo dejar de ver las luces blancas mientras la camilla se mueve a bastante velocidad. Subimos por un ascensor que estaba helado, pero me hago fuerte sabiendo que eso no es nada...lo que se viene...lo que se viene es peor. Se supone que la cirugía dura unas tres o cuatro horas, sin complicaciones de por medio. Una vez en el segundo piso, me dejan con una médica, a la que sólo le puedo ver los ojos porque está toda tapada "quedate traquila, estas en buenas manos, a mí me tuvieron que operar de lo mismo y mirame...". Me sonríe muy sincera y le devuelvo la sonrisa porque soy respetuosa, pero tampoco le creo nada. La camilla se mueve de nuevo y entramos al quirófano que queda a pocos pasos.
Es una sala casi vacía, fría como el mismo ártico, con muchas luces blancas, con pinzas por todos lados, pantallas, agujas y otros artefactos que no se ni como se denominan. Se me acelera el corazón. Me cambian de camilla y me ponen un tuvo caliente entre las piernas, porque la anestesia baja mucho la temperatura corporal. Estoy calentita, con las lágrimas que todavía me corren por la cara y no parecen secarse. Entra el anestesista, un hombre medio petiso, con cara de calculador y me pregunta si estoy bien, y no se si habla del llanto y mi estado emocional o si fisicamente me siento bien. Yo asiento y le digo "no voy a mirar, me dan impresión las agujas" y me dice que está bien, que me relaje porque la anestesia va por catéter y tengo que quedarme quieta para evitar sangrado. Pienso en sangre saliendo de mi brazo izquierdo y se me cae el alma al piso. Cierro los ojos mientras ponen mi brazo sobre una tabla de metal, aunque aún así puedo ver las luces blancas traspasar mis párpados. Puedo sentir cómo trabajan dos personas con mi brazo, y ponen vías por todos lados. "Bueno, respira profundo" y me pinchan varias veces para poner un artefacto que sirve para pasar medicación de forma rápida. Pasan diez minutos eternos hasta que terminan, y empiezo a temblar de los nervios. ¿Dónde está mi cirujano? pienso distraída. Me colocan la anestesia y rápidamente se me nubla la vista hasta perder el conocimiento.
Me duermo y todo está en negro. Puro y oscuro negro. No percibo nada hasta que de la nada todo se retrae. Escucho a los médicos o eso creo. Pero no me despierto. De pronto estoy en un lugar muy pacífico, lo se porque es todo blanco, y ya no tengo miedo. No se que pasa ni donde estoy, pero de pronto me da igual saberlo o no. Pierdo la noción del tiempo, del lugar y el espacio, pierdo la noción de quien soy o por qué estoy ahí. No soy nadie, no soy nada, soy simple y mera materia, desparramada, sin forma ni cabeza. Soy feliz. Y me distiendo en la idea de quedarme, porque la vida allá es difícil. Estoy tranquila con quien soy y donde estoy aunque desconozca el significado de ambas cosas. Quiero quedarme acá, lejos de allá, más cerca de mí. Pero de a poco se me empieza a escapar la idea....la sensación....la estabilidad. Recobro el conocimiento cuando me están sacando el tubo de oxígeno, sobre todo por los reflejos que me hacen toser hasta que me duele la garganta. Y escucho a más de siete médicos moverse alrededor mío con sincronicidad, y la voz de alguien diciendo mi nombre por sobre mi cabeza, pero no vuelvo, no quiero volver. Dicen mi nombre cada vez más fuerte pero me voy. Para cuando abro los ojos de nuevo, ida completamente de mí, estoy con tanto dolor que grito. Puedo sentirlo todo...soy un pedazo de carne, todo manoseado y abierto. Grito, lloro y balbuceo. La anestesia no calma porque siento todo. Me arde, me arde la vida. Quiero volver a ser paz...

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