6 de abril de 2017

My kriptonite


Me llega un mensaje suyo y me toma por sorpresa, porque pasaron años, porque todavía se acuerda de mí. Al principio, miro el celular con recelo, pensando que quizás estoy viendo mal, que no es su nombre, que no puede ser el mismo de hace seis años. No puedo evitar pensar que quiere algo que probablemente no le puedo dar y que voy a pedirle algo que elija no ser capaz de brindarme como que me quiera como soy, sabiendo que no puede hacerlo. Porque si no pudo antes, probablemente no pueda ahora.
Es que tengo muchas cosas en la cabeza, y este no es mi mejor momento, si es que si quiera es un buen momento en general, y estoy pensando en Federico todo el tiempo, porque tiempo es lo que sobra cuando extrañas a alguien que solía hacer de tu vida un lugar más habitable. Pero Andrés es así, aparece y se apropia de todo, sin pedir permiso, se abalanza sobre mí porque sabe que si insiste lo suficiente, voy a dejarlo llegar a todos esos lugares donde quiere ir. Me gana por cansancio, porque dice que "no necesito hablar con vos todo el tiempo para confiar en esto, en vos y yo". Y es verdad, nos resumimos en esa simple cuota de sinceridad sin remedio. Él siempre vuelve por más y yo por mi lado siempre lo tomo de nuevo. Es ese tipo de hombre que consigue lo que quiere, sin importar nada, y a veces me quiere a mí. 
Empieza a renombrar esa noche, en que fui suya y de nadie más, y me pregunta si no extraño esa electricidad que va desde sus manos hasta mi estómago, esa manera en que nos enredábamos, de esa forma casi ilegal de tenernos, una que muchos criticaban porque lejos estaban de entender lo que tenía con él. Y supongo que yo tampoco lo entiendo, y es por eso que aunque sepa cuan jodido es estar con alguien que sólo quiere de mi una fracción de quien soy, en parte es lo que elijo y por tanto, lo que merezco. Se que debería decirle que no, alejarme, por mi propio bien. Pero cuando aparece, me vuelvo débil, como cuando me conoció.
Vuelvo a ser esa chica de 17 años, llena de inseguridades, de prejuicios en la cabeza y complejos imposibles de explicar. Y él vuelve a ser ese chico de 24, seguro de si mismo, con la perseverancia del lobo hambriento, con los pantalones sueltos y esa camisa a cuadros desestructurada. Vuelvo a necesitar de sus brazos, sobre mis hombros acorralándome contra la pared, sin escape. Por un momento, antes de besarme, hace que mi espacio personal parezca meramente banal e innecesario. Vuelvo a sentir su respiración tan cerca que hasta parece asfixiarme, que hasta me hace olvidar todos esos motivos por los cuales tendría que irme, salir corriendo, lejos de su necesidad que lejos de darme amor, puede consumirme entre halagos que a largo plazo son placebos para amortiguar la cruda verdad. 

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