Voy a volver, dijo. En el momento, le creí. Como buena samaritana creí que lo que hablaba era su corazón cuando en realidad, sólo se trataba de su cabeza, llena de estrategias, de palabras vacías para convencerme de esperarlo, de quedarme de brazos cruzados mientras él jugaba a ganar sin bajas. Se que debería haberle dicho explícitamente que no iba a esperarlo, que iba hacer mi vida y que, en caso de que realmente volviera y yo estuviera sola, íbamos a poder ver si realmente teníamos la oportunidad de la que tanto hablábamos. No fue hasta que volví a percibir esa ansiedad, comiéndome, esa ansiedad que se mueve adentro de las personas cuando desean demasiado algo que en el fondo saben que no se les va a dar. Quería hablarle, era casi un impulso incontrolable, y si no lo hacía era porque habíamos quedado darnos espacio hasta que todo estuviera lo suficientemente esclarecido como para no dudar. Quería preguntarle cómo estaba y contarle un poco de mi día aunque siempre dejara algo afuera de la página, quería escuchar su voz haciendo algún comentario que me incomodara y al mismo tiempo me hiciera sentir cosas. Pero ahí estaba, acostada en mi cama, pensando en si estaba con otra mujer en la suya, preguntándome si ese tiempo que gastaba hablando conmigo lo gastaba con alguien más, y todas esas suposiciones empezaron a volverse pesadas. Me iba de mi casa con un bolso lleno de preguntas sin respuestas, de silencios insoportables, de haberme sentido tan sola por la noche que por la mañana podía seguir sintiendo el frío en mis pies. Y no estaba triste ni enojada por no poder tenerlo, era todo ese todo que se asimilaba bastante al vacío. Me sentía así, vacía, con el corazón agotado de todas esas relaciones falladas que terminaban haciendo que admitiera que la que debía estar fallada era yo, sólo para encontrar algún tipo de explicación que no conseguía. Ya pasaron dos semanas, y nada. Empiezo a creer que nada es lo único que voy a poder obtener de él. Y para que no duela, para no sentir, empiezo a convencerme de que no tenerlo es mejor que tenerlo sabiendo que es cuestión de tiempo hasta que se aburra o encuentre alguna buena excusa, o alguna mejor cualidad en alguien más, y pase de ser lo mejor que me pasó, a mi peor equivocación.
19 de abril de 2017
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