¿Nunca te paso de estar en una situación, envuelto, y no poder entender del todo lo que está pasando alrededor tuyo? Bueno, eso me pasó a mí. No podía comprender cómo es que pasan ciertas cosas que no deberían pasar, y cómo es que las personas más buenas y moral y éticamente correctas terminan pagando el precio de vivir en un mundo corrupto, repleto de personas que piensan más en sí mismas que en el resto, de personas que si tienen que pisar a otro para salvarse no van a dudarlo un minuto. No pude hacer nada. Estaba paralizada, se sintió como si no hubiese vivido ese día, porque estaba tan confundida y abstraída de todo, que no lejos estaba de poder hacer algo, de reaccionar y hacer la diferencia.
Mi mamá siempre me dijo que hay momentos en los que hay que observar, escuchar y callar, porque eso le decía su mamá a ella. Pero estas son otras épocas, y yo no soy ella, y ciertas cosas me incomodan tanto como me molestan, más cuando se que no es lo correcto. Siempre defendí a quienes se vieron ultrajados por terceros, porque se por experiencia propia lo que es que nadie lo haga, que nadie te cuide la espalda, que a nadie le joda que te están matando, de a poco, con palabras y acciones que muchos justifican para no involucrarse. La verdad es que no quiero justificarme, por no haber visto venir todo esto, por quizás haber percibido que él estaba mal y no haber preguntado sólo por timidez cuando probablemente lo necesitaba. Mi papá me dijo "a veces no hay mucho que decir", y lo cierto es que cuando yo estaba mal, me hubiese hecho de mucha ayuda que alguien haya preguntado, que alguien me hubiese llamado o si quiera mandado un mensaje para ver cómo estaba. Y ahora soy yo la que tiene que preguntar, y no sé cómo.
El viernes le mandé un mensaje, en un intento desesperado por no morir de las ansias hasta que lo viera de nuevo. Le dije que podía contar conmigo si necesitaba algo, lo que sea, porque en definitiva me moría porque dijera que sí, que nos juntemos a charlar o no charlar. Pero sólo agradeció y lo demás fue silencio. Ese silencio que te carcome la cabeza, como esos sentimientos que te ahondan el corazón. Mi psicólogo dijo que lo llame, que no esperara, y yo en mi inseguridad de quedar nuevamente paralizada preferí charlar con él el lunes, postergarlo.
El viernes le mandé un mensaje, en un intento desesperado por no morir de las ansias hasta que lo viera de nuevo. Le dije que podía contar conmigo si necesitaba algo, lo que sea, porque en definitiva me moría porque dijera que sí, que nos juntemos a charlar o no charlar. Pero sólo agradeció y lo demás fue silencio. Ese silencio que te carcome la cabeza, como esos sentimientos que te ahondan el corazón. Mi psicólogo dijo que lo llame, que no esperara, y yo en mi inseguridad de quedar nuevamente paralizada preferí charlar con él el lunes, postergarlo.
El lunes no apareció, aunque llegué antes, con la intención de charlar sin que nadie fuese testigo de mi sensibilidad, que nadie viera que tengo un corazón que puede romperse. Y cuando su ausencia se hizo peso en la mañana, no pude aguantarlo más, y lloré. Lloré como si me hubiese estado aguantando las ganas desde el jueves pasado, como si tuviese todas las palabras que lejos de estar atragantadas, ahora emergían por mis ojos, a borbotones. Me encerré un rato en el baño, minutos que parecieron una eternidad, me lavé la cara y resurgí como si nada hubiese pasado. Pero había pasado de todo, sólo en días, en una semana. No tenerlo cerca mío, todo el tiempo, me hizo ver cuanto adoraba que fuese así, cuanto necesitaba de su cuerpo, de su voz, e incluso de su constantes chistes que me desquiciaban tanto como me hacían quererlo un poco más.
Quiero hablar con él, compartir el desayuno, las peleas, las risas, su sonrisa, quiero estar en sus dibujos y ser parte, quiero sus abrazos, y sus besos, y no se por qué pero siento que extrañar todo esto es casi como estar despidiéndome, como si hubiesen adioses que se clavan en vos, sin que nadie los pronuncie.

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