"Querido x: ¿cómo estas? ya se, pasó mucho tiempo, pasaron muchas cosas, pasaron personas, pasaron las noches y los días, para ser exactos un invierno, una primavera y un verano. Pasó. Pero no vengo a hablarte de lo que pasó mientras no estuvimos en contacto, eso es historia contada.
Vengo a contarte todo lo que pasó mientras estuvimos en la misma órbita y todo eso que pasó antes, que puede haber alterado el quizás normal curso de las cosas. Detalles que hicieron al gran panorama. Quiero escribirlo porque así cierro este capítulo que lleva tu nombre, que contiene más hojas de lo que quizás el mío tiene en tu libro. Ya sé, lo nuestro hizo agua por cada rincón por donde lo mires. ¿Alguna vez observaste lo que sucede cuando la lava de un volcán toca el océano? eso fuimos. Fuego arrebatado y consumidor, agua pacificadora y después, la roca, muerta. No hace falta que me lo digas, yo lo siento adentro mío, ya no queda nada de mí en vos, aunque también siento no poder decir lo mismo. Quiero, enserio, pero quizás la solución nunca estuvo ahí. El olvido nunca fue opción. No para mí. Así que decidí que voy a dejar de esforzarme por borrarte, para empezar a poner mis fuerza en recordar acá, ahora, todas esas veces en que desee que fueras permanente. Pero primero lo primero.
Cuando llegaste a mi vida, yo era de por sí, un remolino de emociones. No voy a negarlo como solía, lo era. Pero nunca te dije por qué, y siento que tengo que contártelo, no sólo por mí, sino para vos, que siempre me pedías saber y yo callaba por miedo a ser juzgada, o quizás porque vieras la verdad y ya no te gustara tanto quien era.
No siempre trabaje donde ahora trabajo, estaba acostumbrada a un ámbito laboral relativamente saludable, con compañeros, con un jefe al que respetaba y que me respetaba de igual forma, un lugar en donde estuve dos años que fueron un salvaguardas para lo que estaba por pasar. Yo quería irme, pensando que lo que estaba por delante era una mejora laboral en relación a la experiencia que me podía a dar. Quiero decir, era el mismo trabajo, solo que un lugar distinto. O eso pensaba. Yendo al grano, y sin darle muchas vueltas, cambiar de trabajo se convirtió en el mayor desafío, no por el oficio en sí, sino porque no era consciente de que me estaba metiendo en un lugar donde las reglas que rigen son las de la selva. Así fue como durante tres años soporté el acoso laboral de uno de mis jefes. Sí, como lees, acoso. Vale aclarar que lo peor que llegó a hacer fue intentar besarme, y eso fue a los pocos meses de entrar. Pero con mis pobres 20 años, no supe como manejar la situación, porque aunque me negué y dije un "no" contundente/serio/avergonzado, él se rió de mí y como si fuese un juego que no estuviese dispuesto a perder, cual psicópata empedernido, mi rechazo sólo hizo que se encaprichara con volverme el día a día un infierno.
Gritos, formas despectivas, abuso de poder, quitarme las vacaciones, no permitirme hacer la denuncia a la RT cuando me caí por la escalera del trabajo, hacerme seguir hasta el hospital, no permitirme tomarme la licencia recetada por el médico, sobrecargarme con más trabajo que al resto, hacerme trabajar para 4 personas aparte de él, etc. Estaba obsesionado conmigo, y todas las veces que pedí ayuda a quienes estaban por encima suyo, la única respuesta que conseguía era "es así, no lo hace con mala intención". En septiembre de 2015 ya no podía conmigo. Empecé a tener trastornos del sueño, a los que no presté atención, hasta que los ataques de pánico llegaron. El primero fue en la calle. Había salido de la facultad y me dirigía a mi entonces nuevo departamento, para dejar unas cosas y después ir al viejo departamento a dejar las llaves. Estaba en la calle cuando empecé a sentir como si el corazón me latiera más rápido de lo normal. Estaba parada sin hacer nada, y mi corazón corría. Estaba preocupada pero decidí que entregar las llaves era más importante, así que seguí con normalidad.
Para cuando la noche cayó, el dolor del pecho se volvió insoportable, no podía respirar. Era como si hubieran sacado todo el aire de la habitación. Fui al hospital a donde llegué llorando, compungida por la sensación. En la sala de espera pensé que iba a morirme, que iba a morirme y estaba sola, empecé a llorar desesperadamente, como nunca lloré en mi vida. No sabía que me dolía o si me dolía todo y ya estaba entumecida. El médico me vio tan alterada que no sabía que hacer, me tomó las pulsaciones y estaban normales, pero yo sentía que me iba a morir (literalmente). No le creí hasta que me mostró que él saturaba lo mismo. Me pidió que baje dos revoluciones en mi vida, que era chica, y que por esa noche, el Revotril iba a estar bien, pero que los somníferos/antidepresivos son de lo más adictivos y que no me recomendaba tomarlo de forma diaria sin la recomendación de un psiquiatra. Me fui, medicada, un tanto extasiada, un tanto adormecida, pensando que mi corazón había vuelto a la normalidad, sin poder admitir que nada de todo lo que pasaba era "normal"..."
CONTINÚA...
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