11 de agosto de 2016

Little by little


Cuando me mira, siento que algo de mí vale la pena. Es como una caricia, como esos besos en la mejilla que me da cuando me saluda que parecen durar más de lo normal. Lo tengo tan cerca, pero a veces soy yo la que se siente muy lejos. Están todos festejando, comiendo, pero sólo puedo prestar atención a sus movimientos. Lo veo acercarse, decidido, con su vaso de cerveza, se sienta al lado mío, en mi escritorio y me observa hablar con otras personas sin decir nada. Cuando lo encuentro con la mirada, no me esquiva, y comienza una conversación con quienes hablo, sólo para terminar hablando conmigo, sin palabras, entre medias sonrisas y el murmullo. Pero siempre fue muy habilidoso y encuentra su forma de acortar a distancia deslizándose hasta mí. Me pregunta casi en un susurro si quisiera ir con él a la fiesta que todos están organizando en secreto para sorprender a un conocido que terminó la facultad. Me quedo en silencio unos segundos, sorprendida por la invitación y por como me hace sentir. Todavía me duele el corazón, pero sus palabras saben convertirse en la mejor medicina. A veces simplemente desconfío demasiado de aquellos que genuinamente quieren compartir algo conmigo, que desean estar en mi vida para hacerme bien. "¿Me mandas un mensaje así te paso a buscar?" me pregunta cuando me ve paralizada por su pregunta, para hacerme reaccionar. Es que nadie me incomoda de esta forma, nadie me hace sentir tan deseada como él cuando se acerca sigilosamente y no me quita los ojos de encima. O será que después de haber sido rechazada mil veces por un hombre, no puedo no sorprenderme cuando alguien toma la iniciativa. No hay nada que no me guste de este hombre pero encuentro tan difícil demostrarle que lo que sea que sienta él es reciproco por mi parte. En parte, es así porque tengo miedo de arriesgarme y ser lastimada por la única persona a la que le permito actualmente saber como estoy cuando simplemente prefiero callarme la verdad. No quiero arruinarlo porque es demasiado bueno, porque nunca necesitó lastimarme para llegar a mí. "Sí" le digo, con una sonrisa nerviosa mientras agarro mi cartera. Cuando llegó el sábado no sabía que hacer conmigo, mirando el celular como si fuese mi peor enemigo. Quiero escribirle pero me muero de miedo. Me da terror perderlo y tener que verlo todos los días alejándose un poco. El problema de las relaciones pasadas es que parecen limitarte, te dan pautas de cosas que no queres repetir, de sentimientos que no podes permitirte volver a sentir. Quiero decir algo, alguna estupidez al menos que me de el pie para ir a lo importante, pero ni siquiera estoy en esta cama, que me queda grande cuando estoy sola, cuando así me siento. Mi cabeza está enterrada en todas estas suposiciones de lo que puede pasar si cruzo este límite cuando lo único que quisiera es que esté conmigo, lo suficientemente cerca como para no tener que explicarle qué me pasa, porque cuando él me mira sé que puede ver que me rompieron las suficientes veces como para hacer todo lo que esté a su alcance para cuidarme al punto de quererme de lejos si esa es la única forma de quererme bien. El teléfono no sonó y yo no lo llamé, pero para cuando llegó el lunes, ahí estaba su mirada, otra vez, sonriendo, haciéndome saber que va a insistir hasta que mi corazón frío se doble y se permita sentir otra vez, y por alguna razón, le devuelvo la sonrisa, porque espero que así sea, que nunca se de por vencido conmigo. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Preview (of a disaster)

Solía conocerlo, tan bien. Solía pensar que lo hacía. Que conocerlo me daba un estilo de privilegio, de ventaja por sobre otras personas. Lo...