28 de junio de 2016

Anxiety

Día uno, todo se resume en  una palabra: ansiedad. Maldita ansiedad que se desencadena cuando estoy esperando, en esa eterna espera. Esperando cosas que no debería estar esperando porque no dependen de mi. Situaciones, actitudes, acciones, palabras...espero esas palabras, esas malditas y preciadas palabras. La ansiedad me cala tanto que lloro. Es un llanto silencioso, ese que no hace ruido pero que moja la almohada y deja huella, deja el recuerdo para que cuando te levantes en la mañana observes el cementerio de sueños rotos. Despierto con los ojos rojos del cansancio, la falta de sueño y todas esas palabras que trago. Las lágrimas tarde o temprano se evaporan cuando sale el sol y recuerdo que hay que empezar de nuevo. La verdad es que los días dos, tres, cuatro y cinco, fueron exactamente iguales. ¿Cuanto dura el dolor cuando no sabes si la batalla termino?, ¿es que acaso este tiempo representa ese insoportable cuarto intermedio que le permite a los soldados poner vendas en sus heridas para tener que volver a abrirlas cuando la batalla se retome donde se dejo?. No se si pueda soportar salir allá afuera y dar pelea con todas estas cicatrices a flor de piel asi que no lo hago. Me quedo en silencio, amortiguando el vacío. Ya pasaron seis días, y creo que el tiempo es una maldición cuando te quedas sentada mirando las agujas del reloj moverse, lentamente. No puedo evitar preguntarme ¿a donde te vas cuando guardas silencio?, y ¿cómo es que no me dejas acompañarte?, ¿cómo es que llegamos acá?, ¿cómo es que estoy sola, agarrándome la cabeza como si ya no soportara pensarte, cuando unos días atrás sonreía gloriosamente cuando lo hacía?. Se que tengo que hacer un cambio radical, por lo que termino obligándome a cambiar hábitos, porque son esos tiempos en silencio, entre cuatro paredes, los que me hacen pensar con la intensidad que me caracteriza. Así que está decidido, empiezo a hacer ejercicio. Quiero no tener tiempo para pensar, quiero estar ocupada en mil cosas que no lleven su nombre. Nunca pensé que pudiese estar encerrada en un gimnasio y disfrutar de unas horas de calidad conmigo misma, pero descubrí que el ejercicio es una forma de escape. Son horas en que mi cabeza se drena y se limpia la toxicidad que produzco analizando cada paso que doy las veinticuatro horas del día. Decido implementarlo de forma permanente, volverlo mi hábito, así como lo es escribir, leer, correr y respirar. Quiero cerciorarme de disfrutar las pequeñas cosas que hago, de hacer cosas que me hagan bien, de compartir mi tiempo sabiamente con aquellos que quieren formar parte de mi vida. Son esas pocas personas las que nos llenan, las que nos hacen sentir plenos a pesar de nuestros defectos, las que nos sostienen cuando el principio se vuelve el final. Despierto de nuevo, y ya van diez días. Quiero felicitarme pero sólo consigo levantarme agotada de la maldita de rutina de extrañar a quien no me extraña, a quien no le importo, quien puede estar sin mí porque en el fondo prefiere que así sea. Y creo que debo soltar, aunque no quiera. Tengo que soltar porque me duelen las manos de sujetar con fuerza lo que ya no me pertenece. No voy a mentir, me duele ya ni siquiera poder recordar el dolor insoportable del primer día, se que implica que estoy dejando ir. De a poco sólo va quedando ese frío que me recuerda que perdi a alguien, a alguien que quería, y que no, no voy a ser la misma...pero ser una nueva y mejorada versión de mi misma, no siempre es algo negativo, y aunque a veces tampoco es opción, simplemente...es lo que es. Y aceptar esta realidad es todo lo que me queda hacer cuando se trata de él porque si pienso en esperar...se que ya no queda nada. 


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