11 de febrero de 2016


Tengo tantas cosas en la cabeza. A veces simplemente me gusta perderme entre calle y calle, entre canción y canción que suena en mi ipod para no pensar. Iba caminando, desconectada de los demás, contando mentalmente las baldosas, pensando en todas las posibles soluciones a mis problemas cuando escuché a alguien decir mi nombre. No podía ser nadie más porque sólo él me llama por ese apodo. Cuando me di vuelta, me saqué los auriculares y ahí estaba, sonriéndome, montado en su bicicleta, como si no hubiera pasado un sólo día. Me acerqué sin saber que decir así que lo abracé y le di un beso en la mejilla. Había olvidado su extraña habilidad para hacerte sentir cómoda aun cuando no lo estas, había olvidado sus dotes de galán. Mientras hablaba sólo podía pensar en que lo raro hubiera sido nunca haber caído por ese par de ojos verdes y su pelo castaño claro. "Estamos esperándote, el escritorio está esperándote", y le sonreí melancólica. Todo este tiempo la pasé tan mal y podría jurar que los odie, a todos, pero en ese momento todo el odio desapareció. Quise odiarlo pero también olvidé que un día lo intenté y no tuve éxito. Me contó que está estudiando, que justo iba camino a lo de un amigo a buscar un libro cuando se topó conmigo. ¿No es eso loco? entre los dos millones novecientos sesenta y cinco habitantes de la capital de Buenos Aires, me lo vengo a topar a él, en esa calle, justo en ese preciso momento. La más temida pregunta era ese cómo estas donde me veo obligada a mentir y decir que estoy bien. Sólo pude articular un "estoy mejor" y no me preguntó más, le alcanzó porque entiende que todavía no estoy lista para hablar del tema. Me hizo un chiste para salir del tema y me recordó que el 15 de este mes es su cumpleaños, que tenía que mandarle un mensaje o iba a ofenderse. Creo que lo deje hablar no porque no quisiera seguirle el ritmo de la conversación, sino porque extrañaba su atropello y su voz. Últimamente me siento tan fría y ajena que cuando algo cálido me acaricia, lo dejo ser. No se cuanto estuvimos ahí, en medio de una esquina, charlando como si nada más pasara pero tampoco me importaba. Estaba bien ahí. Me dijo que tenía que irse, y sin importar si iba preparada o no, cuando soltó un "tenes que volver, quiero que vuelvas" me agarró totalmente desprevenida, y no supe que hacer más que desarmarme y sonreír como hace mucho no lo hacía. 

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