21 de febrero de 2012

Sin pensarte, sin siquiera recordarte apareces en mis sueños así sin más. No te molesta interponerte en ellos, quizás es mi idea fija o la de nuestras familias que nos dijeron cuando eramos chicos que terminaríamos juntos. Es entendible, por ese entonces teníamos todo en común, nadie nos separaba, yo no era sin vos y vos tampoco eras sin mi. El jardín juntos, parte de la primaria y horarios extracurriculares en ambas casas. Llendo al grano, creo que nos he soñado estando de novios, dentro de un par de años. Es algo extraño. Hace mucho que no te veo, estas de novio y tampoco se me paso por la cabeza meterme en tu vida ni en tus cuestiones que ahora son privadas porque no compartimos ni la hora, pero no pude controlarlo. Lamento no hacerlo, ahora no eres más que un idiota que se regodea en su plata, en su casa grande, en sus amigos importantes y su reputación por supuesto. No vas conmigo, ni mucho menos yo con vos. Tus novias son palos esqueléticos sin pensamientos trascendentes. Pero bueno, más allá de todo, de los años, del alejamiento inevitable que tuvimos a los 11 años cuando empezaste a golpearme y a sacarme la palabra cada vez que nos veíamos, te quiero. Te veo a lo lejos y me ves, y no necesitamos saludarnos, me sonríes, y te sonrío, cada uno sigue su curso. El alrededor, cambia. Pero se que sigues siendo el mismo de siempre, el mismo niño inmaduro con grandes sueños que cuando lloraba en la casa del arbol me abrazaba y me decía que no se iría de mi lado con tan sólo 7 años. Sigo creyendo en tu inocencia, en que sigues siendo tan sencillo como solías y que intentas venderles a ellos, a todos los que te rodean una imágen que no coincide con la esencia que llevas dentro. En el fondo, seguimos siendo parecidos. Mostramos algo que no somos, algo que les gusta a los demás pero en algún punto nos quita la felicidad.

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