15 de febrero de 2012

¿Cómo se le explica a alguien cuando te duele el alma?. Si fuese al menos posible explicarlo, podría tener la posibilidad, la minúscula chance de poder decirlo, gritarlo, que soy humana y que también tengo mis días tristes. Tengo mis repentinos llantos sin explicación, vacíos de razón, esperando (siempre esperando) mis lágrimas ser removidas por alguien, besadas y valoradas, entendidas. La casa se siente tan solitaria cuando de pronto te hayas solo entre todas esas paredes de concreto frías, duras e inquebrantables que lo retienen todo. Ni cuando te deshaces entre ellas se doblegan ante tu angustia. Pensaba, pienso, mientras tanto lloro, que hay tantas cosas que no digo. Suele pasar que me encuentro más en el silencio acribillante que el oído de las personas que siempre tienen algo malo y feo para opinar sobre el mal que posees, sobre esas penurias que ellos siempre minimizan. Si digo que me duele, es porque realmente lo hace, si digo que me muero por dentro, no lo dudes, lo estoy haciendo. Mierda. Caigo en la cuenta. Nadie sabe quien soy, nadie sabe que me escondo tras mis escritos, nadie sabe que en mi casa aún cuando hay tranquilidad de huelen las culpas, nadie sabe mis cuestiones cotidianas ni de las antítesis que acontecen, que nadie imaginaría en mí. Hablo con la gente con esta sonrisa implacable, con mis ojos llenos de esperanza quizás, y todos estos pensamientos por detrás. Muchas veces me convenzo de que me deshago porque no creo que sea suficiente lo que soy, no soy buena en eso de ser increíble. Lloro porque no alcanza para mi ni para los demás, porque me desgarra verme en esas situaciones deprimentes al cerrar la puerta de mi habitación, tirada en la cama, pensando y reviendo cual será la forma, la estrategia perfecta para lograr todo. Para triunfar, para ver a papá orgulloso de lo que soy o en lo que me convertí y a mamá aceptándome por como soy. Sueño con que un día alcanzará. Otras veces, me se desgastada por el tiempo que todo lo puede y ese silencio que todo lo consume.
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Fuimos a un restaurante, papá no dejaba de mirarme, mejor dicho controlarme con su mirada para corroborar que no comiese pan, lo se leer bien, su mirada no sabe ocultar ni el peor engaño. Me señalo el celular, tenía un mensaje suyo diciendo: “Estilo de almuerzo en un restaurante: sentada derecha (no tirada en la mesa) y comer o masticar con la boca cerrada”. Se me revolvió el estómago, por su atención fija, cínico, obsesionado con la forma redonda de mi cuerpo. Finalizó diciendo algo así como: “normas de buena educación afuera de la casa”. Sonreía mientras me veía leerle. Le seguí la corriente, dentro, muy en el fondo se que si para algo no soy buena es para ser una de esas mujeres que se les da ser fina, usar vestido, tacos, pintarse, ni tampoco ir a un restaurante. De hecho, en mi, esas cosas no lucen. No soy lo suficientemente linda tampoco. Ni es mi estilo el de elegante. En otras palabras: doy asco.

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