Abro los ojos de golpe. Me despierto agitada y transpirada, como si hubiese visto un fantasma, reviviendo las imágenes, pensando en todas esas personas que tienen el privilegio de no recordar lo que su inconsciente les reprocha por las noches. Esas mismas noches que saben convertirse en la boca de un lobo. Alucino y me parece ver sus ojos amarillos, observándome, custodiando mi descanso. Me incorporo sobre los hombros mientras me froto los ojos e intento perder la confusión por la sorpresa de habérmelo encontrado, en el momento menos esperado, en mis sueños. Rápidamente me invade un sentimiento de culpa, como si hubiese hecho algo que está fuera de lugar, con la sensación de haber llevando a cabo un ilícito y haber sido descubierta de forma fortuita con el arma del delito en una mano y el corazón en la otra. Se siente como si no tuviese derecho a extrañar esa electricidad que había cada vez que nos mirábamos, esa chispa, esas palabras que intercambiamos sin decir absolutamente nada. Respiro hondo, y miro a mi lado rezando no haber emitido palabra alguna o al menos, no haber interrumpido el sueño ajeno.
Me quedo inmovilizada en la cama. Reconozco ese aburrimiento que cala los huesos, ese vacío que intento llenar aún sabiendo todo el tiempo y esfuerzo que dediqué a intentar ser deseada y querida por esta persona que yace a mi lado; para terminar descubriendo de la peor forma que algunos hombres simplemente desean lo que no pueden tener. "Deberían haber visto como me miraba cuando no me tenía". Tengo la imperiosa necesidad de escapar, al menos en mis fantasías, me elevo y me voy lejos de este palacio vuelto glaciar que me hace sentir prisionera de mi propia soledad, de un romanticismo que parece morir al unísono que me hace sentir poco valiosa. No es él; y extrañamente eso me traslada a su torso desnudo, y su tacto sobre mi piel, esos que pude disfrutar cuando mi cabeza deambulaba por un tiempo y un espacio que jamás existieron. ¿Quién diría que un sueño puede sentirse tan real y no haber sucedido?. Me quema la piel de tan solo recordar cómo me miraba mientras su lengua describía todo lo que querría de la vida si fuese conmigo. Sólo hay certeza cuando dice "sos mía" mientras no me corre la vista de encima y se dedica a trazar garabatos sobre mis piernas desnudas. Puedo sentir el recelo en su voz porque ambos sabemos que no lo soy, aún cuando por momentos no creo que pueda ser de nadie más. Me dejo llevar, sabiendo que la única infidelidad es la que transcurre en el mundo real, lo beso sabiendo que mil veces he estado con él en este mundo alterno donde nuestros cuerpos no son un misterio por descubrir. Él sabe buscarme acá, donde ni él ni yo tenemos que explicarle a nadie a donde van dos personas cuando se piensan y, sin saberlo, se atraen.
Mientras permanece el último rastro de su espectro, siento la compulsión de enviarle un mensaje. Agarro el celular que está cargándose en la mesa de luz y escribo dos palabras sólo para terminar borrándolas. No tengo las agallas para hablarle sabiendo las probabilidades que hay de salir lastimada, no tengo las agallas de traicionar a nadie. Me paro y arrastro mi cuerpo escaleras abajo hasta la cocina para buscar un vaso de agua con hielo, para calmar mis ansias, para acallar el calor que guardan mis manos cuando pienso en las suyas. Me muerdo el labio y vuelvo a sus palabras, como si hubiese quedado el eco retenido entre las paredes de mi cabeza. Siempre envidie y quise tener su convicción para poder llamar a las cosas por lo que son sin temor a perderlas en el intento. Sé que cuando dijo que era suya, hablaba de mi amor por él, y quizás lo que me incomoda es pensar cuanto tiempo más puedo aplazar admitir que quizás, su amor, nunca fue ni será mío.

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