12 de febrero de 2025

Hostil takeovers

Nuestras conversaciones me hacen recordar esa sensación...esas mariposas que siente alguien cuando no hay tapujos de ningún tipo entre palabra y palabra, entre fantasías y realidades. "Puedes preguntarme lo que quieras" y podía sentir una montaña rusa recorrerme la piel como una fuerte descarga de electricidad. Hay algo sumamente erotizante en sacarse los prejuicios y decir las cosas que uno piensa, que uno siente, sin esa presión de no saber si 'queda bien' o si 'suena bien'. "Si tuvieras tres horas para estar conmigo, que harías?" pregunta, y me arde el vientre, como si volviera a estar en el colegio, como si se pudiese volver el tiempo atrás y mi inexperiencia fuese aún más satisfactoria que haber estado todos los hombres que ya tuvieron la suerte tocar mi piel. Nunca pensé poder sentir esa excitación con palabras, de nuevo, con algo que ya no existe, pero que en algún momento de mi línea del tiempo sucedió. "No creo que me alcancen tres horas, aunque probablemente querría pasármela mirándote" respondo como si fuese atrevido de mi parte admitir lo evidente y que con una efusividad envidiable diga que "serán más (horas)...aunque sospecho que si nos acostamos para mirarnos ni yo podré quedarme quieto...aunque los dos podemos resistir todo..." como si hubiese un mensaje subliminal detrás de la inocencia de dos personas mirándose. Algo de mi inocencia siempre fue suya, porque las cosas que sentía no tienen comparación con nada. "Si tu vienes, pues no puedo empezar una relación, pero si me siento cómodo a tu lado, por que no besarte? si me gusta como eres, por que no acariciarte? las cosas simples hacen sufrir menos..." y aún años después, se que decía esas cosas porque le temía increíblemente a que lo vean, de forma transparente, a que puedan descifrar el rompecabezas y quede expuesto en su vulnerabilidad, una que todos solemos tener y mostrar a algún que otro afortunado. Si había algo simple era la forma en que se adueñaba de mí, reclamando la pertenencia a esa porción mía, como si mis pensamientos más intrépidos fuesen solo suyos y tuviese un acceso ilimitado a mi cuerpo al hablar de todas las veces que se imaginaba teniéndome. 

Me gusta pensar que no era la única que se sentía así, que así como a mi me tiemblan las manos leyendo la intimidad de nuestras conversaciones, a él le pasaba algo similar. Siempre decía cuanto deseaba abrazarme y besarme, y ese tirón que empezaba en el corazón se deslizaba por todo mi pecho trazando una caricia por mi abdomen. Nuestra versatilidad nos permitía pasar de tener una conversación PG18 a hablar del amor, como si fuesen lo mismo. De pronto lo atacaba una necesidad de aclarar sus palabras, pasarlas en limpio al censar que no me resulta para nada interesante la indiferencia diciendo "mi ideal es como el tuyo, como el de la mayoría, pero es eso...un ideal" y que "siempre hay oscuridad y mentiras". Quizás desde acá puedo ver heridas que nunca admitió tener, puedo ver el dolor que acarrean esas palabras, la desilusión de haber sido convencido de que el amor nunca termina bien. Aunque nosotros no seamos el mejor ejemplo, aún con todas las cicatrices, sigo creyendo que hay alguien para cada uno, sigo pensando que esa persona es aquella que te acompaña, que aún viendo tus sombras, se queda, te elige incondicionalmente por sobre todo lo demás; con quien podes compartir silencios y bullicios, con quien podes aceptar que las cosas en esta vida son finitas pero ambos desean esa longevidad que viene con no querer encontrarte con su ausencia, por elección, y no por un mandato social.

"Cuando te digo que te quiero, no es algo que se lo diga a todo el mundo, de hecho eres la única a la que se lo digo, lo que pasa es que lo digo demasiado y te acostumbras" y es verdad, estaba mal acostumbrada a tenerlo diciéndome cuanto me quería al menos cinco veces al día, y no voy a mentir, me encantaba. Me encantaban los juegos de palabras y con él, con su intelecto, podía compartir mis pensamientos sin temer que no los comprenda. Habían muchos hombres deseando toda la atención que él acaparaba de mí, toda esa calidez que sólo me resultaba sencilla e intrínseca a lo que teníamos. Siempre me decía que me alíe con alguno de mis padres para conseguir aliviar mis pesares, pero mi mejor aliado, siempre terminaba siendo él. "Si te hiciera caso indiscutiblemente, estaría dejando que me manipules" le decía, sabiendo que ni mi versión más inocente hubiese permitido que alguien pueda manipularme. Abiertamente, casi como mostrándome una herida sangrante, me dijo "entonces no confías en mí", como si mi admisión fuese signo de rechazo, me costaba pensar que había que explicándole que confiar no es dejar que te manipulen, que alguien que te quiere, te deja elegir sabiendo el riesgo que implica. De la nada procede a confesar que "...me das un motivo para no mandar todo a la mierda porque me haces mucho más bien del que crees, porque me siento bien por dentro, porque de verdad eres única, y parte de lo que merece la pena dentro de mi...es gracias a ti...". Quererlo era como atravesar un huracán de emociones y al final siempre encontrarme con ese lecho de paz del que siempre hablo: un oasis de flores. Sabía que todas sus relaciones eran un reflejo de ese modus operandi, de ese cariño interesado que aprendió a emanar para proteger su corazón de romperse, pero entre nosotros, era distinto. Nada de lo que compartíamos emitía la más mínima falsedad. Quererlo era saber que, mutuamente, nos hacíamos mejores personas teniéndonos en la vida del otro. Y quizás si me precipite a entregarle esa parte de mi inocencia que conservaba cuando aún no conocía de mal de amores, pero aún hoy, se que cada uno de sus "te quiero" valió la pena la posterior desazón. 

12/2/25

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