26 de enero de 2024

Luna roja

La luna parece llenarse a medida que los últimos días del mes corren. Se vuelve roja y todos enloquecen, le sacan fotos, alagan su belleza inmaculada. A mi me asombra todos los días. Salgo al balcón de mi casa y me quedo un rato, obnubilada. Será que muchos comparten un recuerdo de alguna luna que los unió y la suben a redes sociales para recordarse que ese momento sigue ahí, intacto en la memoria. Otros simplemente la observan, incansablemente, deseando compartirla con alguien, deseando cercanía y un contacto que parece distante, que se vuelve intangible. Sin embargo, nunca llego a sacarle foto, siento que sin importar que tan buena resolución tenga la imagen, ninguna le hace buena justicia a su majestuosidad.

Solía soñar que veía el día caer y una mano se sumía sobre la mía, en silencio, con la templanza de ese tiempo detenido, irrepetible. Mi cabeza cede ante las agujas del reloj que todo lo puede, y se reposa sobre su hombro. Puedo sentir su cabeza descansando sobre la mía, y sin ver su sonrisa, se que está ahí, presente, al igual que la mía. Mi deseo mas aletargado es que un día, mi sueño, se convierta en un recuerdo. Por todas esas veces que la luna es testigo de palabras que nadie se anima a pronunciar y corazones que piensan con una ansiedad que la cabeza no llega a procesar. Un día, solo va a haber paz. 

La noche se cierne y muchas cosas pierden sentido, algunos recuerdos duelen mas que otros y la incertidumbre logra apoderarse de todas esas convicciones que la mañana trajo consigo. Parece insistir que es tiempo de irse, que es tiempo de soltar, incluso a esas personas con las que imaginaste tu vida entera. Miro la luna y lloro un poquito, intento disimular lo compungida y afligida que estoy. Me seco las lágrimas, casi enojada, por sentir nostalgia por momentos que finalmente solo fueron míos. La luna no lo sabe, pero a veces su presencia me recuerda lo importante que es uno en esta tierra, lo apabullantes que son los miedos y lo feroces que son los sueños. Me recuerda a mi propia perseverancia que, lastimosamente, a veces olvido que poseo. 

La luna siempre estuvo ahí, mucho más en tiempos de soledad, y justo ahora que, internamente, me siento sola. De fondo, ella me observa, me reprocha con una empatía que nadie parece tener. Tengo tantas verdades por gritar y tanto temor a lo que yo misma pueda escuchar. Suspiro. Sin mediar palabra, la miro fijo, me da una palmadita en la espalda y me susurra "a seguir, a seguir con ganas". 




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