Me siento libre, al lado suyo. No siento que tenga que ser algo que no soy, ni que tenga que cumplir con un estereotipo de mujer que se reduzca a lugares mínimos en la vida del hombre sólo para complacerlo. Me gusta que puedo decirle todo lo que pienso, sin tener que evaluar si algo de lo que digo puede resultar demasiado sincero, demasiado directo o incluso, demasiado para el grado de confianza que tenemos. No ando pensando que tengo que sujetarme a su cuerpo constantemente sólo porque tengo miedo de que se vaya. Se que no va a irse, se que su lugar es al lado mío, sin ataduras pero con mucho respeto de por medio. Cuando lo conocí sentí la necesidad ser la mejor versión de mí, sin contarle los últimos desaciertos de mi vida, sin exponerme inmediatamente. Pero siento que las cicatrices que marcaron mi corazón e incluso las marcas que tiene mi piel, cuentan una historia de supervivencia, de voluntad de vivir, que quiero compartir con él. Y le cuento, le cuento todo, sin tapujos, sin mentiras, sin preocuparme tanto por lo que piense sobre mis acciones, sino más bien atenta a ver cómo se siente sobre mi verdad. He escuchado todo tipo de verdades, y se por experiencia, que hay algunas que simplemente resultan muy pesadas para compartirlas, o al menos, no con todos. Pero con un trago en la mano, siento que puedo decírselo todo. Siento que mi lengua viperina puede contarle todo lo que quiera saber de mí si promete no juzgarme, si promete cuidarme de su propia verdad tanto como yo lo cuido de la mía. Posa su mano sobre la mía en la mesa y con la otra sorbo el trago que está dulce pero que sigue siendo fuerte para quien no debería tomar alcohol. Se que necesito encontrar la valentía que perdí hace meses en manos de un hombre que encontraba en mis actos más sinceros una excusa para rebajarlos a un arrebato del momento. ¿Por qué me mira así? ¿Por qué me duele que sea tan hermoso?. Creo que podría anclar, hundirme y morir en sus ojos, todo sin que se percate de nada. Cuando termino de decirlo todo, y esperando al menos una reacción desproporcionada, enojo, desconcierto o ganas de escapar de esa mesa y la luz fluorescente del bar, lo encuentro inmerso en una calma letal. "Decí algo por favor" y bajo la mirada, ya esperando lo peor.
No quiero echarlo a perder, no quiero empezar a pesar sobre lo que él esta pensando sólo para no quedarme inmersa en el silencio, y entonces, justo cuando creo que voy a perder el control por dentro, habla. Y me explica que no entiende, no puede comprender cómo es que alguien se animaría a lastimar mi corazón, cómo es que alguien osaría a jugar conmigo y tirarme como si fuese un objeto que perdió su gracia, ni tampoco por qué la vida fue tan difícil este último tiempo, por qué fue que morí en el frío de julio y volví. Dijo no entender nada más que esa sensación de alivio de saber que estoy ahí, con él. Me acaricia la cara, como si encontrara el camino a casa entre mis mejillas y mi pelo, y se que es rápido, se que no debería enamorarme así, pero si pienso en la forma en que nos conocimos, si pienso en la forma en que apareció en mi vida, se que algo de él curó mi corazón roto sólo con quererme bien, con quererme entre música y piel, entre silencios y conversaciones profundas, en mis sábanas y abrazos eternos. Estamos en un lugar repleto de personas y sin saber cómo, estamos compartiendo un momento secreto, sin que nadie sepa lo que pasa entre los dos. Y toda la ansiedad, toda la anticipación del momento, hace que mis manos tiemblen con la seguridad de quien sabe que no puede escapar de un instante de felicidad...y cuando me besa..todo el dolor, todas mis verdades, todo ese huracán del que le hablé, desaparece...sólo queda él...marcando mi corazón.


extraordinario tu texto
ResponderEliminarme ha deleitado