Una de las cosas que siempre hable con el equipo de médicos era con quién compartía lo que me pasaba. Les dije que no quería que nadie sepa que iban a operarme, ni por qué. No quiero la lástima de nadie, no quiero a nadie preocupándose por mí sólo porque les digo que algo anda mal conmigo. Recuerdo a Rudolf escuchándome cuando me pregunto que había decidido, y le dije que esto era un tema mío, que necesitaba que él guarde el secreto profesional para que nadie en mi trabajo, ni mis conocidos supieran nada. Solo saben seis personas: mamá, papá, mi madrina, Agustina, Lucía y Antonieta. Y así quiero que sea. Son las únicas personas que sabía que iban a estar para mí, al cien por ciento. Elegí a las personas con cautela porque no todo el mundo sabe guardar un secreto, no todo el mundo soporta el sufrimiento ajeno y aún así se queda para darte la mano. Inventamos una historia, sobre qué es lo que había pasado. Rudolf respeto mi deseo de no aclarar en ningún lado de que iban y por qué iban a operarme. No quiero escuchar los comentarios de nadie, ni las opiniones, ni los miedos ajenos. Tengo suficiente conmigo, con todo lo que me pasa adentro mientras hago un esfuerzo sobre humano para asimilar la situación en la que sólo yo me encuentro. Una que nadie podría comprender sin pasar por ella. Muchas veces quise decírselo a muchas personas que quiero...pero el miedo a que no entiendan, a que me transmitan más temor e incluso, me critiquen por ello hizo que reflexionara respecto de por quién estaba haciendo todo eso. Si iba a vivir, iba a ser por mi, por nadie más que por mí...No le debo la verdad a nadie, salvo a mí misma.
Estoy dormida, profundamente, pero bajo toda este coctel de drogas puedo escuchar, aunque no pueda abrir los ojos. Lo primero que logro distinguir es el 'pip, pip, pip', de las maquinas alrededor mío. De pronto escucho la voz de mamá, tan consternada que puedo saber que está llorando, preocupada, haciendo de inquisidora de la médica que pasa a verme para hacer los chequeos rutinarios. Se que papá está ahí también, escuchando, aunque es más bien introvertido, y se guarda los comentarios para después de que la médica se va. Los escucho a los dos rezando, cerca mío, y puedo sentir la mano de mamá, caliente, sobre la mía, fría. Quiero abrir los ojos pero realmente no puedo. Estas drogas son muy pesadas, o será que estoy cansada, agotada del ritmo que implicó no estar sana por unos meses que fueron como nadar con Hades en el mismo infierno. Al rato escucho a la psicóloga del equipo médico, habla con mamá en términos que no puedo entender, y le pregunta si llegó a verme cuando entré del quirófano, y mamá se quiebra de nuevo. Quiero levantarme y decir que estoy bien, pero no puedo, de nuevo. Me duermo por vaya a saber cuantas horas y logro abrir mis ojos en el medio de la noche. Veo a mis papás...durmiendo uno a cada lado de la camilla. No coordino mucho los movimientos de motricidad fina, pero logro agarrar el celular que está al lado mío y les saco una foto, porque me dan paz aunque automáticamente recuerdo cuanto me duele el cuerpo, las heridas. Me quiero mover pero estoy llena de cables, y de pronto noto que tengo algo pesado en mi costado izquierdo y noto un drenaje lleno de sangre. Mierda. Y me remuevo de dolor "me duele...me duele". Otra vez me arde todo, y mis papás se despiertan para llamar a la enfermera que con una agilidad envidiable, renueva el suero y todas las medicaciones que me estaban dando. Y no llego a decirle nada a mis papás que miran desde un costado de la habitación. Caigo en un profundo sueño en donde me pesan los párpados, me pesa la vida. Y por un momento deseo no haber tomado esta decisión, deseo no sentir tan potenciado todo lo que me recorre la piel. Supongo que eso es lo que hace el dolor...te recuerda constantemente que estas viva, y por lo tanto, por un momento, desee no estarlo...

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