Enrique dice que tengo que aprender a manejar mis enojos, casi tan eruptivos como rebeldes e indomables. Intento explicarle cuanto lucho para no hacerlo, para mantener la calma en situaciones que disparan mis peores formas, pero no estoy logrando poner en palabras lo que mi cabeza piensa. Estoy en silencio, quemándome con las manos, y ya ni siquiera puedo decir que me duela.
¿Cómo tengo que ser para que alcance? le pregunto rompiendo con la frialdad que reina cuando me cuesta hablar. No puedo evitar que se me quiebre un poco la voz mientras armo la pregunta. Dice que el problema del enojo es que siempre vuelve a uno. En definitiva, significa que me enojo tanto, que dejo de estar enojada con el otro y me enojo más conmigo, por permitir las situaciones que yo llamo "de mierda", que no deberían suceder y que se dan igual. Y me demuelo, porque siempre me cuesta tirar abajo a otros, pero conmigo encuentro facilidad y sí, hasta eso me molesta. Me molesta decir en voz alta que valgo la pena, y después traicionarme con acciones. "Basta del auto-castigo, sos suficiente" dice Enrique con su voz seca, casi enojada por mis palabras. Pero no se como explicarle lo difícil que es tolerar que siempre haya un problema. Si no soy yo, es el momento, y si no es el momento, es la otra persona, o peor...un tercero.
Supongo que me aterroriza sentirme así, porque pensé que ese lado tan oscuro mío había muerto el 11 de julio a las 8:30 am. Y sigue ahí, hambriento porque estuve evadiéndolo durante los últimos meses. Y no puedo evitar las comparaciones, no puedo evitar pensar que el problema soy yo, que si fuese con alguien más, él actuaría de otra forma. Quisiera hacerle perder la cabeza, pero creo que la única que la está perdiendo soy yo. Me hundo en el sillón del consultorio de mi psicólogo y juego con mis manos sobre el regazo, nerviosa. No miro a Enrique a los ojos porque se que si lo hago voy a llorar, así que me concentro en las plantas que tiene en la ventana. "No quiero presionarlo, no quiero que sienta que soy un trabajo...creo que estamos en dos páginas distintas, porque yo disfruto de él cuando esta conmigo, pero ahora dudo que él si quiera pueda hacer eso", y los silencios se hacen más filosos y profundos. Quizás sea ella, le digo, quizás sea que todavía no hay lugar para mí. Enrique me frena con un gesto duro y me pide que no haga eso, que no piense en su nombre, en su previa existencia...pero no puedo evitarlo. ¿Es que alguna vez se fue?. "Ahora está con vos" ¿lo está?. Me preocupan cosas estúpidas, y lo se, pero eso es lo que pasa cuando no encuentro palabras que me den seguridad y resguardo. Y lo miro, pero no encuentro preocupación en sus ojos celestes, y me tranquilizo un poco, me sedo, aunque mi corazón no parezca encontrar paz aunque sepa que él sigue en contacto con ella, aunque sepa que su corazón nunca puede estar conmigo porque siempre hay alguien más.
"Deberías dejar de pensar en él, y pensar en lo que te pasa a vos con él. El resto viene solo". Guardo silencio de nuevo, porque tengo un gran vacío en el corazón que me revuelve el estómago. Supongo que el problema para mi es no saber, es estar a ciegas y esperar, estar en la eterna espera de que algo salga mal, de que mi confianza me juegue una mala pasada y termine lastimada. "A veces las relaciones duelen, y no está mal que así sea" y le regalo una sonrisa de gracia porque Enrique me salvó tantas veces que no se como puedo dudar de su habilidad de siempre darme una tabla en la cual relegarme por una semana, hasta que vuelva a verlo. "No estaría tan seguro...", dice, "...de que no sienta nada, al menos no demuestra eso" y quiero luchar como la sesión pasada negandole que sea así, pero estoy estancada en este lodo que me hace sentir hundida, porque se que hay algo que no está bien, se que algo falta, y siento que la ansiedad me carcome cuando me alimento de cinco minutos que compartí con alguien sólo para no soltarlo.
Me voy un poco confundida, y otro tanto aliviada. La ansiedad mezclada con el estrés y la presión que pongo sobre mí para que todo vaya bien genera el efecto contrario, dejándome exhausta. Puedo sentir y decir que conozco su corazón, que se las cosas que no haría para lastimarme, pero a veces las cosas más estúpidas me pueden, me llegan y no se como manejarlas. A veces quiero callarme y dejar que el silencio le haga extrañarme, que le recuerde cuanto le gusta tenerme. Pero lo conozco, lo conozco demasiado bien como para ignorar el hecho de que mi silencio sólo puede distanciarnos y generar un gran vacío imposible de llenar con palabras...esas palabras en la pantalla de mi celular, jugándome en contra. Esas mismas palabras que últimamente parecen ser lo único que me puede y quiere dar.
Me voy un poco confundida, y otro tanto aliviada. La ansiedad mezclada con el estrés y la presión que pongo sobre mí para que todo vaya bien genera el efecto contrario, dejándome exhausta. Puedo sentir y decir que conozco su corazón, que se las cosas que no haría para lastimarme, pero a veces las cosas más estúpidas me pueden, me llegan y no se como manejarlas. A veces quiero callarme y dejar que el silencio le haga extrañarme, que le recuerde cuanto le gusta tenerme. Pero lo conozco, lo conozco demasiado bien como para ignorar el hecho de que mi silencio sólo puede distanciarnos y generar un gran vacío imposible de llenar con palabras...esas palabras en la pantalla de mi celular, jugándome en contra. Esas mismas palabras que últimamente parecen ser lo único que me puede y quiere dar.

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