Estuve mucho tiempo, más de un año, en lo que considero un estilo de rehabilitación mental y física. Creo que el hecho de que me hayan roto el corazón fue lo que me empujó a querer estar mejor conmigo misma, intentando al principio que sea eventual y después, progresivamente. Es cierto que no podemos manejar lo que otros hagan, pero sí somos parcialmente responsables de lo que permitimos que otros hagan con nosotros. Le permití a un hombre hacer lo que quiso conmigo, y lo que no quiso también. Me rompí hasta que no quedaron rastros de quien era antes de conocerlo, antes de estar tan jodida para que literalmente no hubiese vuelta atrás.
Al principio, sólo quería asentarme en esa sensación de vacío que me había dejado, porque aunque fuese horrible, al menos venía de su parte. Era lo único que tenía, lo único que me quedaba. Era difícil porque podía reconocer que quedarme con tanta nada, sólo empeoraba todo lo demás. Llegado el punto, me aislé de todo el mundo. No quería hablar con nadie de nada. Sólo quería estar en ese abismo, contemplando los días sin formar parte de ellos. Quería hablarle sólo a él, pero no podía y eso no me permitía pensar más allá. Iba a trabajar, a la facultad, a reuniones, a cenas y almuerzos, con amigos y familiares, y actuaba como una máquina en automático. No podía estar con nadie porque no podía estar conmigo, y no podía estar conmigo porque en definitiva, él no quería estarlo tampoco.
Fue hace unos meses recién cuando me di cuenta de que no puedo permitirme estar así de mal, así de deshecha por alguien que ni siquiera hizo su luto por mí, por perderme. Creo que eso fue lo que más me corrompió, ver que signifiqué tan poco que nunca le dolí, nunca se dio un tiempo para sentirme. Y se que todo lo que refiere a cómo se sintió él no me compete, porque creo que nunca lo hizo, pero uno se da cuenta...uno puede notar con facilidad cuando a la otra persona le importa o no. Y lo veía, estaba claro, pero era yo la que no quería ver, la que prefería no saber. Al abrir los ojos decidí que fue suficiente, que mi cuota de sufrimiento por él estaba totalmente saldada.
Descubrí que ahora que todo pasa por lo que me pasa a mí no tengo límites. Porque cuando dependes mucho de lo que te hace sentir o ser otra persona, dejas de ser vos mismo. Y yo necesito de ese cable a tierra que me conecta con las personas que quiero, con las personas que siempre están ahí para mi, los que me obligan a salir del departamento cuando quiero enterrarme en la cama, los que me hacen reír cuando quiero llorar, los que me abrazan sin miedo a que mi dolor se les pegue en el pecho, los que a pesar de ser quien soy, con todas mis fallas y faltas, agradecen tenerme en sus vidas. Descubrí que el cable a tierra que me conecta con la vida, soy yo. Le dije al médico "ya no puedo seguir siendo esta persona, quiero ser esa persona que puede mirarse al espejo y reconocerse las manos, esa persona que siente que vale la pena y el esfuerzo ajeno, que merece ser tratada con respeto y amor, que merece lo mejor como cualquier otra persona, necesito ser más que esto, más que mi cuerpo, más que mi dolor".
Ya no estoy rota, no porque la vida haya dejado de ser ese camino cuesta arriba, sino porque es mi elección estar bien, a pesar de todo eso que me hace caer. De acá a un mes, voy a despedirme de todo eso que quise mucho pero que ya no me llena ni me hace bien. Porque esta vez es mi turno, esta vez es diferente, puedo sentirlo en mis venas. Miro con aprecio la pulsera que te dan en el hospital cuando sos paciente y la rompo con nostalgia porque es un registro de todo lo que pasé para llegar hast acá. Respiro el aire frío del invierno y lo dejo que me invada sabiendo que no estoy rota porque merezco no estarlo, porque de pronto se volvió mi misión de vida transitar hacer todo lo posible para que cada día sea un poco mejor que el anterior. Y no digo que sea infalible, nadie lo es, puede que unos días falle, pero se que al menos no voy a dejar de intentarlo.
Al principio, sólo quería asentarme en esa sensación de vacío que me había dejado, porque aunque fuese horrible, al menos venía de su parte. Era lo único que tenía, lo único que me quedaba. Era difícil porque podía reconocer que quedarme con tanta nada, sólo empeoraba todo lo demás. Llegado el punto, me aislé de todo el mundo. No quería hablar con nadie de nada. Sólo quería estar en ese abismo, contemplando los días sin formar parte de ellos. Quería hablarle sólo a él, pero no podía y eso no me permitía pensar más allá. Iba a trabajar, a la facultad, a reuniones, a cenas y almuerzos, con amigos y familiares, y actuaba como una máquina en automático. No podía estar con nadie porque no podía estar conmigo, y no podía estar conmigo porque en definitiva, él no quería estarlo tampoco.
Fue hace unos meses recién cuando me di cuenta de que no puedo permitirme estar así de mal, así de deshecha por alguien que ni siquiera hizo su luto por mí, por perderme. Creo que eso fue lo que más me corrompió, ver que signifiqué tan poco que nunca le dolí, nunca se dio un tiempo para sentirme. Y se que todo lo que refiere a cómo se sintió él no me compete, porque creo que nunca lo hizo, pero uno se da cuenta...uno puede notar con facilidad cuando a la otra persona le importa o no. Y lo veía, estaba claro, pero era yo la que no quería ver, la que prefería no saber. Al abrir los ojos decidí que fue suficiente, que mi cuota de sufrimiento por él estaba totalmente saldada.
Descubrí que ahora que todo pasa por lo que me pasa a mí no tengo límites. Porque cuando dependes mucho de lo que te hace sentir o ser otra persona, dejas de ser vos mismo. Y yo necesito de ese cable a tierra que me conecta con las personas que quiero, con las personas que siempre están ahí para mi, los que me obligan a salir del departamento cuando quiero enterrarme en la cama, los que me hacen reír cuando quiero llorar, los que me abrazan sin miedo a que mi dolor se les pegue en el pecho, los que a pesar de ser quien soy, con todas mis fallas y faltas, agradecen tenerme en sus vidas. Descubrí que el cable a tierra que me conecta con la vida, soy yo. Le dije al médico "ya no puedo seguir siendo esta persona, quiero ser esa persona que puede mirarse al espejo y reconocerse las manos, esa persona que siente que vale la pena y el esfuerzo ajeno, que merece ser tratada con respeto y amor, que merece lo mejor como cualquier otra persona, necesito ser más que esto, más que mi cuerpo, más que mi dolor".
Ya no estoy rota, no porque la vida haya dejado de ser ese camino cuesta arriba, sino porque es mi elección estar bien, a pesar de todo eso que me hace caer. De acá a un mes, voy a despedirme de todo eso que quise mucho pero que ya no me llena ni me hace bien. Porque esta vez es mi turno, esta vez es diferente, puedo sentirlo en mis venas. Miro con aprecio la pulsera que te dan en el hospital cuando sos paciente y la rompo con nostalgia porque es un registro de todo lo que pasé para llegar hast acá. Respiro el aire frío del invierno y lo dejo que me invada sabiendo que no estoy rota porque merezco no estarlo, porque de pronto se volvió mi misión de vida transitar hacer todo lo posible para que cada día sea un poco mejor que el anterior. Y no digo que sea infalible, nadie lo es, puede que unos días falle, pero se que al menos no voy a dejar de intentarlo.

sin lugar a dudas escribes muy bien
ResponderEliminarme ha encantado encontrarte