Me despierto el sábado y de nuevo yo con mi manía de ver el celular. En la pantalla del celular bloqueado están unos quince mensajes, pero sólo presto atención al primero, el suyo. "Hola Mai, va a ser mejor que no nos veamos el domingo, no en estas circunstancias. Quiero verte pero quizás sea mejor esperar a que los dos estemos solos, te mando un beso". No se si tirar el celular por la ventana o qué, pero estoy ahí en la cama, todavía un poco dormida, esperando que todo esto sea una gran pesadilla porque ya me cansé y sólo espero que se termine. Pero estoy con bronca, y lloro por eso. Porque me agota cruzarme constantemente con estúpidos que no saben lo que quieren, que al lado de mi convicción siempre quedan cortos. Al principio no se muy bien qué decir, me salen dos o tres palabras por sentencia, y nada más. Y sus respuestas son tajantes, como si ya no fuese él o si ya no le importara tanto como dijo que lo hace. Sólo quedamos yo, mi celular y todos esos sentimientos mezclados. Soy un coctel de emociones, y de pronto me siento colapsar internamente. Como siempre, encuentro más fallas en mí que en la otra persona, y empiezo a pensar en qué carajo hice para merecer esto, porque aunque se que no lo merezco, estas cosas me pasan. Y no quiero quebrarme, pero se hace difícil si constantemente me cruzo con las personas equivocadas o en los tiempos equivocados. Entonces decido no decir más nada, hasta que después de ver a mi psicólogo me di cuenta de algo: siempre soy la que carga con estas cosas, y me pesa, me lastima guardarme las cosas que siento o pienso sólo para no lastimar a quien quiero y pensé que me quería.
Le mando un mensaje de texto, separado en párrafos, bien digno de mí. Y se que no va a arreglar nada, ni va a devolver las cosas a su estado original, pero lo digo porque ya suficiente tengo con todo lo mío como para aguantar sus problemas también. He comprendido que en realidad lo que más me duele es no ser elegida, que nadie elija quererme, por voluntad, con esas ganas intensas y profundas que al menos a mí me salen.Y lloro en terapia, lloro en el colectivo, lloro en el departamento hasta que me doy cuenta de que soy la única estúpida que llora por el resto, porque no, nadie nunca lloró por mí, nunca le dolí a nadie, nunca nadie me quiso lo suficiente como para sentirme hasta los huesos.
Todo el mundo se emborracha y siente todo un poco más, pierden los filtros inhibitorios. Hay personas que aman más cuando están lo suficientemente idos como para admitir que les pasan cosas. Pero yo me emborracho para desconectarme de los sentimientos, de esos que me llenan y otras tantas me rebalsan. Tomo y me olvido de esas cosas que por dentro me van matando. Y ya no se cuantas vidas me quedan, pero acá va un trago por otra batalla perdida. Brindo porque seas todo lo feliz que puedas ser con tus decisiones, que son básicamente lo que pensas que mereces. Porque si bien yo no estoy feliz ahora, si bien ahora estoy intentando no derrumbarme, al menos no me arrepiento de ser así, de siempre estar dispuesta a dejar mi corazón en la línea, de arriesgarme por sentir la vida hasta que ya no quede nada de mí. Ese sábado me emborraché y fue como si lo hubiese sacado de mi sistema, como si automáticamente, pudiese dejar de sentir lo que sea que sentía por él.
No hay comentarios:
Publicar un comentario