4 de febrero de 2017

The last one (for you) IV

"...Quiero recordarte por qué digo todo esto, por qué ahora. Supongo que después de decir que vos mentiste, me di cuenta de que yo también lo hice, en formas distintas, sobre mí, sobre quien soy. Quizás fue porque quería caerte bien, agradarte, o quizás en el fondo resultar "normal" y deseable. Escribo esto con el fin de sincerarme, conmigo y con vos, con la vida. Si no dije todas las cosas que me pasaban en ese momento, no fue por falta de confianza, sino porque me daba vergüenza. En cierto punto me sentía culpable y responsable de todas esas cosas que me pasaban. No pretendo que me entiendas, ni que me creas, sólo quiero que lo leas. Es que ya no quiero esconderme, tuve suficiente de los secretos y de silenciar sobre las cosas que realmente importan. Quiero que sepas...
Si la memoria no me falla fue a mediados de noviembre, después de tu cumpleaños, cuando empezamos a hablar. Yo estaba en mi mejor momento después de tres años de infierno consumido, por fin me sentía yo, y creo que otros se daban cuenta de eso. Al principio hablábamos poniéndonos del día de todo eso que pasó en ese tiempo en que no supimos nada del otro, no se por qué, pero cuando hablaba con vos, sentía que podía hablar de todo. Quizás era la tranquilidad de anonimato o quizás que incluso antes de admitirlo, ya sabía que eras importante para mí. Recuerdo cómo me contaste cosas que no le habías contado a nadie más, a veces no sabía cómo preguntarte las cosas o cómo encarar los temas porque sentía que podía lastimarte, y eso es lo que menos quería. Hice lo que pude, aunque acepto que no es lo mejor que pude haber dado de mí. Comprendí que estabas roto, pero saberlo nunca fue un motivo para dejar de hablarte. Y por eso entendí, y me quedé ahí, porque quería verte sanar, y con un poco de suerte, quizás ibas a dejar que ayudar a hacerlo. Creo que saber las cosas que te pasaron, me hicieron entender que no era el momento para contarte todas las cosas por las que yo pasé, que al lado de las tuyas, parecían más livianas. Y no, no intento comparar, es sólo que no quería cargarte con el peso que yo llevaba en mis hombros, y preferí cargar con un poco de tu historia porque en el fondo, aunque me costó decirlo, te aprendí a querer así. 
Yo también estaba rota, pero no me sentía así, pensé que todo iba a mejorar. Pero desde que volví de Nueva York, todo empezó a ir lentamente cuesta abajo. Porque ya sabes lo que dicen: mientras más arriba llegas, más fuerte es la caída. Y si bien te tenía a vos, me costaba mucho no tener a nadie con quien poder hablar de lo que me pasaba a mí. Por eso quería que nos miráramos a los ojos, porque creía que eso me iba a dar el coraje para contarte de mí, de mi historia. Quizás tenía la falsa ilusión de ver entendimiento en los ojos de alguien y supuse que si alguien iba a ocupar ese lugar, eras vos. 
Pero yo te decía que estaba todo bien, que no había nada que contar, que prefería escucharte hablar de tus cosas y estar ahí, disponible para vos, aunque yo no te permitiera estar para mí por miedo a ser juzgada. La verdad es que a veces te decía que estaba en el trabajo, pero estaba en mi departamento, deshuesando las horas, haciendo un gran esfuerzo por reunir todos los pedazos que quedaron de mí, haciendo un esfuerzo por entender todo lo que te pasaba, pidiéndote que no hagas ninguna estupidez, sabiendo que muchas veces pensé las mismas estupideces. Lo cierto es que después de un mes de hablar con vos todos los días, me sentí acompañada, aunque estuviera sola, aunque no pudiera hablar de mí con vos, contartelo todo, aunque a veces fuesen conversaciones monótonas, sentía que al fin algo me hacía bien. Y no, no quería perder eso. 
Volví a la casa de mis papas por un mes, estuve ahí todo enero, intentando recomponerme y fortalecerme, porque sabía que si mi idea era volver al mismo trabajo, iba a tener que enfrentar mis miedos, iba a tener que enfrentar a un tipo que con el poder que tenía podía aplastarme (o eso pensaba en mi cabeza, aunque ahora se que eso lejos está de ser así). No se si lo sabes, pero a veces los peores monstruos, son los que creamos en nuestras cabeza, y los únicos capaces de destruirlos, somos nosotros mismos. Yo no era capaz de aceptar cuanto necesitaba a alguien, y justo apareciste vos...que lejos de necesitar a alguien más, te necesitabas más a vos mismo. Y se que decías que buscaba en el lugar equivocado tu cariño, pero en fondo, los dos sabemos que necesitabas a alguien que supiera querer tus silencios y apreciar esos (pocos) momentos en que decidías abrir el corazón. 


...Y así fue como el león se enamoró de la oveja..."


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