22 de febrero de 2017

Patience


Es cuestión de tiempo, dicen todos, de que nos enamoremos, de que me quiera tanto que no tenga que decirlo con palabras porque está ahí en su mirada. Hace unos días que vengo teniendo la sensación de que tienen razón, de que, sin importar cuanto luche para no volver a querer con todo lo que soy, voy a terminar haciéndolo. Es que él tiene ese no se qué que me hace reír, que me arranca sonrisas en las peores mañanas, que comparte su cariño sin que se lo pida, que me abraza sin hacer que tenga que pedirle que lo haga, que reconoce mis enojos silenciosos y los respeta de lejos para después recordarme que aunque le ponga la peor de las caras, él va a seguir ahí. A veces me da pánico que termine siendo como la mayoría de los hombres a los que tanto quise, un lobo disfrazado de cordero. Pero hace unos días lo encontré dibujando, y me acerqué porque me gusta observarlo cuando está compenetrado con una hoja de papel y una lapicera, casi como si se fuera a otro lugar, aislado, y me di cuenta de que me estaba dibujando a mí. Era yo, con mi collar de plata, con mi mirada un poco perdida entre sueño y sueño mirando al sudeste. No le pregunte nada, y cuando se dio cuenta de que estaba ahí, él tampoco se explico. Fue casi como si hubiese podido sentir que se sacó un peso de encima cuando me miró y sin decir palabra, se sinceró. Se que las veces que dudo de él, en realidad soy yo dudando de mí misma, de si soy suficiente para él, de por qué se fija en mí pudiendo elegir, de si estoy realmente lista para querer así de nuevo, porque la verdad es que no podría ni querría lastimar el corazón de la única persona que estuvo dándome fuerzas estos últimos años aún cuando quería darme por vencida. Hace unos días, estábamos en una fiesta, los dos borrachos, él con su whisky en mano y yo con esa viciosa caipirosca de maracuyá, bailando, descontracturados, perdidos en el momento (porque así me siento siempre cuando es con él). Al principio de la fiesta me mantuve distante, lo miraba muchas veces de lejos porque no me gusta estar encima suyo todo el tiempo. Observé como muchas chicas se le acercaron, buscando su atención, por momentos sentí cómo me picaban las manos de los celos, pero él me buscaba a mí, entre la multitud, y lo sé porque lo quiera admitir o no, yo lo buscaba a él. Y nos encontramos, por una fracción de segundo, nos sonreímos a lo lejos, y como si se hubiese cansado de jugar a las escondidas, se acercó, decidido abriendose paso entre la gente, con dos tragos en la mano, y se quedó el resto de la noche cerca mío, porque ahí es donde quería estar, porque ahí es donde lo quería tener. Instantáneamente lo supe, cuando pasó su mano por mi cintura y sentí escalofríos. Estoy jodida, de nuevo, y no hay nada que pueda hacer, porque lo quiero. Y lo más lindo de todo, es que él me quiere a mí. 

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