Tuve que parar. La verdad es que lo tenía todo, pero estaba absolutamente rota por dentro. Si tengo que ser cien por ciento sincera, admitiría que lo mantuve todo junto, adentro, apretado, sólo para no mostrarle los pedazos que me componen a quienes me quieren lo suficiente como para esperar determinadas cosas de mi. Lo hice sólo para no decepcionar a nadie, mientras que lo único que podía hacer era constantemente decepcionarme a mí misma. Como si mi opinión, respecto de mi misma, valiera menos que la de todos aquellos que miran y señalan, ansiosos por juzgar sin saber toda la historia. Tenía miedo de decir que estaba rota, porque ya lo había dicho con anterioridad. Supongo que pensé que esta vez iba a ser distinto, y lo que me pesa es saber que podría haber prevenido que estaba equivocada. A veces me daba cuenta de que algo no estaba bien, pero reconocerlo implicaba admitir que aparte de haber algo roto adentro mío, todo lo que atraía, estaba de la misma forma que yo. Me dejé aplastar por la idea de que tenía que conformarme porque me agradaba un poco más de lo saludable la idea de querer y ser querida. El costo nunca fue un tema de discusión. Y cuando finalmente abrí los ojos, el dolor fue equivalente a nueve meses de mentiras piadosas que me conté a mi misma para no tener que soltar. Nunca fui buena dejando ir, supongo que es porque nunca soy la que da el primer paso, y ésta no fue la excepción. Sabía que no iba a serlo, después de todo había escuchado las mismas palabras unos cinco años atrás, de una persona distinta, por el mismo medio. Fue igual de cortante y asfixiante, fue angustiante y agobiante la indiferencia, todo ese silencio haciendo distancia, todos esos días intentando recordar dónde mierda todo se fue al carajo sólo para comprender que no fue cuestión de un momento, sino de una seguidilla de malas decisiones, de palabras nunca dichas, una pizca de resentimiento y orgullo y como cereza del postre, palabras que derivadas de la impotencia, desearías haberte guardado para vos mismo. Empecé a preguntarme por qué todo lo bueno eventualmente tiende a sangrar si un día conseguiste congeniar y encajar tu vida a la perfección. Es que la herida es ese abrir y cerrar de ojos, esa mirada que no supiste definir, ese beso esquivado, esas veces en que te hablas con alguien sin siquiera mirarte a los ojos. A veces me daba cuenta de que contenía la respiración por todo un fin de semana, esperando que llegase el lunes sólo para que personas que no me conocen me dediquen una sonrisa que me diera un poco de fuerza para contener todo lo que estaba en mí, desbordando. A veces sólo esperaba que él siguiera queriéndome, aunque estuviera con alguien más, sólo porque así no me sentía tan sola. Pero lo estaba, estaba tan sola que empecé a enfermarme, una cosa atrás de la otra. Gripe, neumonía, internación, antibióticos que me destrozaron el estómago, no comer, comer sólo para que mi estómago no lo soportara y terminara vomitando, anemia, desmayos, bajadas de presión, dolor de espalda, más antibióticos. Mi cuerpo se convirtió en la hoja sobre la que escribo cuando mi boca y mis manos deciden no decir nada. Soy un cúmulo de piezas de este rompecabezas que soy, todo esparcido en el suelo. Se que tengo que empezar, juntar coraje, pero no se por dónde mierda hacerlo. No sé como rearmas las cosas que no sabes ni cómo se rompieron. Quizás debería empezar disculpándome por haberme descarrilado de esta forma, pero creo que lo único que puedo hacer por el momento es inhalar...y exhalar, una y otra vez, hasta que las cosas encuentren su curso. Se que eventualmente, como la flor de loto, pese a las malas condiciones, en medio del lodo, cuando nadie esté mirando, voy a renacer.
5 de diciembre de 2016
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