Supongo que era inevitable descubrir la verdad. No sólo porque, como dicen, las mentiras tienen patas cortas, sino porque de pronto me encontré obsesionada con encontrar lo que fuera que me estaba ocultando, y cuando quiero conseguir algo, tengo la manía de perseverar hasta concretar, hasta llegar al punto resolutivo. Aunque muchos lo nieguen, cuando uno busca, puede prever en una aproximación con lo que se puede encontrar. Te mueve una sensación de que sabes lo que es, pero deseas con todo tu corazón que no sea cierto, y te das cuenta de que en realidad no buscas encontrar tener razón, sino todo lo contrario, buscas esperando estar equivocado.
Siempre lo quise pensando que el me quería a mí, iba por la vida, transcurriendo los días, con esa certeza. No era posible, no me entraba en la cabeza que queriéndolo tanto, él no pudiese sentir lo mismo, que no lo moviera el mismo sentimiento que me movía a mí cuando le hablaba todos los días. Sabía que estaba con otras chicas, pero suponía que no las quería, me pensaba como la única que le movía el piso, como la única que le importaba. Pero, supongo que ese tipo de cariño te alcanza hasta que te topas con una foto de él, besando a alguien más, y entonces todas tus certezas se van al demonio. Te llenas de ira, frustración, decepción y tristeza. Todo este tiempo que asumí que me quería, todo este tiempo que sólo pude quererlo a él ¿a quien estuvo queriendo él?. Quiero enojarme, pero no puedo, porque no soy nadie. ¿Quien soy yo para cuestionar sus acciones? ¿quien soy yo para pedirle que no quiera a nadie más?. Pero fue mi culpa, por intentar hacer de él un refugio, mi lugar porque al final, las puertas sólo eran a puertas cerradas y las escaleras me llevan a la nada misma. Lo único que quería era irme lejos, lejos suyo, lejos porque no soporto ver la deshonestidad en sus ojos. Me dije "no puedo seguir queriéndolo y quererme al mismo tiempo si eso implica dejar que me use".
Porque fácil hubiese sido ignorar que me lastimó con su forma indiscriminada de no pensar en mí, de no pensar dos veces antes de llevar a cabo acciones que sabía que iban a dolerme. Fácil hubiese sido quedarme, porque realmente quería hacerlo, quería quedarme hasta que no quedara nada de mí si era necesario, hasta que no aguantara más. Pero eso ya no hubiese sido amor. Si fuese amor no me escondería nada, me respetaría lo suficiente como para no refregar en mi cara que no quería quererme a mí, sino a todas aquellas que no estuviesen dispuestas a quererlo a él. Fácil hubiese sido sonreírle y fingir que nada pasó, que todo podía seguir de la misma forma, que podía acudir a mí por las noches para hablar y que por el día podía estar con todo el mundo, excluyéndome de su vida, de lo que fuese que le pasaba, de sus manos, de sus ojos, de sus brazos, de su sonrisa, de todo lo que era.
Pero antes de saberlo todo, cuando me di cuenta de que algo pasaba, lo primero que hice fue intentar cambiar, estar más callada para evitar los típicos roces, intentaba no mirarme al espejo para no encontrarme a mi misma, me esforzaba para estar más linda para mendigar halagos de su parte (que nunca llegaron), leía libros para no pensar y me internaba en cafés sólo para sentirme acompañada, y todo el tiempo, sin importar que estuviese haciendo, me preguntaba si aparte de mí, "¿estará con alguien más?".
Empecé a alejarme, porque de cualquier forma él ya estaba lejos, tanto que por mucho que me esforzara, no podía alcanzarlo. Me sentía tan dolida que me cerré por completo a las personas que me rodeaban hasta que me encontré llorando con una amiga, intentando explicarle cómo es que quería a alguien que no soportaba la idea de encontrarse conmigo y mirarme a los ojos. Nada que dijera todo el mundo me alcanzaba para alejarme de él, porque a veces el amor te ciega y no podes ver más allá. Por eso buscaba, porque nadie se aleja porque sí, nadie pasa de ser alguien a ser otra persona en un día como él lo hizo. Buscaba para encontrarlo a él, aunque al final, lo haya encontrado, pero con alguien más.
La foto fue la gota que rebalsó el vaso, fue la última lágrima que derramé por él, la última vez que se me agitó el corazón al punto de que me temblaran las manos y las piernas. Esa no era yo. Tuve un intento patético de echárselo en cara, pero a los segundo de hacerlo, supe que no tenía sentido. Ya era tarde para pedir perdón por su parte y por la mía, para cerrar los ojos de nuevo para no ver lo que estaba pasando. Si sólo sabía rechazarme, si prefería los brazos de cualquier otra mujer a los míos, entonces no había mucho que decir. Solté mis últimas palabras como representación del inmenso cariño que le tengo, en un intento desesperado por descubrir a dónde se iba cuando se quedaba callado, cuando terminaba todo resumido a una imagen, un resumen tan desacertado de casi nueves meses de querer a alguien de la forma más de dedicada que conozco, a través de las palabras e incluso, a través de sentimientos que desbordan mis formas de expresarme, con palabras que no existen en el diccionario, que no sentí con nadie, no así.
Mucho tiempo traté de estar menos despierta, para no ver la verdad cuando la verdad estaba ahí, frente a mis ojos. Él tenía el arma, cargada, y esa foto, sólo fue el disparo. Quizás no sabía como decirme que no me quería, y recurrió a la forma más explícita de demostrarlo, quizás pensó que no iba a irme, o quizás cuando lo hizo, simplemente no pensó en nada, o en nadie más que él. Pero sea como sea, la verdad tiene el increíble don de emerger, de hacerte chocar contra paredes, de tirarte al piso, pero también puede barrer con todo y darte ese nuevo comienzo que no buscabas, pero que en el fondo, sabes que necesitabas.

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