La peor parte es esperar esa llamada. Es que se me erice la piel cuando al atender el teléfono puedo escuchar la voz de mamá quebrada, perdida. Los médicos no se cansan de decir que hay que estar preparados para lo peor, pero yo no puedo parar de pensar en la voz de mamá porque es la misma voz que se pierde en mi garganta, es la misma voz que me deja cuando pienso en lo peor. A decir verdad, la peor parte es no saber cómo prepararme para lo que nadie te puede preparar. Nadie podría entender en su sano juicio la muerte, la asumimos como parte de la vida y la esperamos en la ancianidad, cuando ya se vivió, no en plena juventud, en plena niñez. Me freno en la calle cuando me responde consternada, y me explica después de balbucear un minuto que está en el hospital. No...me desdigo, la peor parte es no saber que decir, tener todas estas palabras, frases formuladas en la cabeza, preparadas para momentos así, y no poder pronunciarlas. Contengo la respiración y espero a que me explique antes de largarme a llorar en plena Avenida. "No te preocupes, pero van a internarlo". Lo peor es que me pida que no me preocupe, porque hago todo lo contrario, porque mi cabeza vuela a mil por hora, pensando en los kilómetros, en que hace tres meses no lo veo, en que soy una mala hermana por no estar cerca. Miro a mi alrededor buscando vaya a saber qué, supongo que a mí misma y se que la peor parte es no saber para donde correr, porque estoy estacada en la acera, pensando en lo peor. No se si podría ser peor. ¿Que es peor que estar en constante espera de que lo peor llegue?. Trago saliva y la escucho atentamente cuando me pide que llame a algunos hospitales. Eso si puedo hacer, ser funcional. Escucho que de fondo los médicos hablan con papá y entonces agarra el teléfono. Con voz pacífica me pide que no haga nada, que ellos lo están solucionando, que descanse, intento contradecirlo pero se corta la comunicación antes de poder decir algo. Papá siempre cuidándome de la verdad, de esa que sabe que me parte en pedazos. Camino rápido al departamento, prendo la computadora y en su reflejo creo que envejecí unos cinco años de la edad que tenía cuando disque el número en el celular para llamar con toda mi alegría a cuestas. Llamo por teléfono a diez hospitales, pero parece que cuando más necesitas que las personas sean humanas, más herméticas se vuelven. Te atienden, te cortan, te transfieren, te responden como si fueran máquinas, como un contestador. Es que ya nadie puede ponerse en el lugar de otro. No puedo evitar enojarme y terminar peleándome con el o la desconocida que está del otro lado del teléfono porque no entiende lo que le digo o porque en verdad, no le importa. Llamo cansina a mi mamá y le comento que no hay lugar en los hospitales que conseguí, pero me interrumpe y dice que van a evaluar cómo evoluciona en las próximas veinticuatro horas. No se si aliviarme, siento que me vuelvo una piedra por fuera porque no puedo llorar. ¿Por qué me dejan afuera de lo que pasa hasta que todo está lo suficientemente mal como para verse obligados a contarme?. Quiero enojarme pero se que no es el momento para reprochar. Me callo y le digo que por favor me llame cuando hable con los médicos. Me dice que sí pero no se si entiende. No se si sabe que si algo le pasa, si alguien o incluso su propio cuerpo le traiciona y le hace daño, si deja de pelearla, si pierde su guerra, voy a perder la mitad de mí, lo que queda sano sin romper, porque todo lo que él amarra de mí a tierra firme cuando me sonríe va a naufragar...por siempre. No quiero decirlo en voz alta, pero tengo miedo, porque sin importar cuan egoísta pueda sonar, temo por su vida y en consecuencia, la mía.
5 de mayo de 2016
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