24 de mayo de 2016

Drinks on me

Me dejaron en la puerta de mi casa, pero no me siento como para encerrarme, no hoy. Voy caminando por la calle, estuve toda la tarde tomando alcohol así que sí, estoy achispada. Me doy cuenta porque parece que las baldosas estuviesen hechas de algodón, y sin importar cuantas personas chocaran contra mi cuerpo debido a su torpeza o la mía, encuentro el equilibrio para seguir adelante. Supongo que es lo mismo con todo. Todos estos días estuve trastabillando, y pasé de saltar obstáculos a chocar contra todas las paredes que estuvieran a mi alcance disponibles. En mi testarudez, me cuesta darme cuenta cuando es el momento preciso para soltar, cuando dejar de intentar y dejar un espacio para que otros hagan lo que tienen que hacer, o no. Nunca había entendido la frase "darle tiempo al tiempo" hasta ahora, no la entendía porque para mí esperar era dudar de la propia convicción del accionar, pero a veces no hacer nada es la mejor opción, a veces esperar es lo único que queda. Y sin importar si nada llega, se que era tiempo. Y camino mirando el suelo porque no tengo ganas de conectar con nadie, no realmente. Pero entonces me acuerdo que no necesariamente tengo que estar sola en esto. Si algo aprendí de mis caídas, es que el camino se hace más liviano si caminas junto a alguien más. Lo escucho de fondo preguntarme "¿estas bien?" y vuelvo a mí, lo miro, y con los ojos puestos en él pero mi cabeza en otro lugar le digo que si, con los ojos y las palabras al borde del colapso. Me prohibo deshacerme, no en el trabajo, no enfrente de nadie. Puedo sentir que se me agita el corazón, como antes, como cuando no sabía estar a cargo de la situación y no, no puedo permitir que la situación esté a cargo mío. Me voy al baño y no lo soporto más. Lloro, en silencio, mirando en el espejo a una chica desconocida para mí, con los ojos llenos de decepción, cansada de ocupar el lugar equivocado. Me obligo a recomponerme no porque no quiera llorar por alguien más, sino porque me muero de miedo de tan solo pensar que puedo volver a pisar el lugar oscuro en el que estuve el año pasado. Recuerdo la situación y pienso en cuan jodida tengo que estar como para olvidar lo valioso que es este lugar al que llegué. Pero ahora estamos todos tomando, comiendo, riendo, todos están pasando un buen momento, todos parecen felices, justo ahí, como una foto polaroid. Y por primera vez en un tiempo también lo hago yo. Supongo que todo no está tan mal después de todo, y él esta enfrente mío, fumando su cigarrillo, con sus lentes de sol, y puedo ver a través de ellos su mirada en mí y le sonrío, porque siempre está pendiente de mí, defendiéndome cuando algo está fuera de lugar. Y cuando me voy me abraza como si lo valiera haciéndome recordar cuanto necesito de personas que sean así, que quieran quererme, que quieran que me ría, que hable, que esté cerca. No se que sería de mí sin que alguien se preguntara como estoy, genuinamente, sin esos abrazos con el poder de curar heridas. Y en el auto, de vuelta a la ciudad, creo que voy a deshacerme, pero de la risa. Me duele el estómago de reír, y lloro, de alegría. Creo que este es...este es el lugar y comprendo que tengo que admirar todo el camino cuesta arriba por el que pase para llegar a este punto. No quiero luchar contra cosas que no dependen de mí, no más. Todo lo demás va a llegar, a su tiempo. Y lo que no, es porque probablemente, no estaba hecho para ser. Estoy lista para volver, no sólo al departamento, sino a mí. 

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