No podemos soltarnos. Y creo que en el fondo sabemos que lo mejor sería hacerlo, dejarnos ir, de una vez por todas. Supongo que algunas personas simplemente tienen deseos imposibles de satisfacer, incluso después de haber probado eso que creían no poder tener. De vez en cuando tengo estos arrebatos en los que nada de todo esto tiene sentido, y te empujo, tan lejos como puedo, pero nunca alcanza, siempre volves.
Decís que no podes evitarlo, que simplemente queres tenerme cerca, aunque no siempre lo necesites. En momentos así quisiera haber aprendido en algún lapso de mi vida a mentir mejor para poder decirte que me da igual, que en las condiciones que impones no me voy a quedar. Pero sin importar cuanto haga para evadirte en mi cabeza, vuelvo a pensar en todo lo que me das, aunque lo que me quites sea cuantitativamente mucho más. Puede que sea verdad cuando dicen que todo es relativo, dependiendo de donde estas y con quien. Empiezo a pensar que su tacto es como una pastilla de la felicidad. Tan efímera como placentera.
A veces soy arisca por ese típico miedo a ser lastimada y, un poco de esa confianza que deje crecer en mí este último tiempo, te digo que podes tomarlo o dejarlo, pero esta es la persona que soy, y me costó llegar a este lugar en donde puedo decirte que soy quien quiero ser. Siempre decís que estas cerca de alguno de tus límites, que un día te vas a cansar, pero los dos sabemos que no podes dejar lo que tenemos, no me podes dejar. Y no es que pueda culparte, yo me sentiría igual si estuviera en tu lugar, diría lo mismo si así fuera, no te culpo por ser débil. Será que a veces me aprovecho de tus debilidades, de esas en las que mi nombre esta tatuado, porque es ahí donde se que siempre vas a tener un lugar para mí. A fin de cuentas los dos terminamos cediendo sin importar cuantos días pasan en los que decimos que no como si fuese la decisión final. Somos ese punto final que nunca logra soltar, somos eternos puntos suspensivos. Y por primera vez, lo disfruto, porque en el fondo me gusta vernos ser.
Decís que no podes evitarlo, que simplemente queres tenerme cerca, aunque no siempre lo necesites. En momentos así quisiera haber aprendido en algún lapso de mi vida a mentir mejor para poder decirte que me da igual, que en las condiciones que impones no me voy a quedar. Pero sin importar cuanto haga para evadirte en mi cabeza, vuelvo a pensar en todo lo que me das, aunque lo que me quites sea cuantitativamente mucho más. Puede que sea verdad cuando dicen que todo es relativo, dependiendo de donde estas y con quien. Empiezo a pensar que su tacto es como una pastilla de la felicidad. Tan efímera como placentera.
A veces soy arisca por ese típico miedo a ser lastimada y, un poco de esa confianza que deje crecer en mí este último tiempo, te digo que podes tomarlo o dejarlo, pero esta es la persona que soy, y me costó llegar a este lugar en donde puedo decirte que soy quien quiero ser. Siempre decís que estas cerca de alguno de tus límites, que un día te vas a cansar, pero los dos sabemos que no podes dejar lo que tenemos, no me podes dejar. Y no es que pueda culparte, yo me sentiría igual si estuviera en tu lugar, diría lo mismo si así fuera, no te culpo por ser débil. Será que a veces me aprovecho de tus debilidades, de esas en las que mi nombre esta tatuado, porque es ahí donde se que siempre vas a tener un lugar para mí. A fin de cuentas los dos terminamos cediendo sin importar cuantos días pasan en los que decimos que no como si fuese la decisión final. Somos ese punto final que nunca logra soltar, somos eternos puntos suspensivos. Y por primera vez, lo disfruto, porque en el fondo me gusta vernos ser.

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